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TAILANDIA
De Bangkok al Triángulo de Oro (II)


 

CHIANG MAI

(Lunes 25 de julio de 2001)

Comenzamos la segunda semana de viaje con nuestro último día en Chiang Mai. A primera hora aprovechamos para hacer las compras de seda, en cuya fabricación la ciudad goza de excelente fama, y después comemos algo en los múltiples puestecitos que abundan en las calles. Entre otras cosas, probamos una especie de salchichas de arroz (arroz especiado envuelto en piel o tripa estilo salchicha) que se asa en pequeñas parrillas. Abundan también puestos de rollitos, donde te proveen asimismo de la correspondiente salsa agridulce, y de pinchitos de pollo (o al menos El mercado de Warorot se extiende hasta el ríode esa carne era el que nosotros comimos) recubiertos con una salsa dulce y melosa.

Cruzamos después el río para visitar la otra parte de la ciudad, a la que todavía no hemos accedido. Justo al otro lado se halla la calle Charroen Rat, la cual, además de alojar varios de los mejores restaurantes de Chiang Mai, todavía conserva algunas viejas casas de madera al estilo tradicional, aunque reconvertidas en la actualidad en tiendas de artesanía.

Por la tarde, regresamos a lo que era la zona amurallada (actualmente rodeada por un foso de agua), pero esta vez a su lado norte, la única parte que nos faltaba por visitar. A las siete, hora de salida de los colegios, los restaurantes y puestos de calle de llenan de jóvenes uniformados que parecen disfrutar de su primer momento de asueto del día. Vestidos siempre con camisas blancas y pantalones y faldas negras o azules (dependiendo del tipo de colegio al que van), comen, hablan y ríen alrededor de las mesas mientras toman la correspondiente sopa o los clásicos tallarines. Es corriente el uso de motocicletas, en las cuales se les ve montados de dos en dos, de tres en tres y -en caso extremos- hasta de cuatro en cuatro, con una falta absoluta de sentido del riesgo. Nosotros caminamos tranquilamente entre ellos sin dar la impresión de que llamamos su atención lo más mínimo.

El día no da para mucho más. Cenamos en uno de los muchos restaurantes que por aquí menudean y regresamos a pie al hotel. Todavía tenemos tiempo para asistir a alguna de las representaciones de danza que en el Galare Food Center se ofrece a los turistas. Acompañados por una cerveza fresca, el espectáculo, si bien no es especialmente impresionante, resulta suficientemente estimulante.

MAE HONG SON

(Martes 26 de junio de 2001)

Volamos desde Chiang Mai a Mae Hong Son. El aeropuerto de Chiang Mai está en plena ciudad, lo que añadido al escaso tráfico del lugar nos evita tener que salir del hotel con más de una hora de antelación. El vuelo es breve, de apenas media hora, y desde el aire el lugar promete amoldarse a nuestras expectativas: una zona montañosa rodeada de bosques espesos, caminos estrechos que surcan los montes, casas dispersas a ambos lados... A priori, constituye una de las etapas que más ilusión me despierta: un pueblo rodeado de montañas, alrededor de un pequeño lago, rezumando tranquilidad absoluta, hermosos paisajes... no puedo dejar de acordarme de Yangshuo, la hermosa localidad china junto a Guilin, y de los tres inolvidables días que pasé allí.

El templo de Wat Chong Kan confiere al lago un aspecto inigualableEl hotel donde nos alojamos, el Rooks Holidays Resort, un amplio y atractivo complejo turístico, está situado a las afueras de la ciudad, pero ello solamente significa que está a algo más de diez minutos del centro. Así, poco después descubrimos la dimensión real ciudad: cruzada por dos arterias principales perpendiculares entre sí, las avenidas Khumlumprapas  y Shinhanat Bamrung, todo gira alrededor de ambas y del pequeño lago Chongkam, al sur de las mismas. Poco más hay que merezca la pena destacarse: el Mercado Central, que al parecer sólo está activo las primeras horas de la mañana, y algún que otro templo, en especial el Wat Hua Wieng, junto al mercado, el Wat Pra Non, junto al estadio de deportes, y el Wat Chong Kam, frente al lago del mismo nombre y al cual contribuye a dar su aspecto relajante y espléndido.

