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COREA DEL SUR

Tradición Y Modernidad

 


 

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DIARIO DE VIAJE A COREA

Supongo que lo primero que debe hacer uno antes de ponerse a escribir de su viaje a la República de Corea es justificar el porqué: ¿Por qué Corea del Sur? No estamos hablando de uno de los destinos turísticos más en boga ni tampoco de un país que destaque por alguna característica cultural o geográfica específica. Si el nombre de Corea aparece de vez en cuando en los medios de comunicación europeos es por su conflicto con su vecino del norte, ese reino pseudomedieval dirigido desde el más absoluto desprecio por la vida humana por el inefable Kim Jong-un. De hecho, a día de hoy Corea del Sur apenas recibe turistas extranjeros. Entonces, ¿por qué este país y no cualquiera de los otros exuberantes lugares que lo rodean? ¿Dónde reside su atractivo?

Como primera respuesta, debería decir que esa precisamente es una de las razones que nos impulsó a elegir este país como destino vacacional: su irrelevancia turística, o lo que es lo mismo, la seguridad de que nos íbamos a encontrar con un país en su estado puro, sin apenas añadidos artificiales ideados para el bienestar de los turistas menos exigentes. Para mí, al menos, eso supone un aliciente siempre bienvenido y una magnífica oportunidad para adentrarme (en la medida de mis posibilidades y de las circunstancias) en la vida cotidiana de sus gentes: comer en los restaurantes en los que ellos comen, alojarme en los hoteles donde ellos duermen, comprar en las tiendas donde ellos compran, asistir a los espectáculos de los que ellos disfrutan… O lo que es lo mismo, reforzar la ilusión de que, aunque muy superficialmente (o incluso de una manera simbólica), uno ha sido coreano durante unos cuantos días.

Pero hay más motivos que esos, por supuesto. Supongo que porque con los años uno trata de evitar las complicaciones innecesarias y acaba cansándose de regatear a todas horas si no se quieren pagar cantidades desorbitadas y acabar desconfiando de todo el mundo —algo bastante habitual en otras latitudes—, eliminar la posibilidad de ser engañado, timado o sencillamente dirigido por los intereses comerciales de otros se convierte en un aliciente muy a valorar. En Corea del Sur (como en Japón y supongo que en otros países de la zona) nadie trata de aprovecharse del extranjero ni de abultar disimuladamente (o descaradamente, me da igual) los precios. Nadie trata de engañarte. No eres un objetivo al que hay que timar. La despreocupación a la hora de llevar acabo cualquier compra u operación comercial es, por tanto, casi absoluta.

Hay más razones, cómo no. Mi atracción por Asia, por ejemplo, por su gastronomía, por su vitalismo, por sus paisajes; la facilidad para circular por todo el país usando únicamente medios públicos de transporte, numerosos, baratos y accesibles; contemplar las transformaciones de una sociedad que hasta hace apenas unos años era eminentemente rural y que ahora ocupa uno de los primeros puestos mundiales en producción industrial y desarrollo tecnológico. Tradición y modernidad; presente y pasado. En fin, todas esas cosas que siempre me ha parecido conveniente tener en cuenta a la hora de viajar. Y he de decir que, una vez terminado el viaje y valorados los pros y los contras, Corea del Sur no me decepcionó en absoluto y sí me proporcionó, en términos generales, incluso más de lo que esperaba de él.

Pero más allá incluso de todo lo anterior, debo decir que los viajes, cada vez de manera más nítida, valen para mí lo que valen los instantes aislados o discontinuos que me proporcionan, los momentos en que me siento por entero fuera de mi entorno habitual, ajeno a cualquier elemento reconocible, enajenado de mi vida cotidiana; los intervalos en los que, por decirlo de alguna manera, me sumerjo en un extrañamiento total y puedo dejarme secuestrar por lo que dictan mis sentidos (esa fuente inagotable de placer), y no tanto lo que veo o lo que hago. Para mí ante todo el viaje es un cúmulo de sensaciones, y en función del grado y variedad de esas sensaciones puedo decir que su disfrute ha sido mayor o menor.

Con esta premisa, Rosana y yo iniciamos nuestro viaje a Corea del Sur tomando en Madrid el avión de Lufthansa que, vía Berlín, nos dejará al día siguiente en la flamante capital del país: Seúl.

 

Jueves 9 de octubre de 2014 - SEÚL

No resulta nada complicado trasladarse desde el lejano aeropuerto de Incheon a la bulliciosa Seúl. Justo a la salida de la terminal hay numerosas paradas de autobuses (a los que se les denomina, no sé muy bien por qué, limusinas) perfectamente numeradas que recorren de una punta a otra la ciudad. Si no sabes de antemano cuál es el tuyo, no hay ningún problema: la propia encargada de dispensar los billetes te indicará el número del autobús que te conviene y el lugar donde te has de bajar. Incluso si llegado el momento (como sin duda le sucederá a todo aquel no familiarizado con el hangul, o lo que es lo mismo, el idioma coreano) tienes dudas acerca de si has llegado o no a tu parada, tampoco pasa nada: el propio conductor te indicará, si ve que andas un poco despistado, el momento exacto en que debes abandonar el autobús. El trámite de llegada a Seúl, por tanto, no pasa de ser un episodio sencillo y sin apenas complicaciones.

En general, la amabilidad de la población local con los visitantes es extrema, casi diría que ejemplar. El miedo a no entender las indicaciones que aparecen en los diferentes carteles o a escoger erróneamente el medio de transporte se irá desvaneciendo a medida que se pierde la vergüenza para preguntar a cualquier local o marcarle directamente sobre la guía el nombre del lugar al que deseas ir. Sin embargo, no siempre resulta tan fácil dar con determinadas direcciones, sobre todo cuando uno se adentra por los callejones estrechos y oscuros que cruzan los alrededores de Insadong, que era donde teníamos reservado el alojamiento —por otra parte, una de las zonas más encantadoras de la capital—, y comprueba que los nombres de las calles son desconocidos incluso para los propios vecinos. Hecha esta salvedad, apenas nos sucedieron anécdotas relevantes a la hora de trasladarnos de un lugar a otro: siempre hubo un seulense dispuesto a facilitarnos la tarea.

Nuestro primer contacto con la gran urbe coreana se ve entorpecido por una incidencia con la que no contábamos. Debido a que el cambio de moneda en el aeropuerto es algo más gravoso que en la capital, a nuestra llegada preferimos proveernos de una pequeña cifra de wons, apenas lo justo para los primeros gastos, con idea de, una vez instalados en Seúl, cambiar en el banco cantidades más elevadas que nos sirvan para hacer frente a nuestros primeros días. Sin embargo, la obligación de pagar por adelantado los tres días de estancia en el hostal y sobre todo el hecho de que hoy es fiesta en Corea del Sur (se celebra el día del hangul, como he dicho más arriba, el idioma de Corea), lo que a su vez implica que todos los bancos permanezcan cerrados, nos encontramos de repente sin dinero suficiente para poder coger siquiera el metro. Lo primero que hacemos es tratar de localizar alguna oficina de cambio privada, pero parece ser que no abundan en exceso por aquí. Por suerte, estamos situados a escasa distancia del distrito comercial, así que como segunda opción nos dirigimos a un hotel con servicio de cambio y, una vez conseguido efectivo para los primeros gastos, iniciamos sin más preámbulos nuestro recorrido por la capital coreana.

Nuestro primer destino es el mercado de Namdaemun, donde recalamos de camino a la Puerta del mismo nombre. Como buen país asiático, los mercados de Corea vienen a ser como su nervio central, su distintivo más colorido, lugares de enorme animación donde uno puede embriagarse hasta el tuétano de la vida coreana. El de Namdaemun es un mercado más enfocado al comercio textil que a otros sectores más golosos para el extranjero, aunque se puede encontrar de todo, incluyendo, por descontado, lugares para comer. De hecho, aquí haremos nuestra primera incursión en la gastronomía local: dos sopas de fideos (una de mejillones y otra de pollo) bastante sabrosas que colmarán nuestro apetito hasta la tarde. El mercado está ubicado en calles estrechas y entrecruzadas que a mediodía se llenan de compulsivos compradores a la búsqueda de la ganga más asequible. Como primer contacto con la ciudad resulta bastante satisfactorio.

Alrededor de la Plaza Seúl se sitúa lo que podríamos denominar el centro simbólico y administrativo de la ciudad. El edificio del ayuntamiento, de moderna construcción, destaca imponente entre una serie de edificios de arquitectura contemporánea y elevada altura que dan la imagen de la Corea moderna y cosmopolita con que la mayor parte de sus habitantes se identifica. Justo al lado se encuentra también el primer palacio que nos toca visitar, Deoksugung, en la práctica un oasis de tranquilidad en la precipitación de la vida urbana de Seúl. La capital es una ciudad de contrastes, y uno de los más evidentes es este: la cohabitación en un mismo espacio de construcciones históricas centenarias con la agitación y el caos de las urbes modernas.

No es sencillo ordenar las sensaciones que este primer contacto con el país va generando en el recién llegado. En primer lugar, sorprende el enorme número de visitantes que frecuentan los lugares históricos (impresión que se verá confirmada a lo largo de los días). El turismo interior en Corea del Sur es muy numeroso, casi diría que abrumador. Los coreanos se sienten orgullosos de su país y les gusta demostrárselo a sí mismos. Una circunstancia que se repetirá en muchos de los lugares donde recalamos es la presencia continua de autobuses escolares, lo que en la práctica viene a significar cientos de jóvenes correteando por los palacios y templos y asumiendo buena parte del protagonismo, algo que, como es fácil entender, supone un serio inconveniente para el resto de visitantes. (Habría que decir que si hay alguna característica que el pueblo coreano y el español puedan compartir, a mi entender, es esa: el ruido, el desorden, las conversaciones en voz alta, las risas estentóreas, el bullicio…) Supongo que la idea es instruir a los jóvenes en la historia y las vicisitudes de su país, crear en cada uno de ellos una sólida identidad que les haga sentirse parte activa de ese entramado simbólico que denominamos nación, un sentimiento, por otra parte, que en tantas ocasiones, llevado al extremo, ha acabado generando terribles conflictos internacionales. La historia lo ha demostrado en numerosas ocasiones. Hay que tener mucho cuidado cuando jugamos con esas cosas.

