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Este diario lo fui escribiendo noche a noche durante el viaje que en 1994 realicé a China en compañía de un amigo.  Son las impresiones que en aquel momento más me llamaron la atención, apenas modificadas para hacer el texto un poco más ameno y comprensible.  Aunque ha pasado mucho tiempo desde entonces, su lectura me sirve para rememorar un poco todo aquello que fui viendo, sintiendo y disfrutando.  Probablemente no sea de mucha utilidad para quien quiera acercase a este gran país (no sólo por el tiempo transcurrido, sino porque carece de información útil y práctica).  Sin embargo, es mi propósito únicamente acercar al lector a los muchos placeres que puede proporcionar el viaje. 

CHINA

Diario de Viaje (Septiembre-Octubre de 1994)


Uno de los aspectos que más me ilusionan de los viajes es su preparación: ojear todos los mapas disponibles, idear posibles rutas, profundizar lo más posible en la cultura y las costumbres del país... Todo esto, tratándose de China, se convierte en una necesidad cuando uno pretende llegar a Hong Kong desde Pekín en un mes, viajando por cuenta propia y sin tener la menor idea de chino. Pertrecho con mi vieja Nikon FE, un buen número de carretes de diapositivas, las guías de El País/Aguilar y de Lonely Planet (muy especialmente ésta última), más alguna otra información aportada por anteriores viajeros, me dispongo a tomar el vuelo que, vía Bangkok, nos dejará en el aeropuerto de la ciudad milenaria el 25 de septiembre de 1994. 

 

25. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Tras un incontable número de horas de vuelo, tránsitos y esperas, al aterrizar sobre Pekín un ligero cosquilleo aparece en el estómago: a pesar todo lo leído, uno nunca sabe lo que puede encontrar en un país tan enigmático como la República Popular China. Sin embargo, la aduana no pasa de ser un mero trámite y afortunadamente hay letreros en inglés perfectamente legibles por todas partes. 

Antes de emprender el viaje, la información que otros viajeros me han pasado acerca de cierto hábito de los chinos (todavía no sé si justificada o injustificadamente, he oído bastantes anécdotas sobre su costumbre de aprovecharse económicamente de los extranjeros en cuanto tienen oportunidad) me hace recelar de todo nativo que se me aproxima; por ello, a pesar de recibir alguna que otra ventajosa oferta, el cambio oficial en el Banco de China me parece lo más adecuado para la primera ocasión. Después, y tras regatear su precio con el conductor, tomamos un coche particular, a modo de taxi, y nos dirigimos al hotel elegido previamente de acuerdo con la guía Lonely Planet. No estaba del todo avisado de las características del tráfico en China, así que este primer contacto me resulta tremendamente impactante: abuso del claxon hasta la histeria, bicicletas suicidas que se cruzan, coches que parecen no conocer la existencia de preferencias en el paso, el olor a queroseno que todo lo inunda... Los alrededores de la estación son un hervidero de vida y movimientoUnos días más de experiencia me permitirán comprobar que sólo dos reglas de circulación se respetan mayoritariamente: circular por la derecha y detenerse frente a los semáforos en rojo. 

Tras la llegada al hotel, tiene lugar el instante más fascinante de todo el viaje: el descubrimiento de la vida en la calle, de las gentes, los puestos y los olores que acompañan el primer paseo. Ya de noche, sin más luz que la que surge de las pequeñas lámparas que iluminan los innumerables puestos callejeros, la sensación de estar en otro mundo, en otra cultura, alcanza un grado de seducción tal que no tendrá parangón (exceptuando la visita a Yangshuo) durante el resto del recorrido. Son tres, cuatro horas en que los sentidos se abren, en que la mirada no descansa, en que los oídos intentan vanamente retener todos los ruidos, voces y músicas que impregnan el ambiente. Momentos como este compensan las más de veintiséis horas de viaje precedentes.  

 

26. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Uno de mis temores más terribles se convierte en mero trámite, facilitado por las circunstancias: la compra de un billete de tren para Taiyuan no ofrece mayor problema que dirigirse al despacho de billetes para extranjeros que hay en la estación de Pekín, comprobar los horarios y solicitarlo en la ventanilla donde una funcionaria con aceptable soltura en el inglés te provee del billete en cuestión. 

A continuación, pese a disponer de un buen plano y a que los letreros de las calles aparecen también escritos en pin yin (alfabeto latino), nos perdemos en el trayecto hacia la Ciudad Prohibida. Sin embargo, extraviarse en Pekín no significa perderse, sino descubrir, experimentar, disfrutar con los cinco sentidos. Algo más acostumbrado al olor y a la vida de la calle, y pese a que, a la luz del día, Pekín se muestra más como una gran metrópoli que como una capital milenaria, la ciudad sigue fascinando al viajero que, a falta de costumbre, es continuamente objeto de las miradas de sus habitantes. 

Imagen de la siempre impresionante Ciudad ProhibidaLa Ciudad Prohibida, a pesar de todo lo que se ha visto y oído, resulta impresionante. Es difícil describir su grandeza: más que belleza, el Palacio Imperial destila personalidad y magnificencia. Y allí descubro también una de las grandes pasiones de los chinos: hacerse fotos unos a otros, buscando a ser posible los lugares más recónditos e inaccesibles.