Existe la posibilidad de hacer algunas excursiones por la zona, y ese era, en principio, nuestro plan aquí. Una de las excursiones más solicitadas es la visita al poblado de mujeres-jirafa, una tribu karen que mantiene la práctica de ir colocando anillos año tras año en el cuello de las niñas nacidas en determinados días del año. Sin embargo, las principales guías de viaje (Lonely Planet, Le Routard y Rough Travel) desaconsejan la visita debido a la situación real en que éstas se encuentran: una especie de zoo donde se cobra al visitante por entrar, regido por personas ajenas a la propia tribu. Este hecho nos hizo desechar de antemano esta posible excursión, a pesar de abundancia de ofertas que se encuentran en la ciudad.

El templo de Wat Hua Wieng, junto al mercado, es un ejemplo de arquitectura nortailandesaEl resto de posibilidades nos parecieron demasiado caras para lo que ofrecían, y nuestra intención inicial era alquilar unas bicicletas y recorrer por nuestra cuenta las localidades próximas a Mae Hong Son. Pero aquí vino nuestro gran problema: en primer lugar, el tiempo era lo bastante inestable como para desaconsejar la aventura por unas carreteras no excesivamente bien cuidadas y con riesgo de anegarse a las primeras gotas de lluvia; y, en segundo lugar, en todo el día no vimos un sólo lugar donde alquilar unas escuálidas bicicletas. De hecho, la especialidad del lugar son las motocicletas: hay cientos de negocios que alquilan motocicletas, pero dada nuestra inexperiencia con las mismas, descartamos tal opción debido al riesgo de accidente que asumíamos. Así pues, los dos días en Mae Hong Son se convirtieron en un continuo ir y venir por las mismas calles y por los mismos puestos una y otra vez, eso sí, sin perder ni un segundo la compañía de una tranquilidad absoluta y total.

MAE HONG SON

(Miércoles 27 de junio de 2001)

Definitivamente, éste ha sido un día perdido. Mae Hong Son, en esta época del año, y habiendo realizado ya un trekking por la selva con anterioridad, apenas da para un día, y las lluvias amenazan la menor tentativa de aventurarse por cuenta propia. Volver a pasear por enésima vez por las mismas calles, sentarnos en las mismas mesas a saborear una siempre reparadora bebida, o recorrer de nuevo un mercado que a partir de las diez de la mañana apenas da señales de vida no son actividades que entusiasmen a cualquiera. Ni siquiera hemos podido disfrutar de un plácido descanso en la piscina del hotel: la lluvia, siempre amenazante, ha hecho presencia con fuerza al mediodía y nos ha frustrado tal posibilidad. Hasta última hora de la tarde no ha terminado de llover, y para nuestra sorpresa hemos descubierto un puesto donde se prestan gratuitamente bicicletas a los turistas. Evidentemente, nuestra experiencia en este lugar no es para contar a los demás.

El paisaje que rodea Mae Hong Son forma parte de su atractivoYa por la noche, nos hemos acercado al Lakeside Bar, un bar plagado de mesas situado junto al lago Chongkam, para escuchar a uno de los grupos locales interpretar música occidental mientras degustábamos apaciblemente una cerveza. El lugar es perfectamente apropiado para alargar la velada, aunque yo personalmente hubiera preferido algo más autóctono. La mayor parte de los clientes, por supuesto, son turistas. Creo que la vida nocturna no es una de las características de los tailandeses; su ritmo de vida, evidentemente, se lo impide.