Todavía nos da tiempo de visitar el segundo palacio del total de los cinco que fueron mandados construir durante la Dinastía Joseon y que constituyen el núcleo histórico de Seúl: Gyeonghuigung, quizá el menos espectacular de todos pero también el más tranquilo, por lo menos a la hora a la que nosotros acudimos.

Al anochecer, nos entretenemos dando un pequeño paseo por el arroyo Cheonggyecheon, un espacio urbano realmente agradable abierto en pleno corazón de la capital y que surgió como reactualización de un viejo proyecto nacido durante la Dinastía Joseon, aunque posteriormente tuviera que ser cubierto debido a las necesidades de crecimiento de la ciudad. A pesar de inmenso tamaño de la urbe y del tráfico, Seúl cuenta con muchos lugares donde disfrutar de un sencillo paseo, así como de amplias aceras (al menos en el centro). No es una ciudad tan difícil ni tan áspera como puedan serlo otras capitales asiáticas, por ejemplo Bangkok o Saigón, donde la diferenciación funcional de espacios no está del todo clara.

De vuelta al hotel, damos con una calle que nos llama la atención por la profusión de carteles luminosos y la enorme cantidad de restaurantes que acoge, y donde los jóvenes parecen haber encontrado uno de sus lugares predilectos de esparcimiento (es impresionante la cantidad de gente joven que deambula por aquí). El sitio nos gusta y optamos por quedarnos a cenar.

Elegimos un restaurante de los denominados Korean Grill, muy numerosos en toda Corea y bastante frecuentados por la población local, en cuyas mesas hay dispuesta una plancha para que tú mismo vayas cocinándote los trozos de carne que te sirven de acuerdo con tu gusto personal (un sistema, me costa, también bastante común en Japón). No son precisamente baratos (como es lógico, la carne suele tener precios más elevados que otros productos), aunque tampoco se puede decir que sean caros. En cualquier caso, y para los mochileros con pocos recursos, comer en Seúl por poco dinero es relativamente fácil, y en general resulta bastante menos gravoso que en España. Pero ya quedará tiempo para hablar de las características de la gastronomía coreana. Nosotros no hemos hecho más que empezar el viaje y de momento aún estamos tanteando las diferentes posibilidades.

Como llevamos un montón de horas sin dormir (durante el viaje no he pegado ojo, aunque eso sí, me ha dado tiempo a verme casi al completo la primera temporada de la serie True Detective, lo cual tampoco está mal), apenas terminamos de cenar nos retiramos al hotel para recuperar fuerzas y comenzar la jornada de mañana con la predisposición adecuada.

 

Viernes 10 de octubre de 2014 - SUWON

Suwon, aunque hoy en día podríamos decir que es casi un barrio de Seúl, fue en otra época una próspera ciudad industrial fundada por el rey Jeongjo y sede de un importante destacamento militar. Actualmente se puede llegar en metro hasta aquí, aunque hay que tener cuidado con el vagón en que te subes, ya que la línea 1 tiene dos destinos distintos y hay que tener claro si el que escoges es el que te llevará a tu destino. Hecho este apunte, llegar desde la estación de metro de Suwon a la fortaleza Hwaseong es muy sencillo. Junto a la propia estación se encuentra la oficina de turismo, donde el personal, con extrema amabilidad, te hace entrega de un plano detallado de la ciudad y te proporciona las indicaciones oportunas para poder dirigirte al palacio en transporte local, rápido y barato.

Suwon es un buen lugar para pasar la mañana. Nosotros iniciamos la visita entrando por la Puerta Paldalmun, en realidad la puerta de entrada sur, no la más importante, pero de aspecto imponente gracias a su estructura semicircular y a sus muros macizos. Por esas casualidades que se dan de vez en cuando, ese día está teniendo lugar el Festival Cultural de la Fortaleza Hwaseong y por esa razón la entrada es gratuita. El problema es que hay un montón de personas dentro del recinto, por lo que la visita pierde parte de su encanto. En la explanada exterior está teniendo lugar una representación de luchas guerreras, circunstancia que, más allá de su exotismo, es seguida con interés y cierta dosis de entusiasmo por un público numeroso. En el interior, una gran plataforma anuncia la próxima ejecución de diversas actividades músico-festivas. En otro de los patios interiores, hay montada una gran carpa bajo la cual se alinean un montón de mesas, y alrededor, numerosos puestos de comida. Nos parece una forma divertida de comer, así que nos pedimos unos rollitos y unos dumplings con sus correspondientes salsas y nos sentamos a una de las mesas.

La fortaleza está rodeada por una muralla a la que se puede acceder desde el propio palacio, aunque hay que subir unas cuantas escaleras bastante empinadas. También existe un pequeño tren que te lleva hasta la otra parte de la ciudad, pero nosotros preferimos trepar hasta lo más alto y hacer el recorrido a pie. A lo largo del camino vamos atravesando el resto de puertas de la fortaleza, Janganmun y Changnyeongmun, de estilo similar a la Paldalmun e igual de impresionantes, si no más, mientras disfrutamos del magnífico día que nos acompaña.

Ya de vuelta de Suwon, nos dirigimos a la terminal de autobuses de Dong Seul para comprar los billetes a Sokcho, nuestro siguiente destino. Es cierto que, salvo en fechas puntuales, no es necesario adquirir los billetes con tanta antelación, pero dado que tenemos la reserva del hotel desde hace mucho (hicimos todas las reservas del viaje por Internet desde España) preferimos tener los billetes en nuestras manos cuanto antes y, de paso, vemos cómo es la estación y desde dónde salen los autobuses.

Todavía quedan unas horas de luz por delante, así que nos animamos a visitar una zona un poco alejada del centro, Sinchon, una de las áreas más animadas de la ciudad al ser también distrito universitario. Cerca de aquí se halla el templo Bongwonsa, que visto sobre el mapa parece encontrarse prácticamente a un paso. Todavía no estamos hechos a las distancias reales de esta megacapital y a la extraña disposición de sus calles, y orientarse no es tarea fácil; el caso es que encontrar el templo guiándonos solo por el mapa  resulta más complicado de lo que pensábamos (de hecho, tenemos que preguntar a varios transeúntes antes de dar con él). Es el primer templo budista de Corea en el que entramos y la tranquilidad que se respira aquí nos seduce de inmediato. Es cierto que no es un lugar al que merezca la pena venir de propio (tendremos ocasión de ver muchos otros templos a lo largo del viaje más hermosos que este) pero la hora, el ambiente, la luz, el silencio, en fin, todas esas cosas que en teoría caracterizan este tipo de lugares, es suficiente para compensar el esfuerzo que hemos tenido que realizar para llegar hasta aquí.

Nuestra intención inicial es cenar por la zona de Sinchon, pero nos cuesta encontrar un restaurante que nos seduzca y al mismo tiempo queremos librarnos de todo el material fotográfico con el que cargamos desde primera hora de la mañana como si fuese una parte de nosotros mismos. En las calles próximas a nuestro hotel descubrimos ayer un montón de restaurantes con mesas al aire libre que ofrecían un aspecto mucho más seductor (el público que frecuenta Sinchon es en su mayoría juvenil, y muchos de los restaurantes pertenecen a cadenas frías, impersonales y nada atractivas), así que decidimos volver al hotel y cenar por los alrededores.

El problema mayor, con el que no habíamos contado, es que no es sencillo encontrar sitio libre; los restaurantes son pequeños y apenas cuentan con un puñado de mesas. Hay que dar varias vueltas si queremos cenar con comodidad. De pronto, observamos que en uno de ellos acaba de quedar desocupada una mesa, así que nos dirigimos hacia allá como posesos. La cara de sorpresa del camarero al encontrarnos allí sentados es la primera señal de que tal vez no sea el sitio más adecuado para un extranjero. No obstante, nuestra curiosidad (y las ganas de cenar, dadas las circunstancias) nos convence de continuar sentados a la espera de conocer los platos que allí se sirven. El primer problema surge cuando el camarero no habla ni una palabra de inglés ni dispone de carta. Por suerte, justo en la mesa de al lado hay un comensal que habla un poquito de inglés y de italiano. Él nos explica que en realidad allí solo se sirve una clase de comida con dos variantes: picante/no picante. Ellos la están tomando y así a primera vista nos parece pasta, pero él asegura que no es pasta, aunque no conseguimos entender exactamente de qué se trata. Da lo mismo, saldremos de dudas en pocos minutos, cuando el camarero nos traiga dos tazones humeantes de algo parecido a un guiso extremadamente caliente y oscuro. Finalmente descubrimos que el plato consiste en una especie de cocido a base de tripas, intestinos y toda clase de vísceras irreconocibles, de sabor poco agradable y de aspecto aún menos apetitoso. Ya que lo hemos pedido, optamos por probarlo e incluso comemos hasta donde somos capaces. De cualquier manera, el lugar en sí mismo, la gente que lo frecuenta, los callejones que nos rodean, la vida que bulle, el movimiento, la atmósfera que rezuma la zona nos sirve de compensación a la mala experiencia culinaria. No en vano, eso también forma parte del juego de prueba y error que todo viaje lleva implícito.

 

Sábado 11 de octubre de 2014 – SEÚL

Hoy toca día de templos. Nos quedan de visitar tres de los cinco templos que constituyen la herencia de la Dinastía Joseon, los tres más importantes además, y uno de ellos distinguido como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Comenzamos por el más concurrido y famoso de todos, el Gyeongbokgung, aunque —en mi opinión al menos— no es el que más encanto destila. En cualquier caso, el palacio en sí mismo es espectacular y se mantiene en perfecto estado de conservación. Creo que no tiene mucho sentido comparar el estilo arquitectónico coreano con el japonés o el chino, por poner dos ejemplos próximos; es cierto que el propio concepto de palacio es muy semejante en los tres casos (amplísimos patios, pabellones casi siempre dispuestos simétricamente, profusión de elementos decorativos en tejados y frisos), pero carezco de los conocimientos necesarios para hacer una valoración que no resulte superficial y gratuita. Sin embargo, lo que sí puedo decir es lo difícil que me resultó en muchos momentos dejarme secuestrar por la atmósfera peculiar de cada uno de estos sitios, debido sobre todo al griterío y el movimiento constante de la gente, numerosísima en el primero de los palacios, y que, a pesar de su extensión, era imposible pasar por alto. Como ya he dicho antes, los coreanos comparten con los españoles (y con otras culturas más, por supuesto) una característica común: la propensión al ruido y a mantener conversaciones a viva voz, por no decir a voz en grito. Será que no damos demasiada importancia al sentido de la privacidad.