De la plaza de Tiannamen, que me trae a la memoria, sobre todo, la famosa matanza de estudiantes por parte del gobierno, sólo me cabe decir dos cosas: es gigantesca pero deshumanizada.

Finalmente, el paseo por el Pekín más céntrico acaba en la calle Quianmen Daije, lo que supone un reencuentro con la agitación y el caos —maravilloso— pekinés: miles de ciclistas circulando en todas las direcciones, cientos de puestos callejeros, ruido, movimiento, olores indescriptibles... No es la belleza arquitectónica lo que destaca de esta capital.

 

27. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Visita en viaje organizado a las tumbas Ming. Aunque la intención principal es ver la esperada Gran Muralla China, el viaje incluye también el gran mausoleo donde descansan las principales figuras de la dinastía china. Sin embargo, más interesado en descubrir y experimentar por mí mismo, la visita me decepciona un poco: salvando su valor histórico, del que no se duda, echo en falta algo más que oscuras catacumbas y algún que otro trono.

Vista de la gran murallaLa Gran Muralla, segunda parte del viaje (tras la obligada visita a una Tienda de la Amistad, algo así como las tiendas oficiales del Estado para turistas), se descubre todo lo impresionante que se quiera imaginar: subir a una de sus torres y contemplar toda su inabarcable extensión causa tanto asombro como templanza. Además, cuanto más se asciende, la soledad deviene más acogedora y deseable.

A pesar de los temores iniciales, los chinos se muestran mucho más cordiales de lo que esperaba. Además, la vida es extremadamente barata para un occidental. Un mero ejemplo: una cena para dos personas (digna, aunque no suculenta) puede costar 24 yuanes (unas 360 Ptas. de entonces). 

China quizá no sea ese paraíso imperial que, teniendo en cuanto su glorioso pasado, podría llegarse a imaginar, pero alberga otros atractivos que no son menores para el viajero inquieto y avisado.

 

28. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Templo del CieloEn nuestro cuarto día en Pekín, quedan por visitar el Templo del Cielo (lugar donde al menos una vez al año peregrinaba el Emperador para orar y donde tenían lugar sacrificios a los dioses) y el Jardín de Verano: los dos merecen la fama y la atención dispensada. El impresionante Jardín de Verano, situado a orillas de un lago, servía de refugio a la corte imperial durante los meses de más calor, y a tal fin su majestuosidad no desmerece respecto a otras residencias oficiales. El tan admirado talento chino para armonizar arquitectura y paisaje tiene aquí uno de sus más reconocidos ejemplos. Aunque dispongo de algunas horas para disfrutar del lugar, siento deseos de volver con más tiempo y llegarme hasta la orilla más recóndita e inaccesible.

La publicidad comienza a invadir la vida diaria de los chinosLos medios públicos de transporte en Pekín son muchos y variados; coexisten autobuses públicos y privados (estos últimos captan a los clientes a voz en grito y calle a calle), metro (siempre repleto de gente y por ello poco atractivo para el visitante), taxis cuya tarifa depende del tipo de automóvil (desde incómodas pero atractivas furgonetas hasta coches limpios y modernos), carromatos a motor y carros arrastrados por bicicletas. De este último me resultó especialmente soprendente la impresionante fuerza con que el conductor es capaz de arrastrar tanto peso durante varios kilómetros a la velocidad con que lo hace; en algunos momentos, llego a sentir remordimientos y pienso en ayudar bajándome en los tramos más duros, pero eso es algo que resulta innecesario.

 

29. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Pese a que el confucionismo sigue siendo el sistema de creencias semioficial China, el budismo parece tener cada vez más seguidores, aunque sea un budismo con peculiaridades chinas (figuras guerreras, budas femeninos, etc.). Casi uno junto al otro, el visitante puede recorrer en una misma mañana el Templo de los Lamas, suntuoso y elegantemente cuidado, y el Museo Capital, antiguo templo de Confucio, aunque éste, en el momento de nuestra visita, estuviera en plena restauración pero no por ello carente de atractivos.

Los puestos callejeros inundan muchas de las avenidas principalesLos parques de Pekín son lugares especialmente queridos por sus habitantes. El Parque Ben Hai, muy céntrico y próximo a la Ciudad Prohibida, es muy visitado por familias y parejas. La entrada, sin embargo, no es gratuita. Y como en muchos otros lugares, a los extranjeros se nos exige pagar algo más que a los nacionales.

Éste iba a ser, en principio, nuestro último día aquí. Teníamos reservado desde el primer día un billete a Taiyuan en cama-dura (literas) para esta misma noche. Sin embargo, hemos perdido el tren; abrumados por los cientos, casi miles de personas que yacían por todos los sitios, tumbados por el suelo, sentados en cualquier rincón o formando colas de varios metros frente a las taquillas, nos hemos visto incapaces de reaccionar con agilidad y hemos acabado presentándonos en el andén justo cuando el tren tomaba la salida. Si a todo esto unimos nuestra bisoñez e inexperiencia, nuestra incapacidad para entender y hacernos entender y la extrema puntualidad de los trenes de este país (un minuto después de la hora de la salida el tren ya había partido), nuestro despiste es fácilmente comprensible. 