Pasados unos días podemos hacer un pequeño balance de la comida tailandesa o, mejor dicho, de nuestra experiencia con la comida tailandesa. Mae Hong Son, a falta de algo mejor, nos ha permitido disfrutar de algunos de los platos más característicos y deliciosos de la dieta nacional. Es una comida sabrosa, picante en algunas ocasiones, aunque no tanto como se afirma. Como buen país asiático, tiene en el arroz y los tallarines (noodles) su base principal. Las sopas también forman parte de la dieta básica de los tailandeses. Aquí hemos podido probar uno de los platos más exquisitos del viaje, pollo envuelto en una hojas que, junto a las especias correspondientes, le confieren un sabor inigualable (lo preparan en el restaurante Fern de Mae Hong Son, uno de los pocos en Tailandia que dispone de carta en español). En algún otro momento he apuntado los típicos rollitos (en Mae Hong Son, en el restaurante Jiji, frente a la oficina de correos, pueden probarse unos verdaderamente exquisitos, además de un repertorio de platos vegetarianos dignos de alabanza), las salchichas estilo del norte (rojas con un leve toque dulzón), y las mil y una maneras de preparar los tallarines (de huevo o de arroz, fritos o en sopa...). Todavía nos quedan unos días más para experimentar y descubrir sabores nuevos.

CHIANG MAI

(Jueves 28 de junio de 2001)

Jornada realmente de transición. Por la mañana, antes de tomar el avión vía Chiang Mai, hemos dado una vuelta por los alrededores del hotel, lo que me ha permitido tomar las fotografías más interesantes del lugar . Ello me ha confirmado que Mae Hong Son puede ser un punto de partida, pero nunca un destino: los campos de alrededor, los agricultores trabajando sus tierras, los caminos que serpentean entre los árboles... Mi consejo es que, quien llegue a esta localidad, busque la antes posible alguna excursión o alquile una motocicleta para perderse por ahí (si el tiempo lo permite, claro está).

Tomamos el avión de vuelta a Chiang Mai para desde allí regresar a Bangkok en el mismo tren nocturno en que llegamos. Una jornada útil para recuperar fuerzas (en el caso de que las hubiéramos perdido), y reconozco que contento por abandonar una localidad que no quedará entre las más recordadas de mi vida.

BANGKOK

(Viernes 29 de junio de 2001)

Llegamos a Bangkok a las cinco y media de la mañana, en un día que acabará distinguiéndose tal vez como el más interesante de todo el viaje.

Alrededor del canal se avistan casas, templos y edificaciones típicasNada más llegar al hotel, el Royal River de nuevo, tomamos el Chao Phraya Express para bajarnos en el embarcadero Tha Saphan Phut. Nuestra intención es tomar uno de los barcos de línea que recorren el khlong Bang Waek por uno de los muchos canales que todavía quedan en el barrio de Thonburi. El recorrido es realmente atractivo: cruzamos a lo ancho el Chao Phraya y entramos por un canal situado justo en frente del embarcadero, para avistar al instante las primeras casas que, sostenidas por fuertes troncos, entran en el agua a modo de breves empalizadas. El barco va haciendo momentáneas paradas a lo largo del camino para coger y dejar a los pasajeros, lo que nos permite disfrutar del lugar con absoluta tranquilidad. El día luce extraordinario; poco a poco, el canal va estrechándose y atravesando casas, templos y puentes, mientras nos cruzamos con otras barcas que se deslizan con suavidad por el agua. La vuelta, si bien algo más rápida debido a la escasez de viajeros, nos concede una segunda oportunidad para revivir de nuevo las vívidas sensaciones que acabamos de experimentar.

En Thomburi todavía permanecen los canales que dieron fama a la ciudad en el s. XIXTras volver al punto de partida, caminamos un poco por la avenida Tri Phet, y decidimos desayunar unos rollitos que venden en uno de los muchos puestos de calle que pueden encontrarse por doquier. El café, desgraciadamente, hemos de tomarlo en uno de los asépticos e impersonales cafés de franquicia occidental que también abundan por aquí.

Después tomamos un tuc-tuc con intención de visitar el mercado de Khlong Toey, el mercado de alimentos más grande de Bangkok. Y la visita no defrauda lo más mínimo. El lugar es un auténtico hervidero de vida y actividad, cualquier producto que coman los tailandeses puede encontrarse aquí: hay infinidad de verduras, fruta, pescado fresco (tan fresco como que gran parte de los peces aún están vivos), gallos de pelea, carnes de toda clase, grillos, cucarachas... Efectivamente, por si alguien lo dudaba, en Tailandia se come cucarachas. Bueno, en realidad no se las comen, las chupan: como su En el mercado de khlong toey se encuentran todo tipo de seres vivoscáscara es demasiado dura, las mastican, les sacan el jugo y luego las escupen.