Entre Gyeongbokgung y Changdeokgung se encuentra un barrio denominado Bukchon, donde todavía se conservan un buen número de casas tradicionales ubicadas a lo largo de un entramado de callejuelas que remite, siquiera simbólicamente, a la Corea medieval. Un buen lugar, sin duda, para perderse durante unas horas. También hay por esta zona varios hanoks, es decir, alojamientos tradicionales al estilo coreano. Nosotros, además de pasear al azar por las callejuelas sin más propósito que echar un vistazo al lugar (más tarde descubriremos que el personal de información te provee de unos pequeños planos donde aparecen señaladas las viviendas más antiguas), entramos en uno de los muchos restaurantes que hay por aquí para disfrutar de la que será una de las comidas más placenteras de todo el viaje, a base de dumplings, empanadillas y sopa de fideos. Un menú modesto pero delicioso: no siempre lo más sofisticado es lo más sabroso.

Changdeokgung es el único de los palacios que ha obtenido el reconocimiento de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Y en mi opinión, es el que más encanto rezuma de los cinco. Su estructura parece menos ordenada, con menos concesiones a la simetría, y quizá menos espectacular, pero eso mismo le confiere mayor atractivo. Además, la afluencia de visitantes es bastante menor, lo que incrementa aún más su encanto. En la parte posterior se encuentra el denominado Jardín Secreto, en su momento de uso exclusivo de la familia real y que en la actualidad solo puede ser visitado en compañía de un guía. Nosotros nos hemos hecho con un pase colectivo que por 10000 wons (en aquel momento unos 7,50 euros) da acceso a cuatro de los templos más el santuario Jongmyo y que incluye también la visita al jardín, cuyo precio por sí solo alcanza los 5000 wons. De cualquier modo, las expectativas levantadas, en mi caso, tal vez no se concretan luego en algo realmente sorprendente; o por decirlo de una manera más justa, me cuesta encontrar sentido al secretismo con que se pretende revestir la visita al lugar, con esa obligación de permanecer siempre dentro del grupo, como si tu sola presencia pudiese alterar el equilibro existente.

Más modesto aún es el palacio Changgyeonggung, casi pegado al anterior (y al que de hecho se puede acceder desde el mismo Changdeokgung), pero también fue el que más daños sufrió durante la guerra con los japoneses. Por lo visto en su origen fue el lugar de veraneo del emperador, aunque luego pasó a convertirse en la vivienda de las mujeres del emperador.

Lo bueno de este recorrido es que los tres palacios principales están próximos todos ellos, lo que permite completarlo en un día y, ya de paso, visitar otro de los lugares emblemáticos de la ciudad, el santuario Jongmyo, también reconocido como Patrimonio de la Humanidad. A pesar de que esta casi pegado al templo anterior, su entrada se ubica justo en la parte contraria, junto a la avenida Jong-no, por lo que ir de un sitio a otro acaba llevando más tiempo del esperado.

El santuario, no sé si debido a la hora, es el menos concurrido de todos los lugares visitados hoy, lo que permite disfrutar con más intensidad de la atmósfera reinante. Es aquí donde tradicionalmente tenían lugar los funerales por los reyes, así como ciertos espectáculos de música y danza ceremoniales.

Un día intenso, sin duda, pero agotador. Así que tras dejar cámaras, mochilas y demás paramenta viajera en el hotel, salimos a la búsqueda de un lugar donde cenar. Esta vez conseguimos mesa en uno de los restaurantes más concurridos, cuyo camarero, además, se maneja razonablemente bien con el inglés. Queremos probar varias cosas, así que pedimos gambas rebozadas en tempura, y luego ya veremos. Cuando nos sacan el plato, bastante abundante, todo hay que decirlo, caemos en la cuenta de que el rebozado se ha realizado sobre la gamba entera, es decir, con piel, cabeza y todo. Se ve que por aquí se estila comerlas enteras, de un bocado.

Como segunda opción, recalamos en otro puesto de calle donde también disponen de carta en inglés. En este caso pedimos una ración de calamares pequeños, con intención de evitar riesgos. El problema es que los calamares pequeños nos los sirven sin cocinar, es decir, completamente crudos, y peor aún, cortados en trozos minúsculos que, por aquello de la actividad muscular post-mortem, todavía se mueven. La sensación visual es como si el plato estuviera repleto de gusanos vivos que no dejan de moverse. Me siento incapaz de probar un solo bocado. Casi sin tocarlo, obsequiamos a una mesa próxima con nuestro plato, que, como no puede ser de otra manera, aceptan agradecidos. Ellos quieren invitarnos a nosotros a otra cosa, pero, la verdad, a mí se me ha ido el hambre por completo. Mañana será otro día y veremos a ver si tenemos más suerte.

 

Domingo 12 de octubre de 2014 – SEÚL / SOKCHO

Hasta primera hora de la tarde no sale nuestro autocar para Sokcho, por lo que todavía disponemos de unas cuantas horas en Seúl. Para no alejarnos demasiado del hotel, donde hemos dejado en custodia las maletas, decidimos movernos por la zona de Insadong y alrededores, un área que se encuentra a poca distancia de nuestro hotel. Insadong es una calle comercial enormemente concurrida que los domingos se cierra al tráfico. Sin embargo, a estas horas de la mañana apenas hay gente y la mayor parte de los comercios están cerrados. En vista de lo cual aprovechamos para llegarnos a Jogyesa, un coqueto templo budista situado en plena vorágine urbana pero donde —tal vez a causa de la hora y a que no parece que a los coreanos les guste demasiado madrugar— se respira una tranquilidad y una calma casi total.

Ignoro el motivo, pero el templo está profusamente decorado con flores y plantas, ofreciendo un aspecto animado y colorido. Algunos fieles oran en su interior. En teoría no se puede hacer fotos, pero yo pido permiso a una de las personas que hay en la puerta y me lo concede. Poco a poco va llegando más gente. Tengo que decir que no siento excesiva simpatía por ninguna creencia religiosa, y el budismo no es una excepción. Tampoco entiendo las continuas genuflexiones que los devotos hacen una y otra vez frente a la enorme figura de Buda que preside el pabellón. Pero he de reconocer al mismo tiempo que el templo emana una innegable sensación de placidez, de reposo, que probablemente le vendrá bien a mucha gente. No en vano, cada uno busca sus certezas donde puede, sin importar que sean verdaderas o falsas; lo importante es que le sirvan para construir su propia cosmogonía personal. Y en general la gente utiliza los recursos que tiene más a su alcance. Tampoco hay que engañarse al respecto: la mayoría tiene tendencia a preferir casi siempre lo simple a lo complejo.

Comemos en un restaurante de estilo japonés, en cuya vitrina exterior aparecen reproducidos en plástico los platos exactamente igual a como se sirven dentro. Apenas llevamos unos días en Corea, pero personalmente echo de menos algo de la sutileza de la comida japonesa (cosa que iré corroborando a lo largo de los días). A pesar del empeño de la oficina de turismo coreana por hacer de la gastronomía local uno de sus atractivos, tengo la sensación de que difícilmente adquirirá el prestigio de la nipona, por poner un ejemplo, o de la china. En general observo que las salsas que se sirven para acompañar los platos no presentan entre sí diferencias de sabor verdaderamente significativas; la comida coreana no se caracteriza por una extremada sutileza en sus sabores, más bien al contrario, se busca demasiado la contundencia, la potencia, por no hablar del uso desmesurado del picante. Nosotros tratamos de probar el máximo de platos posible, aunque —tras la experiencia de los primeros días— sin asumir más riesgos de los imprescindibles. En cualquier caso, como experiencia culinaria solo puedo calificarla como altamente satisfactoria, no en vano siempre he creído que la gastronomía representa una de las mejores maneras de entender la cultura de un país.

El autobús expreso que nos lleva a Sokcho, además de barato, es amplio y muy cómodo. Los asientos son anchos, solo hay tres en cada fila, y la distancia con los de delante te permite inclinar el tuyo hasta convertirlo casi en una cama sin molestar a nadie. A partir de ahora y siempre que nos sea posible, esta forma de trasporte será la que elijamos para trasladarnos de un lugar a otro: cómoda y barata, para qué pedir más.

El hotel donde nos alojamos está justo al lado de la Sokcho Express Bus Terminal, la estación de autobuses en la que nos bajamos. Ningún problema, por tanto, para llevar las maletas hasta la habitación. He leído en Internet que la frecuencia de autobuses que conectan esta ciudad con Andong, nuestro próximo destino, se reduce a dos al día, y que además parten de la otra terminal, la Sokcho Intercity Bus Terminal. Aun así, por si las moscas, pregunto en la oficina de información si han puesto recientemente algún autobús a Andong que salga desde la terminal donde nos encontramos. Para mi sorpresa, la persona que atiende la oficina no solo me dice que no, si no que existe ningún trayecto directo entre Sokcho y Andong y que debo hacer transbordo en una localidad intermedia. Como ese imprevisto puede trastocar considerablemente nuestros planes, nos dirigimos a toda prisa a la Sokcho Intercity Bus Terminal con intención de confirmar si la información que nos acaban de proporcionar está o no equivocada. Por fortuna, la que yo dispongo es la correcta, de modo que, ya que estamos allí, compramos los billetes para Andong para dentro de dos días, y dado que nos encontramos muy cerca del centro de la ciudad, nos dedicamos a dar un breve paseo por los alrededores y de paso vamos mirando algún lugar donde cenar. Y así, por casualidad, nos damos de bruces con un mercado callejero que, en nuestra línea, nos parece la mejor opción.

Como creo haber dicho varias veces, me fascinan los mercados asiáticos, sobre todo si, como es el caso, se trata además de un mercado de alimentación. Su nombre lo dice todo: Taepo Fish Market. Los puestos —especialmente de pescado— se van sucediendo a lo largo de corredores y pasillos, en una especie de abrumadora orgía visual de productos marinos. Soy incapaz de reconocer la mayor parte de lo que se ofrece, aunque lo que más me sorprende es el tamaño de algunos moluscos: mejillones más grandes que la palma de mi mano, langostinos extra size, cangrejos como centollos, etcétera. En la planta baja el espectáculo es todavía más sorprendente: en el centro de una gran sala hay dispuestas una serie de mesas donde puedes sentarte a degustar el pescado que acabas de comprar en el puesto de al lado. Hemos comido varias cosas en nuestro paseo previo por la planta superior y el hambre está ya suficientemente satisfecha, y además preferimos seguir observando cómo funciona el asunto, y ya dejar para mañana o pasado mañana, cuando vengamos con más tiempo, el festín que promete este lugar.