 

30. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)

Un día más del previsto en Pekín nos permite visitar el Parque de la Colina del Carbón, otro de sus acogedores parques, después de hacer una nueva reserva de billetes (esta vez en cama-blanda, una especie de compartimentos-dormitorio para cuatro personas) para el mismo tren y a la misma hora que el que hubiéramos debido tomar ayer. Un día sumamente tranquilo, para, tras el disgusto, reencontrarse nuevamente con el "Pekín way of life". 

Para no repetir el lamentable descuido de anoche, nos presentamos en la estación hora y media antes de la salida. En el compartimento nos encontramos con un peruano y una francesa, y eso me permite mantener mi primera conversación en español con extraños durante el viaje. Él trabaja para una agencia de noticias en castellano (para la propaganda oficial, según indica); ella está empleada en la delegación de un banco francés. Nuestra conversación me confirma alguna de las impresiones intuidas durante estos días, como la difícil adaptación a la nueva realidad industrial y desarrollista por parte de unas gentes hasta hace muy poco de hábitos rurales; asimismo (y he de reconocer que esta información no me sorprendió excesivamente, a la vista de las características del trafico y la circulación en esta ciudad) nos cuentan que el número de víctimas mortales en Pekín a causa de accidentes de tráfico suele rondar las veinticinco personas diarias.  

 

01. 10. 94 TAIYUAN

Al llegar a la estación, mi primera intención es la de reservar billetes para mañana mismo con destino a Xi'an. Sin embargo, esta en apariencia sencilla tarea se vuelve imposible cuando descubro que absolutamente todos los letreros y tablas de horarios se encuentran escritos en chino. Por momentos, la posibilidad de quedarme permanentemente en Taiyuan va ganando enteros. Finalmente, la amabilidad del personal de la estación (llevándome hasta la ventanilla adecuada en otro edificio anejo, el cual nunca hubiera encontrado por mi propia cuenta) me permite disponer por fin del ansiado billete para abandonar esta población. 

De Taiyuan, que no podamos hallar en otra ciudad, únicamente merece la pena destacarse el Templo Jinci, que pese al lamentable estado en que actualmente se encuentran sus pabellones justifica la vista de un día reservada para esta ciudad. Sin embargo, el paseo vespertino por las calles de Taiyuan le supondrá a este viajero convertirse en el centro de las miradas (y de las risas, incluyendo carcajadas sonoras e impúdicas) de casi todos sus habitantes: el motivo, simplemente llevar unas bermudas que, inevitablemente, dejaban a la vista el frondoso vello de mis pantorrillas. Imagino que ahí residía el origen de semejante espectáculo, puesto que me resultó imposible comprobar mi hipótesis con nadie. Lo cierto es que, tras dos horas de paseo, terminé algo más que harto del dichoso incidente. 

En el día de hoy, uno de octubre, se celebra el 45º aniversario de la fundación de la República Popular China. Si normalmente las calles están siempre repletas de gente, en el día de hoy el gentío es espectacular: se podría decir, sin miedo a exagerar, que toda la ciudad está en la calle. Asisto por televisión a los fastos de conmemoración de dicho aniversario que tienen lugar en la plaza de Tiannamen de Pekín, los cuales, dicho sea de paso, resultan absolutamente grandiosos: tres o cuatro tandas de unos veinte minutos cada una de fuegos artificiales a lo largo y ancho de toda la plaza (de unos dos kilómetros de longitud) sirven de plena demostración del poderío chino en pirotecnia; por lo demás, danzas y cánticos tradicionales junto con loas de exaltación al régimen y al partido.

 

02. 10. 94 TAIYUAN - XI'AN

Al mediodía parte el tren para Xi'an. Debido al éxito de la estrategia puesta en práctica en Pekín de estar en la estación dos horas antes de la salida, nos vemos obligados a comer poco antes de las once del mediodía, lo cual no resulta nada difícil en un país donde a esa hora todos los restaurantes ya están abiertos. Una vez en el tren (que aunque cama-blanda, bien parece un compartimento de segunda clase), a mitad del camino entra un matrimonio chino de aparente nivel económico alto. A pesar de la imposibilidad de establecer entre ellos y nosotros una comunicación oral, nos mostramos respectivamente nuestra cortesía intercambiando un poco de nuestras comidas: plátanos por galletas. Ante nuestro —confieso que limitado— asombro, una vez finalizada la cena, él toma las sobras (tanto las suyas como las nuestras) y las arroja por la ventanilla del tren. Esta costumbre, me consta, es algo absolutamente habitual en este país.

 

03. 10. 94 XI'AN

Mezquita de Xi'anComo en los mejores momentos en Pekín, callejear por Xi'an puede resultar fascinante. Es una ciudad amurallada, antigua capital del Imperio, y la fortaleza que la circunda permanece como herencia visible de su antiguo y casi perdido esplendor. 

La Pagoda del Pequeño Ganso, visible por su altura desde casi cualquier punto de la ciudad, merece sin duda una parada en todo recorrido. El parque en que se halla invita al paseo, pero subir hasta su cima permite, además de refrescarse con el viento, contemplar en su conjunto la ciudad amurallada y los confines más allá de los edificios. 