Como el paseo por el mercado nos ocupa gran parte de la mañana, para recuperarnos un poco decidimos bajar andando hasta Lumphini Park, que aunque en el mapa parece estar casi al lado, en realidad no estará a menos de dos kilómetros. El camino, sin embargo, resulta más agotador que el ajetreo del mercado: cientos, casi miles de coches van y vienen por la ancha avenida Rama IV produciendo un ruido auténticamente ensordecedor y llenando las calles de gases y contaminación hasta convertir el aire casi en irrespirable. Si a ello unimos el sofocante calor que asola la ciudad casi a cualquier hora, el breve recorrido acaba convirtiéndose en el más tortuoso de los caminos.

Por fin llegamos a Lumphini Park, uno de los lugares más tranquilos y apacibles de Bangkok. Nuestra intención es descansar un poco al resguardo de alguna sombra, pero el calor, que continua siendo agobiante, no disminuye. En realidad, lo que necesitamos es un bar con aire acondicionado, así que volvemos al camino por la avenida Silom, esperando encontrar algún lugar relajado donde beber algo; sin embargo, acabamos adentrándonos en una de las zonas modernas de Bangkok, de grandes avenidas repletas de trajeados ejecutivos comiendo en puestos de calle y de tiendas que ofrecen la última moda, rodeados de elevados pero escasamente atractivos rascacielos que alojan a los grandes poderes financieros del país. Una de las repentinas lluvias que a menudo visitan esta zona durante los monzones nos obliga a refugiarnos en una plaza cubierta que resulta ser un abigarrado conjunto de puestos de ropa donde las ejecutivas (sin exagerar, el 99% de los visitantes son mujeres) aprovechan su tiempo de asueto para adquirir los últimos modelos. Justo al lado, se concentran un montón de puestos de comida, unos junto a otros alrededor de unas mesas donde, tras comprar la comida en el puesto que cada uno elige, los comensales se sientan a devorar sus platos en el menor tiempo posible. Nosotros, a esa hora ya hambrientos, hacemos lo propio, en espera además de que el agua que nos ha obligado a buscar refugio allí mismo amaine por completo.

Finalmente, justo frente a la estatua del Rey Rama VI que preside la entrada a Lumphini Park, encontramos un pub de corte occidental que nos proporciona el necesario descanso. Tras otro breve paseo por Silom en dirección oeste, tomamos un taxi para trasladarnos al barrio chino, aleccionados por el deseo de volver a disfrutar de su ambiente bullicioso pero mucho menos agobiante que esta zona.

A diferencia de la anterior ocasión, nada más llegar a Chinatown lo encontramos en todo su esplendor: las calles están repletas de gente, de cientos de puestos que asemejan un gigantesco todo a 100, de restaurantes, de movimiento incesante... El viajero se siente más en su casa, como una vuelta al hogar que hubiera abandonado hace no se sabe cuánto tiempo. Todas las tiendas están abiertas, las primeras luces de neón comienzan a encenderse; Yaowa Rat, la calle que alberga el mayor número de tiendas del barrio, representa el caos más maravilloso que uno puede encontrar aquí: la calzada es estrecha, las tiendas sacan sus productos a la calle para que se vean mejor, los repartidores y las motos transitan veloces de un lado a otro, y uno se siente a veces incapaz de dar un paso sin tropezar con algo o con alguien, o se ve arrastrado por una ola cuyo control nadie posee. Llegamos un poco más allá de Ratcha Wong, la calle que cruza perpendicularmente el barrio chino, con intención de avistar el barrio hindú, pero en realidad lo único que diferencia un barrio de otro es los turbantes que algunos transeúntes (pocos, no obstante) lucen orgullosos en sus cabezas, así como el nombre de alguna que otra tienda.