 

Lunes 13 de octubre de 2014 - SOKCHO

Amanece nublado. Un cielo plomizo cubre amenazante todo el horizonte hasta donde alcanza nuestra vista (y eso que estamos alojados en un séptimo piso), hoy precisamente, que es el día en que teníamos prevista la esperada excursión al Parque Nacional Seoraksan. Aunque dudamos un poco, finalmente decidimos tomar el autobús que conduce hasta la entrada del parque, en espera de que por aquellos azares del destino acabe por escampar y podamos realizar la excursión. Sin embargo, a mitad de camino la incipiente lluvia inicial va arreciando progresivamente hasta convertirse en un auténtico chaparrón. Imposible siquiera iniciar el recorrido. De todos modos, esperamos alrededor de una hora por si al día le da de pronto por mejorar, pero ante la evidencia de que esto tiene para horas, decidimos regresar a Sokcho. Mañana no tenemos que tomar el autobús a Andong hasta las 15:35, por lo que si madrugamos lo suficiente aún dispondremos de unas cuantas horas para la excursión.

Ya de vuelta en Sokcho, optamos por dirigimos de nuevo al Taepo Fish Market y, tal como habíamos decido ayer, comer allí. Tras un breve paseo por los puestos con intención de examinar el género (trabajo más curioso que eficaz, ya que somos incapaces de identificar la mayor parte de los pescados que se ofrecen), elegimos un pez de tamaño medio que por 25.000 wons (unos 19 €) nos prepararán allí mismo en forma de guiso. Como ya he dicho, ignoro el nombre del pez, pero sí que puedo confirmar es que el plato era todo lo sabroso que podíamos esperar y más que suficiente para dos comensales.

El resto del día transcurre de la manera más intrascendente. El centro de Sokcho es pequeño y la ciudad, como la mayor parte de las localidades coreanas, presenta pocos atractivos. El día, por otra parte, no ha mejorado demasiado, aunque la lluvia ha decaído algo y apenas chispea. En espera de poder completar mañana la esperada excursión a las montañas Seoraksan, nos damos unas horas de descanso en el hotel y salimos después a cenar en los alrededores. En esta ocasión nos decantamos por uno de los platos que más nos ha llamado la atención estos dos días: ojingeo sundae, es decir, calamar relleno de verduras, carne y arroz dulce, entre otros ingredientes. Muy bueno, por cierto.

 

Martes 14 de octubre de 2013 - SEORAKSAN / SOKCHO

Para nuestra fortuna, un sol intenso luce ya desde primera hora de la mañana. Parece que hoy sí podremos realizar nuestra ansiada excursión al Parque Nacional Seoraksan. Nos hemos despertado a las 6:30 de la mañana para que nos dé tiempo a completar alguno de los recorridos. Otra ventaja de iniciar tan temprano la jornada es que durante el trayecto de ida podremos disfrutar del entorno con total intensidad, sin la incomodidad que representan las multitudes ruidosas y poco respetuosas. Ya vamos siendo conscientes de que los coreanos no se caracterizan precisamente por su tendencia a madrugar si no es imprescindible.

Hay varios recorridos perfectamente señalados desde el inicio. Nosotros hemos leído en algunos foros sobre varios de ellos y por eso nos decantamos por el que conduce a la roca Ulsan Bawi y cuya ascensión, según se anuncia en los preceptivos carteles, viene a costar una hora o así. Todavía es pronto, por lo que disponemos de tiempo suficiente (nuestro autobús parte para Andong a las 15:35 horas).

A la entrada del parque, tras sobrepasar la figura de un enorme buda de piedra que más parece querer intimidar al visitante que ofrecerle protección, se halla el templo Sinheungsa, perfectamente integrado en el entorno y prácticamente vacío en ese momento. Aunque hemos estado ya en otros templos budistas, la poderosa pero aún suave luz de la mañana y los afilados picos que lo rodean consiguen que el momento goce de un encanto especial. Pero disponemos de poco tiempo, así que tras unos minutos disfrutando de la atmósfera que nos rodea hemos de continuar nuestro camino, que avanza, serpenteando por la orilla de un arrollo entre bosques ya teñidos por los colores del otoño, en dirección a la ermita Gyejoam, nuestro primer destino del recorrido. Una vez allí, y dependiendo del tiempo que nos quede por delante, será momento de decidir si continuamos hasta el final o regresamos al punto de partida.

Es difícil describir la belleza del lugar, el estrecho y sinuoso camino que va adentrándose en la intimidad del bosque, los tonos de las hojas cada vez más vivos, el sonido del agua salpicando las piedras que encuentra a su paso. Llegar hasta Gyejoam es relativamente sencillo, no requiere de un esfuerzo excesivo. El templo se encuentra encajonado entre varias rocas de gran tamaño que le confieren un atractivo especial: la fragilidad de la construcción humana a merced de la espectacularidad de las fuerzas de la naturaleza. O algo así, si nos ponemos poéticos.

A partir de aquí, el camino se endurece mucho. Rosana, mi compañera, abandona la excursión ante el temor de no poder completarla en su totalidad, así que decido proseguir solo. El paisaje boscoso y fresco que nos ha acompañado hasta ahora deja paso a la roca desnuda, a la belleza de las formas azarosas que crea la erosión. La espectacularidad del entorno va en consonancia con la dureza del esfuerzo. La verticalidad es considerable. Para ir subiendo por la ladera de la roca (lisa y agreste) se ha construido una pasarela empinada cuyo suelo está recubierto con trozos de neumático, con el fin de evitar resbalones. Tengo que hacer varios altos para tomar aire. La mayor parte de los coreanos que suben conmigo a la cúspide de la roca van pertrechados con un impoluto uniforme de montañeros, como si fueran a escalar al mismísimo Everest. Al final, dos horas después de comenzar el recorrido, llego a la cumbre, cansado pero satisfecho. Lamentablemente, no tengo mucho tiempo para disfrutar de las vistas que se extienden ante mis ojos: si me doy prisa, todavía tendremos ocasión de completar otro de los recorridos del parque, en esta ocasión uno sencillito, el que lleva a las cataratas Daeseung.

Quitando el último tramo (los últimos diez minutos), la excursión a Daeseung es perfectamente asumible incluso para mí, bastante castigado por el esfuerzo de hace un rato. Debido a la hora (nos acercamos al mediodía), hay mucha más gente de la que nos hemos encontrado en la roca Ulsan Bawi. De hecho, ya durante la bajada de la anterior excusión me ha sorprendido la enorme cantidad de individuos que en ese momento se prestaban a iniciar el recorrido, gente de toda clase, edad y condición (pero nacionales casi todos), aunque la mayoría, eso sí, con el uniforme montañero de rigor.

Al final, tras cinco intensas horas de subir y bajar por senderos estrechos y escarpados, exhausto pero satisfecho, puedo decir que el recorrido ha merecido la pena. El día que nos ha acompañado ha sido benévolo, y la belleza de los enclaves ha compensado de sobras el esfuerzo. En vista de todo ello, y sin conocer el resto de parques nacionales de Corea, puedo decir que dedicar un día a este lugar ha merecido la pena. Uno nunca se llega a cansar de contemplar tanta belleza.

Todavía nos queda tiempo para comer tranquilamente cerca del hotel, una especie de torta de patata realmente rica y el plato más popular de Corea, el Bimbibap, cuya traducción sería algo así como “arroz mezclado” y que consiste precisamente en eso, en arroz mezclado con carne, verduras y otros productos.

El viaje en autobús a Andong acaba resultándome bastante pesado: cuatro horas y media para recorrer unos 220 Km. Seguimos viajando en amplios asientos reclinables, pero a pesar del esfuerzo realizado por la mañana (o quizá por ello) me resulta imposible echar siquiera una cabezada. La llegada está prevista a las 20:00 de la tarde. Tenemos reservado hotel junto a la estación de tren, pero no tengo la menor idea acerca de dónde se encuentra la terminal de autobuses. Cuando llegamos, nos encontramos con la poco agradable sorpresa de que estamos algo así como en tierra de nadie, muy lejos del casco urbano. Es tarde y estamos cansados, de modo que decidimos tomar un taxi para ir directamente al hotel.

Llevamos escritos en pequeñas tarjetitas los nombres en coreano de los lugares que tenemos intención de visitar y de los hoteles donde hemos reservado habitación, por lo que una vez acomodados en los asientos traseros del vehículo le entregamos la tarjeta correspondiente al conductor. Aparentemente, todo bien. Pero resulta que nuestro hotel se llama Galleria y por lo visto no es bien conocido por los taxistas de Andong; nuestro chófer lo confunde con otro que se llama Gallery y que pertenece a una categoría superior. Y allí que nos lleva. Nosotros, demasiado cansados para darnos cuenta de la diferencia (y, para ser sincero, el cambio es tan sutil que no le damos importancia), nos dirigimos a recepción y hacemos entrega de nuestro justificante de reserva. El empleado, con amabilidad pero con no demasiada complacencia, nos indica que ese no es nuestro hotel y nos invita a largarnos con viento fresco. De nuevo en la calle, con algo de hambre y absolutamente descolocados, buscamos otro taxi para que de una vez por todas nos lleve a nuestro destino. Pero el conductor del vehículo que paramos parece desconocer no solo la existencia del hotel, sino incluso de la misma calle donde se este se encuentra. De hecho, aun introduciendo los datos en el fastuoso GPS que luce en la guantera, le resulta imposible ubicarlo en el plano. De pronto, tenemos la sensación de que hemos reservado un hotel que no existe. Nadie sabe nada de él ni de la calle donde supuestamente se encuentra. ¿Habremos sido víctimas de alguna clase de estafa?