Entrada al barrio musulman de Xi'anPero por encima de todo destaca en Xi'an su barrio musulmán, sus cientos de puestos callejeros, sus gentes, sus olores a especias y sus colores, en una mezcla chino-musulmana que me traslada, siquiera sutilmente, a los zocos árabes. Las calles tienen un aroma peculiar, e incluso ciertos edificios presentan un estilo propio. La Gran Mezquita, en el centro del barrio, aunque construcción de inspiración china, invita a imaginar el pasado esplendor que la cultura musulmana alcanzó en esta población.  

 

04. 10. 94 XI'AN

Con el transcurso de los días, me he ido habituando poco a poco a la vida cotidiana de este país; he aprendido ya unas mínimas expresiones en chino y las uso para comprar y pagar en los múltiples puestos que encuentro a mi paso. Esto me permite también descubrir los distintos Xi'an evidencia un desarrollo menor que Beijingproductos que se venden en la calle. En especial, me llaman la atención ciertas tortas que, hechas de harina, huevo y otros ingredientes, se venden a cualquier hora en todas las esquinas, distintas según la ciudad en que uno se encuentre, y que en un país donde no existen bares ni cafeterías bien pueden servir de apetecible desayuno. 

En las aceras de cualquier ciudad China se pueden encontrar en perfecta coexistencia talleres de bicicleta al aire libre, peluqueros que te piden 1 yuan por cortarte el pelo, panaderías, verdulerías, tenderetes de bebidas (único lugar, a excepción de hoteles y restaurantes, donde uno puede consumir una misérrima coca-cola, aunque con la obligación de devolver posteriormente el casco), dulces y conservas, y un sinfín de puestos más imposibles de describir en su totalidad. 

En Xi'an, tras mucho caminar, descubrimos una calle que, a modo de los viejos gremios europeos, está dedicada a las artes y a las antigüedades, y cuya excelente conservación le confiere una personalidad especial. Para el visitante, el contraste con la parte más demacrada de la ciudad sirve de ejemplo de la dualización que está comenzando a darse en este país y que amenaza con convertirse en una característica fundamental de la sociedad china.  

 

05. 10. 94 XI'AN - SHANGHAI

Al abandonar Xi'an con dirección a Shanghai, un último paseo por sus calles me ha dejado una sensación desagradable; aunque desde el primer momento se hace evidente el contraste de su pobreza con el mayor nivel económico de Pekín (al menos a los ojos de quien esto suscribe), he de reconocer (y quiero resaltar que no me gusta confundir pobreza con modos de vida diferentes al nuestro) que hoy en especial he acabado por sentirme un poco incómodo: suciedad abundante, puestos de frutas y de comida junto a cúmulos de basura, niños excesivamente sucios y descuidados, mucha contaminación...  Xi'an no es una ciudad próspera, y debo admitir que abandonarla me ha producido un cierto desahogo. 

Desde el camino que me lleva del aeropuerto de Shanghai al nuevo hotel (un recorrido nocturno en taxi que dura más de una hora y cuarto) he creído descubrir lo que a primera vista parece otra China: las calles están bien iluminadas, existen barreras de protección en las aceras, se ve cierta limpieza, numerosos escaparates, rascacielos, no abundan las bicicletas, hay incluso señales que prohíben hacer sonar el claxon... es decir, menos desorden y ruido. Dispongo de tres días para confirmar mis sospechas.

 

06. 10. 94 SHANGHAI

La imagen siempre impresionante del BundPese a lo que en un principio he creído advertir, Shanghai es sin duda alguna una ciudad china; no obstante, guarda en su interior más de una Shanghai definidas por sus diversas etapas históricas. Pasear por el Bund es como acercarse un poco a la China colonial del siglo XIX, con sus enormes edificios de corte europeo presidiendo la avenida. Subir por la calle Nanking es descubrir la China más capitalista, repleta de neones y escaparates, cuyos habitantes hacen del consumo y el dinero los nuevos sustitutos del pensamiento Mao. Caminar por las estrechas callejuelas del barrio antiguo supone encontrarse con la China profunda, la que nunca tuvo que ver con palacios, jardines imperiales ni mansiones. 

Shanghai sí es, sin embargo, una ciudad más tranquila que las demás. En muchas avenidas está prohibido circular con bicicleta, lo que posibilita un tráfico más fluido. No en vano, sus habitantes se jactan de su cosmopolitismo y su occidentalización, otro de los dioses que parecen dirigir la nueva China.  

 

07. 10. 94 SHANGHAI

China se asemeja a un niño que cuando se comporta como debe, cuando responde a lo que de él se espera, puede convertir unos minutos de su compañía en unos instantes gratos y apacibles, pero que cuando persiste en una actitud rebelde y caprichosa desearíamos tener a varios kilómetros de distancia. Conseguir un sencillo billete de tren para Suzhuo ha sido por momentos una tarea imposible, sólo al alcance de los La política de hijo único ha supuesto la entronización de muchos niños en la vida chinahabitantes de este inaprensible país; sin embargo, una vez superadas todas las trabas y tras haberlo adquirido, solo queda pensar en lo sencillo que hubiera resultado todo de seguir los pasos adecuados...

De cualquier manera, un tranquilo paseo por las angostas calles del barrio antiguo o transitar durante más de una hora por el excelso jardín de Yu Yuan (donde la armonía entre naturaleza y arquitectura alcanza la perfección) compensan cualquier desabrimiento. El viajero a veces no pide más: que le dejen andar, observar, aprehender cuanto pueda alcanzar con la mirada y los sentidos. Y Shanghai te lo permite. Quizá su mejor herencia europea sea su permiso inalterable para dejarse tocar y admirar sin perder su encanto propio y sin rechazar a nadie. Tras pasear unas horas por sus calles, es fácil comprender lo que quiero decir.