Entramos a cenar en el restaurante Texas Suki Yaki & Noodles, en pleno barrio chino, con intención de probar precisamente suki yaki, una especie de fondue donde se pone la comida cruda (desde pescado a verdura) para que se cocine. A nosotros nos resulta una forma divertida de comer, pero los nativos parecen encontrarlo además sumamente apetitoso.

Cuando el día llega a su fin, cuesta trabajo ordenar las ideas y estructurar las sensaciones que uno ha ido sintiendo a cada momento. Ha sido un día para no olvidar, una de las jornadas viajeras que con seguridad mejor recuerdo van a dejar en mi memoria. Ha sido reencontrarse plenamente con el sentido más puro del viaje, y compensa sobradamente el mayor de los desabrimientos sufridos. Sólo queda esperar que las fotografías tomadas hagan un mínimo de justicia a todo lo visto y vivido.

BANGKOK

(Sábado 30 de junio de 2001)

Tras el maratoniano e intenso día de ayer, hoy nos dirigimos al mercado de fin de semana de Chatuchak. Rough Guides lo señala como uno de los puntos más interesantes de Bangkok, pero a mí me parece que no pasa de ser un gran mercado en buena medida reorientado al turista, aunque la mayor parte de sus clientes son locales. Lo cierto es que los productos son verdaderamente baratos, así que aprovechamos para hacer algunas compras de última hora. El mercado se extiende a lo largo de bastantes metros cuadrados, y en él puede encontrarse desde ropa, puestos de souvenirs variados, artesanía y telas, hasta animales diversos y gallos de pelea. Los puestos de venta de estos últimos están situados al final del mercado, como si quisiera ocultarse su existencia a los turistas. En la actualidad, apenas se observa la venta de especies exóticas o protegidas, debido entre otras cosas a la presión ejercida por las organizaciones en defensa de los animales.

Comemos allí mismo, en un puesto en el que nos aseguran que la comida no pica. Y, como si de una broma de mal gusto se tratara, resulta ser el restaurante donde probamos el plato más picante. Por si esto fuera poco, el calor del lugar, inútilmente refrescado por un escuálido ventilador, consigue que al poco tiempo me vea bañado en sudor de los pies a la cabeza. Eso sí, la comida estaba exquisita.

La avenida Rama I muestra un aspecto deshumanizado y escasamente atractivoDespués de que un taxista cabrón nos dé una vuelta por media ciudad (como se ve, la deshonestidad de algunos taxistas no es un mal privativo de España), nos bajamos en la avenida Rama I, otra megazona repleta de rascacielos, renegridos pasos a nivel, vías elevadas de metro y cemento, mucho cemento. Al ser sábado, el lugar está absolutamente plagado de gente. En una pequeña plaza hay montado un escenario para la realización de un programa de televisión; frente a unos grandes almacenes, tiene lugar una especie de concurso de monopatín; en uno de los elevados pasos a nivel, un grupo de individuos parece estar rodando un anuncio; y alrededor de estas distracciones, gente, mucha gente mirando. Como se puede observar, a pesar de lo feo del lugar, parece que los tailandeses lo encuentran perfecto para desarrollar las actividades más variadas. En resumen, toda la zona no es sino un gran centro comercial donde la despersonalización y la desproporción son los aspectos que mejor la definen. Es el mundo opuesto a Thonburi y el barrio chino, una muestra perfecta de cómo reconvertir un espacio para destinarlo al consumo irracional y al tráfico, un lugar donde la muchedumbre parece moverse de un lado otro sin saber adónde.

Mientras anochece lentamente, llegamos a Siam Square y nos aproximamos al Estadio Nacional, donde a esa hora se está jugando un partido de fútbol ante la presencia de escaso público -a pesar de que este deporte es una de las grandes pasiones de los tailandeses. Debido a que los restaurantes del lugar son bastante caros, nos decidimos por la única alternativa barata: los grandes almacenes MBK Shopping Centre disponen en su planta quinta de un espacio donde, al igual manera que en muchos otros lugares, se concentran diversos puestos de comidas, cada uno especializado en un producto o estilo culinario distinto, en los que se pueden elegir los platos que uno desee y degustarlos tranquilamente en cualquiera de las numerosas mesas que hay instaladas alrededor. Es una opción divertida, ya que te permite probar en una misma comida diversas especialidades de países distintos sin moverte del sitio. El pago se realiza por medio de unos cupones que se adquieren a la entrada.