Por fortuna, un grupo de jóvenes, no sé si con intención de ayudar o tan solo movidos por la curiosidad, se acerca hasta nosotros, que todavía aguardamos fuera del taxi con las maletas en el suelo. Les contamos nuestro problema (en realidad, el problema del taxista, que lleva ya ni sé los minutos trasteando en su navegador sin ser capaz de localizar nuestro destino) y uno de ellos, tras consultar con rapidez en su smartphone, encuentra en cuestión de segundos la dichosa dirección. Por fin respiramos aliviados. Según el conductor, el problema residía en que nuestro hotel no es exactamente un hotel, sino un motel, una clase de alojamiento de categoría inferior y "manifiestamente" distinto, por lo que el problema no es achacable a su impericia sino a nuestra falta de precisión lingüística. Y eso que le habíamos proporcionado la tarjeta escrita en coreano.

Son ya las nueve de la noche y mañana tenemos intención de madrugar para comenzar la visita a la aldea Hahoe antes de que llegue el grueso de los turistas. Por suerte, cerca del hotel se halla el mercado de Andong (o uno de los mercados de la ciudad, ya que ignoro si hay más), el mejor lugar para cenar rápido y barato que podemos encontrar. Nos decantamos por unas cuantas frituras de las que se ofrecen en los puestos que se apostan a la entrada del mercado y que resultan sabrosas hasta para un paladar occidental. Con la tripa llena, el incidente del taxi tampoco parece ya de excesiva trascendencia. Al fin y al cabo, hemos logrado llegar a nuestro hotel, que era el objetivo fijado para esta tarde.

 

Miércoles 15 de octubre de 2014 - ALDEA HAHOE / ANDONG

Al igual que ayer, madrugamos con intención de tomar uno de los primeros autobuses que llevan a la aldea Hahoe, una pequeña población rural situada a escasos kilómetros de Andong y que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 2010. En el autobús, junto a nosotros, van unos cuantos turistas más, pero entre todos no llegamos a la docena. No está mal. El autobús nos deja a la entrada, junto a la oficina de información, que todavía está cerrada. Es demasiado pronto incluso para los horarios de trabajo. Hay una ligera neblina que le confiere al lugar un cierto encanto lúgubre pero prodigioso, casi mágico. No nos apetece perder mucho el tiempo esperando, así que sin más preámbulos nos encaminamos hacia las primeras casas, que se adivinan un poco más allá. La primera visión es impresionante: había visto fotografías del lugar, pero lo que empiezo a vislumbrar me confirma que las fotos en absoluto le hacen justicia: es mucho más hermoso de lo que imaginaba.

Además, Hahoe es un pueblo vivo, es decir, cada una de sus casas está habitada por familias que residen allí y que tienen en este lugar su fuente de trabajo, y por ello el turista no se siente dentro de un museo o de un escenario expresamente construido para él. La aldea no tiene nada de artificioso. El motivo de que se conserve en tan excelentes condiciones reside en que, gracias a su ubicación (está rodeada de montañas y cercada por el río Nakdonggang), nunca sufrió invasiones extranjeras.

Durante la primera hora caminamos en una casi absoluta soledad (los otros turistas que han venido con nosotros deambulan también por el pueblo, pero apenas nos cruzamos con ellos). El placer de la visita, por tanto, es único, insuperable. Las casas, algunas con una antigüedad superior a los 400 años, están construidas en armazón de madera con base de piedra, ladrillo en algunos de sus muros y adobe como componente principal. Sin duda alguna, es encanto la palabra que mejor describe las características de Hahoe. La sensación de sentirte inmerso en otro mundo, en una época pretérita, es extraordinaria. Al ser todas ellas viviendas privadas, no es posible visitar el interior de ninguna, pero ese pequeño contratiempo se compensa con el placer que proporciona caminar por sus calles, sorber la atmósfera exquisita que desprenden los edificios, los tejados, los sonidos naturales que se filtran sin obstáculo hasta nuestros oídos… Soy consciente de que estoy disfrutando de uno de los instantes más intensos de todo el viaje, y lo aprovecho a conciencia.

A media mañana, los autobuses empiezan a traer una cantidad nada despreciable masa de estudiantes que en apenas unos minutos se extienden por todo el pueblo. El encanto del lugar, en consecuencia, disminuye notablemente. Ha salido el sol y hace un día espléndido, así que nos entretenemos dando una vuelta por los alrededores. Finalmente, con el consuelo de haber apurado al máximo todas las sensaciones posibles, a mediodía tomamos el autobús de regreso a Andong llevándonos en el recuerdo —y en las fotografías, que para eso las hago— ese aroma a pureza, a autenticidad, que Hahoe ha dejado en nosotros.

En alguna guía hemos leído que uno de los platos típicos de Andong es un guiso de pollo al vapor denominado Andong jjimdak, y para no perder la costumbre nos decidimos a probarlo. Nada más entrar en el mercado, vemos un puesto donde lo ofrecen, y sin más preámbulos nos lo pedimos. Se trata de uno de esos restaurantes de mesas bajas en los que tienes que sentarte en el suelo, y aunque en Sokcho ya tuvimos que comer así, en esta ocasión me resulta bastante más incómodo. Por mucho que varío las posiciones, no logro encontrar una en la que me sienta a gusto. En cualquier caso, dejando de lado estos pequeños inconvenientes, damos cuenta de la enorme fuente —excesiva incluso para más de dos personas— donde junto al pollo perfectamente deshuesado distinguimos algunos otros ingredientes, tales como fideos, cebolla, zanahoria y patata, todo lo cual convierte el plato en un sabroso bocado muy recomendable.

El día en Andong no da para mucho más. La ciudad es incluso más fea que Sokcho, así que nos limitamos a caminar por varias de sus calles, tomamos un helado a modo de cena que resulta cualquier cosa menos cremoso y sin más anécdotas que referir damos el día por terminado.

 

Jueves 16 de octubre de 2014 - GYEONGJU

Nos dirigimos a la estación de Andong con intención de tomar el primer autobús que salga para Gyeongju, nuestro siguiente destino. Pero una vez allí nos encontramos con que la frecuencia de los viajes entre ambas localidades es muy escasa, por lo que tenemos que esperar casi dos horas hasta la salida del próximo autocar. En algún sitio había leído que las conexiones entre Andong y Gyeongju eran bastante frecuentes, aunque por desgracia no logro recordar dónde. Por suerte, en Corea abundan las redes wifi gratuitas, y la terminal de Andong no iba a ser menos, así que aprovechamos el impasse para mirar el correo, visitar algunas webs de noticias y mandar diversos whasapps a nuestros amigos de España.

El trayecto es breve, apenas dos horas que se pasan enseguida gracias en parte a la comodidad del autobús. Una vez en la estación, para no perder un tiempo que tal vez luego necesitemos, tomamos un taxi que en apenas unos minutos nos lleva al hanok que tenemos reservado (luego nos daremos cuenta de que andando apenas hay un cuarto de hora; Gyeongju es una población realmente pequeña). Para los tres días de estancia en esta ciudad hemos reservado un alojamiento tradicional, un hanok, que —sin ser exactamente lo mismo— guarda muchas semejanzas con los tradicionales ryokan japoneses. La principal diferencia (al menos a los ojos de un occidental) es que, en lugar de un cómodo futón donde reposar el cuerpo, disponen de delgadas esteras que apenas abultan medio dedo y que resultan poco confortables, y el suelo, sin ser duro del todo, no es tan blando como el tatami. También el tamaño de la habitación es algo más reducido, aunque por el contrario los dormitorios del hanok donde nos alojamos disponen de baño privado. Valga una cosa por la otra.

Antes de iniciar el recorrido propiamente dicho, tomamos uno de los platos que nos faltaba por probar, la sopa fría de fideos (naengguk). Poco a poco vamos familiarizándonos con algunas características peculiares del país, como el que algunos restaurantes solo ofrezcan un tipo de plato, en algún caso con dos únicas variantes: picante/no picante. Por casualidad, entramos en uno donde solo sirven sopa fría de fideos, así que aprovechamos la oportunidad para probarla. Como casi toda la comida coreana, la sopa me resulta sabrosa. A pesar de que hemos pedido la no picante, hay que beberla con algo de cuidado, para que la pimienta acabe posándose en la parte inferior del cuenco. Como resumen de la experiencia culinaria, puedo decir que, sin resultar tampoco espectacular, es un plato que supera ampliamente el aprobado.

Gyeongju esconde un buen número de tesoros históricos entre sus calles. Los más llamativos, con los que te encuentras nada más llegar, son sin duda los túmulos funerarios. Los hay por todos los sitios, llegando a formar en algunos lugares parques enteros, de manera que es posible pasear tranquilamente alrededor de los montículos, aunque trepar hasta arriba, como es lógico, está totalmente prohibido. Solo hay uno cuyo interior se pueda visitar, la tumba Cheonmachong, ubicada en el único parque de túmulos cerrado y donde sí se exige pagar entrada.

Otro de los sitios más populares de la ciudad es el estanque Anapji, donde aún quedan en pie tres pabellones de lo que en otra época debió de ser el fastuoso Palacio Real de Silla, y que yo recomendaría visitar al anochecer, cuando una estudiada iluminación hace resaltar la silueta de los edificios sobre el agua. También es especialmente recomendable un paseo al atardecer por los alrededores de la ciudad, partiendo del observatorio Cheomseongdae y siguiendo los senderos que atraviesan del bosque Gyerim y conectan diversos puntos situados en las afueras de la ciudad.

Exceptuando Seúl, por aquello de su tamaño y su importancia internacional, Gyeongju es la ciudad más atractiva de las que hemos visto hasta ahora. Posee amplias zonas verdes y su tamaño, además, permite que se pueda ir andando de un punto a otro. El tráfico es escaso y, a diferencia de otras ciudades, se pueden ver bastantes bicicletas circulando con total tranquilidad por sus calles.

El área donde se encuentra el hotel en el que estamos alojados no acoge demasiados restaurantes, por lo que decidimos entrar en uno cualquiera con el que nos cruzamos casualmente para no dar más vueltas de las imprescindibles. A primera vista lo confundimos con un restaurante de los denominados Korean Grill, aunque lo que sirven en realidad es unas enormes bandejas de pato y cerdo, a elección del cliente, junto con una enorme variedad de pequeños platos cuyo contenido nos es difícil identificar. En uno de ellos, hay apiladas unas cuantas hojas de lechuga. El procedimiento es sencillo: se trata de ir depositando en estas hojas varios de los ingredientes y de las salsas que nos han servido junto con la correspondiente porción de pato y después hacer con todo ello un pequeño paquete e introducirlo de un solo bocado en la boca. Hay que elegir bien las salsas y los productos que pones en cada hoja, ya que no todos los sabores son igualmente agradables, pero en cualquier caso es una manera divertida de comer y, si se elige bien, realmente sabrosa. Comprobaremos más adelante que se trata de un sistema bastante habitual en Corea y de hecho nos lo encontraremos en varios restaurantes más.