En el bar del hotel, he podido comprobar en persona una de las mayores pasiones de los chinos: karaoke. Sin entrar en lo terriblemente mal que interpretan las composiciones de corte occidental (nunca había oído desafinar de esa manera), muchos de ellos cantan solos, mientras miran la pantalla del vídeo como quien ve un telediario o lee la prensa. Al menos en este aspecto es patente su falta de sentido del ridículo.

 

08. 10. 94 SHANGHAI

El último día en Shanghai aporta poco de nuevo: la compra de alguna que otra prenda en la calle Nanjing (la única verdaderamente comercial, de acuerdo con lo que entendemos en occidente por zonas comerciales), una nueva visita al barrio antiguo (lo merece) y una caminata hasta el Shanghai Center, un macro-edificio multifuncional que parece estar hecho para sorprender al visitante ante la modernidad de su aspecto.

 

09. 10. 94 SUZHOU

De camino a Suzhou en vagón de tren de asiento-duro (aunque mucho menos duro de lo que a priori se cree, al menos para distancias cortas y con el vagón semivacío), se puede disfrutar del más típico paisaje chino: interminables campos de arroz aderezados por los innumerables canales —afluentes del Gran Canal— que surcan la zona. Aunque el día no ha acompañado, ha merecido la pena aproximarse a la ventana y observar el continuo verde-amarillo del paisaje, los frágiles botes y las barcazas que cruzan los canales casi sin solución de continuidad, algún que otro campesino trabajando en los arrozales con medios propios de una sociedad preindustrial, etc. No es la espectacularidad del paisaje chino lo que atrae la atención del viajero, sino la cotidianeidad más pura y sencilla de un mundo, la China rural, de tan difícil acceso al extranjero en este país. 

Una vez en Suzhou, todo ha sido infinitamente más fácil de lo esperado: buen hotel y compra de billetes de autobús para Hangzhuo casi instantáneamente (¡sin guardar cola y a una taquillera perfectamente ducha en el inglés!). La estancia en el hotel (de los más baratos que uno ha podido encontrar durante todo el viaje) incluye también el desayuno, lo que me proporcionará la oportunidad de probar un desayuno chino, que a la sazón estaba compuesto por arroz (inevitable), ciertas bolas de harina rellenas de carne, un tipo de rollitos también de carne (nada que ver con nuestro conocido rollito de primavera), varias clases de pasta, así como una variedad enorme de platos cocinados; incluso para un británico todo esto parecería excesivo.  

 

10. 10. 94 SUZHOU

Hoy ha sido un día perdido: la lluvia abundante y persistente que no ha dejado de caer ni un momento nos ha impedido cualquier disfrute de la ciudad. Las horas enteras desperdiciadas en el hotel esperando un mínimo resquicio que permitiera un sencillo paseo callejero han servido, no obstante, para recuperarse del cansancio acumulado. A última hora de la tarde, la lluvia ha cesado y hemos podido adentrarnos en la zona comercial de la ciudad (ya no había luz y los parques y monumentos estaban cerrados). La famosa Venecia china (a causa de sus canales) finalmente quedará pendiente para otra ocasión.  

 

11. 10. 94 HANGZHOU

El viaje en autobús de Suzhou a Hangzhou, a menos de 150 kilómetros de distancia, ha resultado de lo más singular: casi cinco horas de viaje por unas carreteras estrechas, aunque poco transitadas; el autobús, aunque no excesivamente antiguo (con asientos reclinables), lleva más gente de lo que permite su capacidad, lo cual se soluciona fácilmente colocando unos taburetes en el pasillo entre asiento y asiento. A pesar de todo, el viaje ha supuesto regresar al paisaje del este, cruzado por sus numerosos canales. La lluvia no nos ha abandonado en ningún momento, lo que por otra parte dotaba a los campos de un romántico y peculiar aspecto. 

Atardecer en HangzhouEncontrar hotel en Hangzhou puede suponer para el extranjero toda una odisea, excepto para quien esté dispuesto a pagar los altos precios que fijan los hoteles de categoría superior. El problema reside, por lo visto, en que sólo los hoteles autorizados pueden albergar extranjeros, y en Hangzhou, el segundo lugar más visitado en el país por las parejas de recién casados, no hay ninguno barato que lo esté (a pesar de lo indicado en nuestro libro-guía Lonely Planet, en el cual hasta entonces habíamos confiado ciegamente). Al final, encontramos uno de tipo medio ya en las afueras de la ciudad, que, sin embargo, resulta ser todo un complejo de varios edificios con piscina cubierta incluida. Lo cierto es que, a la postre, es mejor de lo esperado.  

 

12. 10. 94 HANGZHOU

Circular en bicicleta en China tiene poco que ver con un simple paseo de turista: supone adentrarse en una marea humana que parece caminar sin rumbo determinado y sin reglas de ningún tipo pero donde cada uno sabe perfectamente cómo comportarse, de manera que aproximarse a un ciclista nativo a la hora de cruzar una avenida se convierte en el seguro de tráfico más efectivo. Contrariamente a lo que parece desde afuera, la sensación de riesgo, de peligro continuo desaparece. Ciertamente, es una grata experiencia que vale la pena repetir, y más aún en lugares como Hangzhou, bordeando el inmenso y hermoso lago que da vida y merecida fama a la capital. 