BANGKOK

(Domingo 1 de julio de 2001)

Llegamos al Mercado Flotante antes de ser invadido por los turistasNuestra intención era visitar hoy por la mañana el mercado flotante de Damnoen Saduak por nuestra cuenta, pero debido a un malentendido con la persona que vino a recogernos a la estación de Bangkok (con tan escasísimo conocimiento de español que hubiera sido más útil entendernos con alguien que hablara inglés en condiciones) nos hemos visto metidos en una absurda y estúpida excursión organizada que incluía, además de la visita referida, una comida de poca calidad en un complejo turístico carente del más mínimo interés llamado Rose Garden (atención al nombre, mi consejo es evitarlo a toda costa) y un lamentable espectáculo para extranjeros lo más alejado que uno se pueda imaginar de las auténticas costumbres nacionales. Así que sólo haré mención a la parte realmente atractiva de la excursión: el mercado flotante de Damnoen Saduak.

El mercado se encuentra situado a más de 80 km. de Bangkok, lo que exige buscar un medio de transporte adecuado. Hay autobuses de línea que parten de Bangkok desde las 6 de la mañana, y también se puede intentar llegar a un acuerdo con algún taxista para que te lleve y te traiga durante la mañana (a las doce el mercado cierra, y no hay mucho más que hacer allí). A pesar de nuestro malentendido, y gracias a que llegamos al lugar unos quince minutos antes que el grueso del pelotón turístico, pudimos disfrutar con la suficiente tranquilidad del ambiente del mercado, que aunque sigue cumpliendo sus funciones originales, en la actualidad es su atractivo turístico el motivo principal que lo mantiene con vida: algunos de los vendedores han hecho dinero suficiente y han instalado puestos fijos en la ciudad, y las orillas del pequeño canal donde se sitúa el mercado están plagadas de tenderetes donde se venden souvenirs para turistas.

Tomar una sopa o unos tallarines es una de las posibilidades que ofrece Danmoen SaduakNosotros, además de tomar las fotos de rigor (verdaderamente, el lugar se presta a ello), aprovechamos para probar una vez más una sopa preparada por una de las mujeres en su propia embarcación y saborear el jugo de una nuez de coco, mientras contemplamos el atasco que los botes fletados para llevar a los turistas van formando en su lento transitar por el canal.

Tras la visita a Damnoen Saduak, el autobús nos lleva a Nakhon Pathom para ver el considerado chedi más grande de Tailandia, el Pra Pathom Chedi, de bastantes metros de altura, por el que los tailandeses sienten una gran devoción.

Por la tarde, de vuelta a Bangkok y algo cansados tras quince días de viaje, damos un pequeño paseo alrededor del zoo y del Palacio de Anandrasamakhom, hasta llegar a Wat Benjamabopitr, el Templo Dorado, uno de los más hermosos de Bangkok, el cual tenemos además la ocasión de contemplar con las últimas luces del día, lo que aumenta aún más su peculiar atractivo. Estas últimas horas nos confirman lo poco habitable que ha llegado a ser la ciudad, tan enorme que cualquier distancia se convierte en insuperable, cruzada por innumerables y grandes avenidas poco acogedoras para el paseo relajado. Es el precio del crecimiento desordenado y veloz, producto de un desarrollismo que, si bien ha elevado el nivel de ingresos de buena parte de la población, tal vez no pueda decirse lo mismo de su calidad de vida. Sin embargo, deben ser los propios tailandeses los que juzguen, y a tenor de lo visto, no se les ve del todo descontentos.

Finalmente, a las once de la noche tomamos el avión de vuelta que nos alejará definitivamente de estas breves pero intensas vacaciones asiáticas.

© Carlos Manzano

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