 

Viernes 17 de octubre de 2014 - GYEONGJU

Una de las cosas a tener en cuenta a la hora de moverse por un país es, obviamente, la calidad del transporte público. Los taxis son un recurso muy a mano y cómodo, pero caro, y el esfuerzo económico que hay que realizar para llegar hasta esta parte del planeta exige en compensación algo de moderación en el resto de los gastos. En Corea del Sur los autobuses no solo son baratos y cómodos, sino que te llevan a zonas rurales bastante alejadas del área urbana por el precio de un billete sencillo. Además, si se adquiere la tarjeta T-Money —una tarjeta prepago que se puede usar en casi todos los servicios urbanos del país (en nuestro caso, la única excepción fue Sokcho; en el resto fue totalmente válida)—, el trámite de sacar el billete está solucionado de antemano.

Nos dirigimos al Templo Bulguksa, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995, en una de las dos líneas urbanas que llevan hasta allí. Es un recorrido largo, de casi una hora de duración si no recuerdo mal, pero a cambio te ofrece la oportunidad de compartir espacio con la población local mientras contemplas los paisajes y las poblaciones rurales que atraviesa. Sin duda, una manera fácil y barata de moverse, y mucho más entretenida que los asépticos taxis.

Bulguksa es probablemente el templo más admirado y visitado de Corea. Si la información de que dispongo no está equivocada, su origen se remonta al siglo VI, aunque durante todos estos años ha sufrido sucesivas remodelaciones. Sus dimensiones en cualquier caso son enormes y, como todo templo budista, está dividido en varios pabellones, en este caso situados a diferente altura —lo cual incrementa su atractivo—, aunque lo que más llama la atención nada más entrar es la delicada factura del primero de ellos, un hermoso edificio al que se accede por unas imponentes escaleras y cuyas formas recuerdan siquiera vagamente a las filigranas decorativas de ciertos templos hindúes.

El problema, como ya nos ha sucedido en alguna otra ocasión, es la coincidencia de nuestra visita con la de unos cuantos cientos de escolares (no exagero lo más mínimo, en la puerta habría aparcados algo así como una docena o más de autocares), lo que supuso que el griterío considerable de la muchachada acabara por quebrar la atmósfera calma y sosegada que debe predominar en un templo. No queda más remedio que hacer de tripas corazón y tratar en la medida de lo posible de disfrutar al máximo del lugar, tratando de abstraernos del ruido todo lo que podemos.

Junto al templo de Bulguksa se encuentra también la gruta Seokguram, declarada igualmente Patrimonio de la Humanidad en la misma tacada que el templo. Hay dos formas de llegar hasta ella: por un empinado camino de 2,4 km. que pone a prueba la resistencia de los más osados, o en un cómodo autobús de línea que te deja en una explanada a poca distancia. Nosotros, por aquello de sufrir un poco más, o porque en realidad nos parece la opción más atractiva (el lugar es hermoso, los paisajes coreanos son realmente bellos, nos gusta sentirnos parte del espacio natural, y por si fuera poco nos encanta pasear), nos inclinamos por el primero de ellos, es decir, por hacer el camino andando cuesta arriba y disfrutar sin intermediarios de la belleza que nos rodea.

No quiero dar la sensación de que niego el valor histórico y artístico de la gruta, en absoluto, pero aunque suene a excusa tengo que decir que, quizá algo cansado por el esfuerzo, pero sobre todo a causa de las obras de restauración que la rodeaban y que obligaban a contemplarla a través de un enorme muro de cristal, el lugar como tal me resultó un tanto decepcionante. Es cierto que la imagen de Buda y la decoración interna se conservan en muy buen estado, y que probablemente el valor religioso-sentimental sea extraordinario (se trata de una cueva horadada en el siglo XVII), pero también tengo que confesar que el arte budista, en general, no me interesa demasiado. Aparte de eso, la imposibilidad de hacer fotografías (que me salté porque me parece una prohibición absurda) y la poca educación del vigilante contribuyeron bastante a esa sensación no del todo positiva.

De vuelta a Gyeongju, y tras a comer una vez más en el mercado (encuentro pocas cosas más divertidas que merodear por los puestos, ver los distintos productos que ofrecen y probar de todo aquello que más me apetece), optamos por dirigimos al templo Bunhwangsa dando un largo paseo por las calles de la ciudad.

Aunque Gyeongju es una población pequeña repleta de espacios de enorme valor histórico y de extensas zonas verdes, el conjunto de su núcleo urbano no escapa a la aridez formal de las ciudades coreanas. Por lo general no son espacios agradables para el paseo. Más allá de las calles que rodean la avenida principal —la zona comercial de la ciudad—, la mayor parte de los edificios son construcciones puramente funcionales, relativamente modernos y faltos de casi todo atractivo; muchas de sus calles carecen de aceras; la gente se desplaza de un sitio a otro, no pasea; y tampoco hay demasiados alicientes para el disfrute visual. Estamos ahora mismo en una parte de la ciudad construida con anterioridad al impulso desarrollista de finales del siglo XX. Sin embargo, me gusta caminar por esta zona de Gyeongju, por sus feas callejuelas surcadas de vez en cuando por cuidados vehículos Hyundai, entrar en una tienda de conveniencia y tomarme una cerveza sentado en una sucia silla de plástico e intercambiar escuetas pero efectivas frases de saludo con la población local; me gusta porque me hace sentirme parte, aunque sea artificialmente —no trato de engañarme a mí mismo al respecto—, del entramado social de la ciudad como un viandante más.

El edificio más célebre de Bunhwangsa (un complejo muy pequeño comparado con lo que hemos visto hasta ahora) es su estupa de tres alturas, aunque en origen llegó a alcanzar los once pisos. De vuelta, nos entretenemos paseando por la llamémosle zona verde Gyeongju. Cenamos en un restaurante de los denominados Korean Grill (muy numerosos y presentes en casi cualquier lugar) y ante el frío que poco a poco va adueñándose de la noche (y bastante cansados por las caminatas llevadas a cabo a lo largo del día) decidimos dar la jornada por terminada. Mañana será otro día.

 

Sábado 18 de octubre de 2014 - YANGDONG / GYEONJU

Hay dos poblaciones rurales de Corea que han sido distinguidas como Patrimonio de la Humanidad: una es la aldea Hahoe, que ya visitamos durante nuestra estancia en Andong; la otra es la aldea Yangdong, que precisamente nos disponemos a recorrer hoy.

Yangdong es, por decirlo así, menos coqueta, más desaliñada que Hahoe. Las casas parecen haber sido desperdigadas por las laderas de los montes sin excesivo criterio estético y en ocasiones parecen esconderse tras los árboles de alrededor. No es fácil obtener una visión ordenada del conjunto. Para disfrutar de Yangdong hay que recorrer sus calles y subir hasta las partes más elevadas; hay que patearse a fondo la localidad. Las viviendas se encuentran algo separadas unas de otras, pero la sensación de cotidianidad, de rutina, de naturalidad, es inmensa. Igual que sucede en la aldea Hahoe, casi todas las casas están habitadas; sin embargo, aquí hay tres que pueden visitarse, aunque solo está permitida la entrada hasta el patio interior. No se ven apenas visitantes, aunque también hay que decir que la distribución casi laberíntica de su entramado urbano facilita la dispersión.

Nosotros hemos llegado a primera hora, como solemos hacer siempre, y eso también reduce la presencia de turistas. Mientras paseamos más o menos absortos en lo que vemos y sentimos, nos llama la atención una especie de zumbido persistente que parece provenir del cielo y que enseguida atribuimos a mini satélite que está sobrevolando los tejados. No sabemos de qué se trata, y aunque su sonido es algo molesto, tratamos de que no nos enturbie demasiado la visita. Más tarde descubrimos que se trata de un dron al que se le ha acoplado una cámara de televisión que un equipo de grabación está haciendo funcionar desde un monte próximo. Probablemente, sin darnos cuenta, estamos formando parte de un documental sobre Yangdong como despreocupados figurantes, e igual un día de estos nos descubrimos a nosotros mismos en algún documental de La 2. Una de esas cosas curiosas que a uno le suceden cuando anda de viaje por ahí.

De nuevo en el mercado de Gyeongju, nos interesamos por una especie de potaje espeso que hemos visto en algunos puestos y que, pese a su aspecto como de engrudo, me apetece probar. Hasta donde sabemos, se sirven dos clases de potaje: uno negro, presumiblemente a base de alubias, y otro amarillo, de calabaza (kabocha), bastante más dulzón, ambos de textura gelatinosa. Se pueden comer sin problemas si uno no es demasiado escrupuloso, aunque tampoco quedarán entre mis platos favoritos. Para compensar, y también porque aún tengo algo de hambre, tomo asiento en uno de los puestos tipo buffet-libre que hay en el propio mercado y donde por 5.000 wons (aproximadamente 3,78 euros) se puede comer de todo lo que hay dispuesto sobre el mostrador, y que más o menos coincide con los productos que habitualmente se sirven en los restaurantes como acompañamiento del plato principal. Nada nuevo, por tanto, que nos sorprenda.

Por la tarde nos acercamos a lo que aparece señalado en un cartel como la aldea tradicional Gyeochon, aunque la sensación que tenemos es que algunos de los edificios que la conforman (sobre todo los destinados a comercios y restaurantes) son más bien reconstrucciones. En cualquier caso, la aldea ocupa el espacio de las antiguas viviendas de un viejo clan de guerreros, los Choi, algunas de las cuales permanecen abiertas al público. Un buen lugar, en cualquier caso, para aprovechar las últimas horas del día y disfrutar de un suave atardecer a orillas del río Nakdonggang. Y es que algo de romanticismo entre tanto ir y venir por el país tampoco viene mal.