En los viajes, uno siempre se encuentra con personajes pintorescos. Hoy hemos conocido uno cuyo trabajo es algo así como "buscador de antigüedades orientales". Trabaja para la Biblioteca de París, y viene dos veces al año a comprar valiosas antigüedades. Yo, que soy incapaz de distinguir a simple vista una auténtica moneda de la dinastía Ming de otra vulgar imitación, observo admirado la facilidad del francés para reconocer en un solo vistazo la falsedad de casi todas las monedas que se ofrecen como auténticas reliquias del pasado. Le gusta regatear y charlar con los vendedores, y su ofrecimiento para cenar juntos me permitirá disfrutar de varios platos locales que de otra manera mi ignorancia me hubiera impedido saborear. 

A estas alturas del viaje, se tiene la certeza de que ser extranjero en China es una característica que no diferencia nacionalidades: o se es chino o no se es. Todos los que no lo somos, de alguna manera pertenecemos a un mismo lugar, y sentimos cierta proximidad con sólo cruzarnos por la calle.  

 

13. 10. 94 HANGZHOU - GUILIN

El último día en Hangzhou se aprovecha para visitar el templo budista de Ling Yin, uno de los mejor restaurados del país y de los más grandes que el que suscribe ha podido visitar. Sin embargo, lo más atractivo e impresionante son las esculturas sobre piedra que, a la entrada del templo, representan en variadas formas y estilos la imagen sempiterna de Buda. 

La afición de los chinos a fotografiarse recíprocamente (es decir, a intercambiar las posiciones de fotógrafo y fotografiado en el mismo lugar y en idéntica actitud) y a elegir los espacios más difíciles toma en este escenario la categoría de espectáculo: buscando lo más inverosímil, algunos arriesgan incluso su físico trepando por paredes rocosas poco accesibles y subiendo hasta vértices que parecen no poder resistir su volumen. A veces (sin intención de caer en un reduccionismo simplista y etnocéntrico) el viajero llega a tener la sensación de hallarse a la puerta de salida de un colegio. 

A media tarde, un avión nos lleva con destino a Guilin, ciudad desde la que, tras pernoctar, nos dirigiremos a Yangshuo, uno de los escenarios más esperados de este viaje.  

 

14. 10. 94 YANGSHUO

Desde el autobús que lleva de Guilin a Yangshuo, las espigadas montañas que bordean la carretera nos adelantan lo que será uno de los momentos más apasionantes y fascinantes de este viaje. La cámara fotográfica, siempre dispuesta, parece en este instante especialmente ansiosa por ejercer de notario para que la siempre frágil memoria no olvide jamás las fantásticas imágenes que, muy probablemente, el viajero no volverá a contemplar en ningún otro lugar del planeta. 

Casi en el mismo instante en que, una vez establecidos en el hotel correspondiente, nos disponemos a iniciar nuestro primer paseo por el lugar, una muchacha con un elevado dominio del inglés (lo que descubriremos posteriormente como algo común en esta zona) nos aborda y nos ofrece servirnos de guía hasta la famosa Colina de la Luna a través de un recorrido alternativo. Tras algunas dudas y un pequeño regateo, la aceptación de esta propuesta será, sin duda alguna, la decisión más acertada, gratificante y satisfactoria que lleguemos a tomar en todo el viaje. 

Tras alquilar unas bicicletas de montaña (por 5 yuanes al día, unas 75 Ptas.), nos adentramos tras nuestra guía por caminos estrechos que acabarán convirtiéndose en senderos y atravesamos campos y pueblos que de ninguna otra forma hubieran podido ser accesibles al viajero. El paisaje, espléndido en la distancia, se torna inconmensurable desde dentro: cruzamos entre casas de adobe que jalonan el camino ante la mirada atenta de sus moradores; las agujas punzantes de las montañas parecen resguardar los ríos y acequias que constantemente fluyen a nuestro paso; algunos bueyes empujan arados con evidente esfuerzo, impelidos por sus dueños; amplios sombreros de paja se adivinan entre los campos moviéndose al ritmo de la azada. Todo lo que alcanza la vista supone un auténtico placer para los sentidos. 

Vista desde la Colina de la LunaDesde la Colina de la Luna, y un poco cansado por la falta de costumbre a tanto pedaleo, el grandioso espectáculo que se contempla reconforta hasta lo más profundo de cada hueso. A pesar de que sabe que éste es uno de los lugares desde donde más objetivos se han disparado ya, el viajero no puede evitar tomar su cámara y descargar unos cuantos fotogramas ante el temor de que, en el futuro, la memoria pudiera traicionar el recuerdo de todo lo visto y vivido. A la vuelta, es posible visitar unas cuevas donde, según afirman, se refugiaron los habitantes del lugar tras la invasión japonesa (aunque hacerlo exige del visitante una cierta práctica en espeleología). 

El precio acordado con nuestra guía incluye, además, cenar en su propia casa. Aparte de la posibilidad de probar algunos platos habituales de la dieta china, ello nos permite sobre todo descubrir la realidad de una casa rural. Desconozco la representatividad de la misma, pero puedo dar fe de las condiciones en que ésta se encontraba: construida con ladrillos de adobe, la cocina, también comedor, de unos 25 metros cuadrados, estaba iluminada por una bombilla de no más de 40 watios; su equipamiento consistía en una mesa cuadrada de madera, tres o cuatro sillas pequeñas (tipo banqueta), un fuego de leña y un par de aparadores de arcilla o de tierra. El cuarto de estar (ignoro si también dormitorio: yo no vi ninguna otra habitación) aparecía tan escaso de luz como la cocina; en él destacaba un televisor en blanco y negro con antena portátil e imagen muy borrosa. La cena, cabe añadir, excesivamente abundante para dos personas (seis platos, en los cuales estaban el inevitable mifan —arroz hervido— y una especie de tortilla de verduras especialmente deliciosa), más aún si tenemos en cuenta que el precio acordado por todo ello, incluido el recorrido, era de 60 yuanes (unas 900 ptas. ) en total. 

La vuelta a Yangshuo, de noche, se convierte en terriblemente preligrosa: nuestras bicicletas carecen de señal luminosa alguna, y en el camino nos cruzamos con peatones, otras bicicletas invisibles e innumerables camiones que, contra la lógica más evidente, parecen ser capaces de esquivar lo que no se ve.

 

15. 10. 94 YANGSHUO

Paisaje alrededor de YangshuoUna de las excursiones que todo viaje organizado incluye es un recorrido en barco desde Guilin a través del río Li. El precio es bastante elevado (unas 6.000 ptas.), aunque incluye la comida a bordo. Sin embargo, existen otras alternativas mucho más estimulantes. Una de ellas es tomar un bote desde el mismo Yangshuo y, con la apacible tranquilidad que proporciona un pequeño bote a motor y la compañía de otras tres personas (dos de las cuales, para mi sorpresa, hablaban perfectamente español), moverse sobre el agua sin mayor prisa que el deseo de llegar lo más lejos posible con la mirada. La sensación es abrumadora: hay que recurrir a las fotografías para describir algo de la maravillosa fascinación que causa. Los picos, múltiples y con nombres relativos a las formas a las que se asemejan, rodean por doquier la pequeña barca de madera que zigzaguea de orilla a orilla. Un alto para comer en un pequeño pueblo cuyo nombre por desgracia no recuerdo, fuera de toda ruta turística, completa esta pequeña excursión inolvidable. 

Hoy, además, he tenido ocasión de cumplir una de esas promesas que uno se hace en el momento de la partida: por fin he comido serpiente. He de decir que no me ha desagradado, pero que tampoco me ha parecido especialmente sabrosa (aunque, como en todos los casos, la habilidad del cocinero es fundamental). Lo único que se me ocurre añadir es que su textura me ha recordado a la del pollo. 

Yangshuo es un pueblo que, en gran medida, ha centrado buena parte de su actividad en el turismo. Hay más cafés, probablemente, que en cualquier otra capital china, y el inglés es casi un idioma co-oficial. Sin embargo, en un equilibrio sumamente frágil, sabe mantener la vieja esencia de la China profunda, que el viajero ansioso busca afanosamente en cada lugar. 

 

16. 10. 94 YANGSHUO

Uno de los mayores placeres en Yangshuo consiste en alquilar una bicicleta y lanzarse a recorrer los caminos de alrededor. Ello El mundo rural difiere en extremo de la realidad urbanapermite, sobre todo, visitar otros pueblos donde el extranjero es todavía un personaje incomprensible de aspecto, lenguaje y costumbres difíciles y extravagantes. Los grandes sombreros de paja para combatir el sol se divisan a lo lejos, agachándose e incorporándose entre los campos de cultivo. La vida se adivina dura, pero quizá menos ingrata de lo que a nosotros nos parece a simple vista. La prisa parece no existir. Algunos niños se me acercan y me piden 1 yuan por dejarse fotografiar. A la entrada de los pueblos, uno puede avituallarse de agua porque el calor, en esta parte del planeta, aprieta lo suyo. Todo el mundo se dedica a su tarea, y el viajero puede permitirse observar sin mayor preocupación. Son instantes que nunca querría olvidar, pero ni siquiera las fotografías podrán retener el olor, las voces o la atmósfera que constantemente afluyen al viajero desde cada rincón. 

La libertad de moverte en bicicleta por Yangshuo y alrededores no tiene parangón; ello solo justificaría el viaje a este país tan variado. En Yangshuo, además, nadie pretende engañar al turista (saben cuál es su negocio), por lo que éste se halla, probablemente, en uno de los lugares más afables, tranquilos y hermosos del planeta.  

 

17. 10. 94 YANGSHUO - GUILIN

A mediodía, tomamos un autobús con destino Guilin, para desde allí coger otro esta misma noche con dirección a Cantón, última ciudad que visitaremos en la República Popular China antes de llegar a Hong Kong. 