 

Domingo 19 de octubre de 2014 - BUSAN

Gyeongju, como ya he dicho, es una población pequeña que puede recorrerse perfectamente a pie. Desde el lugar donde nos alojamos a la estación de autobuses no habrá más de quince minutos a pie. De modo que tras desayunar en el acogedor hanok donde hemos pasado estos últimos tres días, cerramos nuestras maletas, revisamos nuestras pertenencias poniendo buen cuidado en no dejarnos nada y salimos a la calle. Ya hay ganas de llegar a nuestro próximo destino, la ciudad de Busan, así que, tras desayunar en su acogedor patio interior, nos ponemos en marcha de inmediato. Hoy además luce un sol magnífico, y la temperatura, aunque fresca, no es óbice para que nos sintamos con ganas de andar unos cuantos minutos.

Pero justo cuando alcanzamos la avenida principal nos vemos obligados a detenernos: en ese mismo momento se está celebrando una concurrida carrera popular y un ingente número de atletas ocupa totalmente las calles. El tráfico está cortado en ambos sentidos y, a primera vista, cruzar al otro lado de la calle se adivina una tarea imposible. La avenida sirve como carril de ida y vuelta, y justo en ese momento está pasando en una dirección el grueso de los participantes y en la otra regresan los que ocupan los puestos de cabeza. Menos mal que no hemos sacado los billetes de autobús por anticipado, pero aun así la idea de quedarnos en Gyeongju más tiempo del que teníamos previsto no nos hace demasiada gracia.

La solución, sin embargo, es más sencilla de lo que en un principio creemos. Un policía situado en uno de los cruces nos invita a pasar al otro lado sorteando como podemos los corredores que vienen en nuestra dirección. Está pasando en esos momentos el grueso de la carrera, y cargados como vamos con maletas y mochilas, nos tememos que alguno de ellos, demasiado cansado o demasiado torpe, choque contra nosotros (no es una operación de alto riesgo, pero algo de peligro para ambas partes sí que existe). Por fortuna, a los pocos segundos nos encontramos en la otra acera sin haber provocado ningún incidente.

Cada quince minutos parte un autobús hacia Busan, así que a los pocos minutos de llegar a la terminal ya estamos ocupando nuestros asientos. Busan es la segunda capital por tamaño de Corea del Sur, y por ello está magníficamente conectada con el resto de localidades de la región. El trayecto, además, es breve.

Todavía no tenemos muy claro la mejor manera de llegar al hotel que hemos reservado por Internet. La primera opción es tomar un taxi, a pesar de que somos conscientes de las distancias tan enormes que separan ambos puntos y de que su coste, por tanto, será elevado. Como en un par de días tenemos que trasladarnos al aeropuerto para tomar el vuelo a Jeju, nos dirigimos antes de nada a la ventanilla de información para que nos indiquen la mejor manera de llegar allí. Tengo que decir antes de nada que la amabilidad de las chicas que nos atienden es sencillamente ejemplar, y su competencia también. De hecho, no solo nos dan todas las indicaciones posibles acerca de las paradas más próximas, el horario más conveniente, el precio del autobús-limusina, y además nos proporcionan un plano de la zona con las señalizaciones pertinentes, sino que de paso nos informan de que la línea de metro que parte de la terminal de autobuses nos deja a muy poca distancia de nuestro hotel. Como resulta un medio de transporte más rápido y más barato que el propio taxi, nos decantamos por tomar el metro.

Como he dicho antes, Busan es una ciudad enorme, con más de tres millones y medio de habitantes. Cuenta con tres líneas de metro que, aunque de recorrido muy extenso, no llegan a todos los rincones de la urbe. Nuestro primer destino es el puente de Gwangandaegyo, de más de siete kilómetros de longitud, una de las obras arquitectónicas más impresionantes del país, que cruza de un lado a otro la playa de Gwangalli. Sin embargo, el metro nos deja a demasiada distancia, así que nos toca recorrer un buen trecho a pie entre calles poco transitadas, tranquilas zonas residenciales y edificios de viviendas de nulo atractivo estético, hasta llegar finalmente a Gwanganhaebyeon-ro, la gran avenida que circunda la playa de Gwangalli.

Apenas se ven unas pocas cabezas sobresaliendo de entre las aguas; la mayor parte de la gente se dedica a pasear por la arena o charla en grupos o juega con sus perros o simplemente mira el mar. Es ya mediodía, así que aprovechamos para comer en un restaurante chino que tenemos justo al lado y a continuación, para no perder demasiado tiempo en traslados y debido sobre todo a que nos encontramos muy lejos, paramos un taxi para que nos lleve al templo Haedong Yonggungsa.

Las distancias, como ya he comentado antes, son mucho mayores de lo que parece al mirar el plano. Así, la carrera hasta el templo nos cuesta 12.400 wons, casi 10 euros, una cifra realmente elevada en comparación con lo que hemos pagado hasta ahora, teniendo en cuenta que, por ejemplo, el billete de Gyeongju a Busan cuesta solo 4.800 wons (3,63 € al cambio en esa fecha). Pero lo más gracioso es que cuando le entregamos 13.000 wons al taxista para que se cobre, el tipo nos da las gracias, nos sonríe con cara de sabérselas todas y se guarda el dinero en el bolsillo como si tal cosa, despidiéndose de nosotros a la vez que simula algo de prisa. Más por lo que el gesto tiene de sinvergonzonería que por la cantidad en sí, le exijo que nos devuelva el cambio correspondiente antes de abandonar el coche: siempre me ha molestado esa actitud de «graciosete espabilado» que se cree más listo que los demás (tan habitual, por otra parte, en mi país de procedencia) y no estoy dispuesto a tolerársela. Tengo que decir, en cualquier caso, que esta será la única vez en todo el viaje que alguien intentará aprovecharse de nosotros, aunque sea de una manera tan inocente y naif.

Haedong Yonggungsa es uno de los templos más espectaculares de Corea, sobre todo por su ubicación: emulando a un elegante resort edificado a orillas del mar, sus pabellones se levantan sobre las rocas dando lugar a una estampa fotogénica realmente bella. Hoy es domingo, lo que significa que la afluencia de visitantes es inmensa. Además, hay muchos niños. Por lo visto, debe de haber algún tipo de práctica religiosa relacionada con ellos, o eso me parece entender. En cualquier caso, y salvando las inevitables incomodidades que causan los hacinamientos, trato de disfrutar todo lo que me resulta posible. Y como siempre, me entretengo en tomar las fotos que considero oportunas.

Solo hay una línea de autobuses que te lleva y te trae de Haedong Yonggungsa, y como es fácil suponer, se llena pronto. Por suerte, nosotros conseguimos entrar de los primeros, aunque en ese instante no sabemos bien en qué parada debemos bajarnos. La idea es quedarnos en las proximidades de Haeundae, la segunda de las dos grandes playas de Busan. Sin embargo, el recorrido del autobús nos lleva por una zona que no somos capaces de identificar, pero ya en el interior de la población, así que decidimos bajamos al azar y allí mismo dado que entre unas cosas y otras nos hemos ido aproximando al anochecer tomamos otro taxi hasta Dalmaji-gil Road, del que hemos leído en varias guías sus encantos como sendero para pasear a última hora de la tarde.

Más allá de las vistas que se disfruta desde aquí (tenemos frente a nosotros las playas de Haedong y Gwangalli, el puente de Gwangandaegyo y los espigados edificios de Millak-Dong), el lugar me resulta algo decepcionante. Tal vez había puesto demasiadas ilusiones en él, y ya se sabe que solo decepciona aquello que antes ha generado ilusión, aunque lo que más llama mi atención es la cantidad de estudios de fotografía, restaurantes y centros de estilismo que abundan por aquí. De alguna manera, parece como la zona pija de Busan.

Nuestro hotel se encuentra situado en una animada área juvenil con multitud de restaurantes. En nuestro interés por no repetir una noche más en uno de los clásicos Korean-grill, esta vez nos decantamos por un restaurante de Ramen, que, aunque se trata de un plato típicamente japonés, también se consume habitualmente en Corea. El problema es que el Ramen de por estos lares es sensiblemente más picante que el que sirven en Japón. Tampoco eso debería extrañarnos más de la cuenta: a estas alturas de viaje ya podemos afirmar que el exceso de picante es la característica menos apreciable de la gastronomía coreana que hemos probado hasta ahora.

 

Lunes 20 de octubre de 2014 – BUSAN

Segundo y último día en Busan. Hoy toca visita al mercado de pescados de Jagalchi. Aunque soy consciente de que no se trata de la famosa lonja de Tokio, Tsukiji, tengo la esperanza de que no por ello carecerá de atractivos.

Hoy ha salido un día bastante desagradable; llueve intermitentemente y tiene pintas de que no escampará en todo el día. El metro nos deja a poca distancia de la lonja (de hecho, nos bajamos en una parada que lleva su nombre: Jagalchi). Nada más salir de la boca de metro vemos un edificio cubierto, grande y llamativo, y hacia allá nos dirigimos; decepcionados, comprobamos que se trata del hangar donde estacionan los camiones que van a recoger el pescado. Sin embargo, a lo largo de las calles adyacentes empiezan a surgir los primeros puestos callejeros y una enorme variedad de pequeños restaurantes que ofrecen sobre todo pescado y en los cuales hay que comer en el suelo, y, un poco más allá, el ajetreo propio de los puertos. Sin haber sido capaces de dar todavía con la lonja propiamente dicha, nos entretenemos caminando y disfrutando del atractivo ambiente que nos rodea a la vez que tratamos de buscar cobijo hartos de las molestas gotas que caen con persistencia sobre nosotros.

Aprovechando un momento en que la lluvia parece remitir ligeramente, nos adentramos en el puerto propiamente dicho. Al principio lo hacemos con mucho reparo, temerosos de haber invadido un espacio donde probablemente no vamos a ser bienvenidos, pero a los pocos minutos, tras comprobar que no llamamos la atención de nadie, empezamos a actuar con más soltura e incluso me animo a tomar unas cuantas fotografías. Solo una de las personas a las que enfoco me hace ver su negativa a ser fotografiado; los demás, por lo visto, ni siquiera reparan en nosotros; están a lo suyo.

La posibilidad de adentrarme en la rutina diaria de la gente me resulta muy reconfortante. Es un tipo de fotografía que me gustaría practicar más a menudo, aunque me frena el miedo a resultar molesto o no ser bien recibido; de alguna manera, supone una intromisión en su intimidad, y soy consciente de ello. Por eso trato de sacar todo el partido que puedo a este momento. Además, la tregua que la lluvia nos ha concedido por unos minutos bien merece este pequeño extra por mi parte.