Campos de arroz en GuilinEl viaje de Guilin a Cantón es de lo más peculiar: se trata de un autobús con literas, no lo suficientemente cómodas para dormir a pierna suelta, aunque permite viajar relajado. En el autocar, un chino trata insistentemente de trabar conversación conmigo (nada más llegar, me ofrece una litera vacante a su lado). Es empresario y se dedica a la importación de aluminio, según me dice, pero su pronunciación inglesa es en muchos momentos incomprensible para mí. Me pregunta muchas cosas sobre precios y salarios en España y le noto cierta envidia cuando le hablo de mis otros viajes por el mundo. Es evidente que, para él, el "mundo occidental" es un referente obligado; me confiesa después lo difícil que es conseguir pasaporte en China porque el gobierno no quiere que sus ciudadanos salgan del país. 

Tras esta conversación, y gracias al largo y relajado viaje nocturno, me permito hacer ciertas reflexiones, aunque poco rigurosas, sobre lo que para los chinos podemos representar el resto del mundo no oriental a través de sus miradas constantes, de sus ojos observadores hacia nuestra ropa, hacia nuestros vestidos y calzados; quizá nos tengan como una realidad inalcanzable, quizá como personajes extravagantes e ingenuos a los que engañar no es sólo una posibilidad, sino una obligación (¿tendrá algo que ver con aquella idea infantil que de los europeos se tenía en España allá por los años sesenta?). Observo que modernidad es sinónimo de color, cierta extravagancia en la ropa infantil y uso de faldas —especialmente de minifaldas— entre las mujeres (aunque en los pueblos nadie las lleva, ni tampoco las personas mayores de 40 años). La moda parece ser otra gran pasión entre los chinos modernos: hay multitud de boutiques y peluquerías. Quizá haya más admiración hacia lo extranjero que extrañeza; no obstante, un escueto viaje de un mes no permite sino intuir una vaga serie de ideas imprecisas y poco contrastadas.  

 

18. 10. 94 CANTÓN

Tras un viaje más duro de lo que al principio parecía, fundamentalmente a causa del deplorable estado de algunos tramos de la carretera, vuelven las dificultades a la hora de encontrar billete. No dirigimos de edificio en edificio incapaces de descubrir dónde se venden los billetes para Shenzhen. Un nativo se ofrece a guiarnos e incluso los compra por nosotros. Después, nos ofrece alojamiento en un hotel sólo para chinos, sensiblemente más barato, aunque compensa la diferencia exigiéndonos una comisión por el servicio. Aunque en un primer momento nos sentimos engañados, he de reconocer que su ayuda nos ha evitado varias horas de peregrinaje por la estación. 

Nada más llegar a Cantón, y antes de ir a comprar los billetes, tres sucesos seguidos me indican que, de acuerdo con lo que he leído, estamos en la ciudad más insegura de China:

  • Varios individuos se enzarzan en una seria pelea callejera, incluyendo puñetazos estilo Hollywood
  • A menos de 5 metros de mí, un muchacho arranca de un tirón el collar que una mujer lleva en el cuello. Nadie reacciona. 
  • Un hombre con un brazalete rojo persigue inútilmente, palo en mano, a un grupo de muchachos que corren divertidos. 
Sin embargo, el resto del día no depara ninguna otra sensación distinta a la de cualquier otra capital china. Queda la impresión, no obstante, y tras haber estado en Pekín y en Shanghai, de que éstas fueran, junto con Cantón, y salvando algunas peculiaridades propias, la misma ciudad: las casas, las gentes, las calles, los ciclistas... Las ciudades de Mao son las ciudades de la uniformidad y la despersonalización. Se echa de menos el paisaje y la vida de Yangshuo.  

 

19. 10. 94 CANTÓN - HONG KONG

Tras dejar el equipaje en consigna, queda el resto de la mañana libre para un último paseo. Como nos sobra bastante dinero, lo gastamos en un restaurante de alto nivel económico que, sin embargo, y servicio aparte, no resulta más satisfactorio que los pequeños restaurantes familiares donde habitualmente hemos comido. China se disfruta más como viajero que como turista (si pudiera encontrarse un significado distinto a ambas palabras). Creo que ésta es, quizá, la conclusión menos arriesgada que uno puede hacer después de todo. Las impresiones, los sentimientos, los descubrimientos, las sensaciones quedarán como lo que son: momentos maravillosos o turbadores que van más allá de la mera descripción y que habitan en un universo mucho más complejo que la razón. Ése es, tal vez, el motivo por el que viajar supone para muchos una experiencia siempre nueva y siempre enriquecedora, un respiro placentero y una actividad excitante a la vez, donde el bien y el mal, lo absoluto y lo concreto se relativizan y se entrecruzan hasta perderse en la perspectiva abierta de la mirada.

Un tren de cercanías nos deja en Shenzhen, ciudad desde donde, a pie, cruzaremos la frontera con Hong Kong. Nada más traspasarla, se hace evidente que acabamos de entrar en otro mundo, en otra realidad social, política y económica: rascacielos, luces, automóviles, escasísimas bicicletas, ropa al más puro estilo occidental, miles de letreros y rótulos de neón... Sólo los rostros nos indican que, a pesar de todo, no hemos abandonado el continente asiático. Sin embargo, es claro que ya no nos hallamos en la China socialista. 

Es tiempo, pues, de recomponer ideas y ordenar sensaciones, lo que, con mayor o menor acierto, he tratado de hacer en las páginas que anteceden: el diario de un viajero independiente a la República Popular China.

© Carlos Manzano (1994)

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