El edificio de la lonja es moderno y está perfectamente acondicionado para la venta de alimentos, pero a mi juicio resulta menos interesante que los puestos de pescado que hemos visto en la calle. Demasiada asepsia para mi gusto. Lo que más llama mi atención es la gran cantidad de marisco que se ofrece, el tamaño de algunos moluscos y sobre todo los puestos de comida que hay en la segunda planta y que prometemos visitar más tarde, cuando llegue la hora de la comida.

Cerca de Jagalchi se halla otro enorme mercado, el de Gukjae, cuyo pasillo central está cubierto y donde encontramos adecuado refugio ante la lluvia que ha vuelto a caer con fuerza; sin embargo, la mayoría de los productos que se ofrecen aquí apenas despiertan mi interés (es un mercado donde se vende de todo, desde menaje, electricidad, ropa o marroquinería, por ejemplo). En algunos momentos, tengo la sensación de estar en un todo a cien gigantesco.

De vuelta a Jagalchi, nos dirigimos a un restaurante donde antes nos habían ofrecido sashimi, junto con una sopa y los típicos entrantes que ponen en todos los sitios. Nos parece una buena ocasión para probar el pescado crudo que preparan por esta parte del planeta, aunque lo cierto es que desconozco el tipo de pescado de que se trata, un pescado blanco en cualquier caso y no demasiado graso, y por eso mismo poco sabroso (más tarde, por fotografías, pienso que bien pudiera tratarse de fletán, o del tipo de fletán que se consume por estos lares). En cualquier caso, la experiencia es satisfactoria, aunque la calidad de los acompañamientos deja algo que desear.

Más tarde nos acercamos a la zona denominada PIFF (acrónimo de Pusan Internacional Film Festival, que es como se denominaba en inglés el Festival Internacional de Cine de Busán, uno de los más prestigiosos de Asia). Es una zona comercial activa, con muchas tiendas y mucha gente. Predominan los puestos de electrónica, algo bastante normal ya que, aunque Corea no alcanza el nivel de Japón en este terreno, el uso de dispositivos electrónicos por parte de la población —sea cual sea su edad o condición— es impresionante.

Como curiosidad, vemos que frente a las salas de cine hay unos puestos donde se vende calamar frito, que es servido en unos cucuruchos de papel con los que el público entra en el cine cuando viene a ver las películas, a semejanza de nuestras palomitas. A mí, la verdad sea dicha, el calamar me desagradó un poco, no solo por su dureza, sino también por lo que juzgo su inadecuado sabor dulce.

Hay numerosas cadenas de café en casi todas las áreas comerciales: Angel-in-us, Starbucks, Pastucci, Café Bene, París Baguette, etcétera. Por lo visto, es una moda que se ha instalado en el país de unos años a esta parte. No son nada baratos, por cierto, pero por lo visto a los coreanos les encantan: la calma que se respira en ellos es extraordinaria y por ello ofrecen la posibilidad de mantener una conversación tranquila, a salvo del agobiante ruido del exterior. En Corea del Sur no existen los bares tal como los conocemos en España, por lo que los cafés vendrían a cumplir esa función.

Otro de los lugares emblemáticos en Busan que a mí personalmente más me defraudó es el parque Yongdusan, donde se encuentra la famosa Torre de Busan. Hay que decir que llegamos justo cuando más llovía, lo que en cualquier caso hacía muy difícil disfrutar del entorno. De todos modos, el único aliciente de la torre reside en las vistas que ofrece de la ciudad desde lo más alto. También se encuentra aquí el Pabellón Palgakjeong, que según creo dispone de un acuario en una de sus plantas, aunque eso es algo que tampoco tuve ganas de comprobar.

Una cosa que sí me llamó poderosamente la atención es lo que yo denomino —a falta de un nombre mejor— calle de los libros, es decir, una calle (o un conjunto de callejuelas, para ser más exacto) donde se ubicaban unas junto a otras un gran número de librerías. Me resultó curioso ver las paredes de estos locales cubiertas por cientos, casi miles, de tomos que se apilaban en las estanterías: toda una invitación a la lectura compulsiva. Ignoro si se venderán muchos o pocos libros, pero el aspecto de la calle era inmejorable, e incluso me entraron ganas de entrar en alguna y adquirir un libro, uno cualquiera, aunque estuviese escrito en coreano.

Si ya he comentado en varias ocasiones cómo el picante nos impidió disfrutar de algunos de los platos consumidos a lo largo del viaje, hoy alcanzaremos el culmen de esa desagradable experiencia. Empieza a anochecer y llega la hora de cenar, así que entramos en un restaurante que nos llama la atención. Tras observar las mesas de los diferentes comensales, nos animamos a pedir calamares, una vez confirmado que están cocinados a la plancha —y no crudos—. El aspecto de la comida, todo hay que decirlo, es muy apetitoso. Todo hace presagiar que será una cena deliciosa. El problema, sin embargo, es la ingente cantidad de picante con que están aderezados: imposible siquiera apreciar su sabor. Aunque por lo visto hay que añadirle arroz, el daño estomacal de los primeros bocados ya está hecho, y a lo largo de toda la noche no dejaré de sentir sus consecuencias. La camarera, dicho sea de paso, se mostró extremadamente atenta con nosotros, indicándonos con amabilidad y paciencia la manera de preparar y servirnos la comida. Tengo que decir que como tenía hambre, y un poco también para no desairar a la camarera, hice todo el esfuerzo del mundo por acabarme mi plato; y a fe que lo logré, aun a costa de mis salud.

 

Martes 21 de octubre de 2014 – JEJU

Conscientes de la enorme extensión urbana de Busan, tomamos la lanzadera al aeropuerto con mucho tiempo de antelación: no es cuestión de arriesgarse a perder el vuelo y complicarse el viaje sin necesidad. Sin embargo, el tráfico es mucho menos intenso de lo que suponemos, así que nos presentamos en los mostradores de embarque con bastante tiempo de adelanto. Por suerte, el aeropuerto también dispone de red wifi gratuita, así que podemos esperar entretenidos el tiempo que haga falta.

Tenemos reservado desde hace tiempo un vehículo con la compañía local AJ Rent A Car; durante cuatro días, pues, nos moveremos por la isla de Jeju a nuestras anchas. Antes de nada, hay que hacer una advertencia para todo aquel que desee alquilar un vehículo en Corea del Sur: es imprescindible obtener antes el carnet internacional de conducir. Sin este carnet, lo más probable es que la compañía se niegue a proporcionarte el vehículo. Nosotros ya habíamos sido advertidos por otros viajeros a través foros y páginas de viaje, de modo que habíamos tomado la precaución de solicitarlo previamente en las oficinas de la Dirección General de Tráfico. Pero sabemos de un caso al que le fue denegado el automóvil por carecer del citado carnet internacional.

Una vez en el aeropuerto, no nos resultó fácil llegar a la zona donde se encuentran las compañías de alquiler de vehículos. Todas ellas están situadas en un edificio externo al propio aeropuerto, y para llegar hasta allí hay que aguardar la llegada de un autobús de la compañía propietaria del automóvil reservado, el cual te llevará a la oficina correspondiente. Nosotros por error tomamos uno que pertenecía a otra compañía, por lo que nos dejaron a bastante distancia de la que nos correspondía. Así que no tuvimos más remedio que hacer el resto del camino a pie.

El coche que nos proporcionan es un Renault Samsung SM3 totalmente automático. Solo he conducido una vez en mi vida un coche automático, y ya no recuerdo ni cómo se pone en marcha. Ignoraba, por ejemplo, que hay que pisar a fondo el freno para poder hacer girar la llave de contacto, así que durante un buen tiempo me siento incapaz de sacar el dichoso vehículo del aparcamiento. Finalmente, ante mi absoluta incompetencia, un trabajador de la compañía, cuyo inglés es más que aceptable, me da las indicaciones pertinentes y de ese modo consigo arrancarlo. Asimismo, nos indica cómo usar el navegador GPS, completísimo por otra parte, y nos deja las indicaciones orales en inglés. Se trata de un navegador que funciona introduciendo el número de teléfono del destino al que te diriges; de ese modo, a alguien no habituado a la grafía coreana, como es mi caso, le resulta mucho más fácil su uso (siempre y cuando el lugar al que te dirijas disponga de número de teléfono; en caso contrario, lo mejor es introducir el número de algún lugar próximo y a partir de ahí confiar en que las señales de la carretera sean lo más precisas posible).

Entre unas cosas y otras, llegamos al hotel con la tarde ya algo avanzada. Sabedores de la cantidad de atractivos que alberga la isla, queremos aprovechar el tiempo al máximo, así que, para no perder tiempo, compramos algunas cosas en un comercio 7-eleven que hay próximo al hotel y sin más preámbulos nos dirigimos a nuestro primer destino, que debido a su proximidad es el cráter Sangamburi.

Jeju es una isla de origen volcánico, así que esta plagada de cráteres. Fue declarada en 2007 Patrimonio Natural Mundial, según se indica en la web de la oficina de turismo coreana, “por su rareza y condiciones excelentes, como su volcán parásito y las cuevas de lava, a una escala a nivel mundial, y el hábitat de variedades de especies raras y en peligro de extinción”. Sangamburi es uno de los más cráteres más grandes; según he leído, mide dos kilómetros de diámetro y más de 100 metros de profundidad. Debido al clima de la zona, tremendamente húmedo, está cubierto de vegetación. Nada que ver, por tanto, con los típicos cráteres ariscos y baldíos que todos podemos tener en mente. El precio por entrar al recinto es de los más caros que hemos pagado hasta la fecha (6.000 wons, unos 4,50 €), aunque sinceramente el lugar lo merece.

Es la primera vez que conduzco por Corea, y a los pocos minutos de pisar la carretera saltan las primeras señales de alerta. El tráfico es bastante más anárquico de lo que suele ser en Europa. No hay que olvidar que Corea era hace apenas unos años un país eminentemente rural, y por tanto con un no excesivo hábito en el cumplimiento de normas que no se ajusten a la experiencia del día a día. La velocidad máxima permitida es bajísima, creo que nunca encontramos una carretera donde se pueda circular a más de 80 km por hora, aunque lo habitual es circular entre 50 y 70 km/h. Las señales de stop y las preferencias en cruces y rotondas no parecen tener demasiada importancia, las líneas continuas carecen de valor alguno (se adelanta o se cambia de sentido en cualquier sitio y me atrevería a decir que en cualquier momento) y no es nada raro encontrarse con vehículos estacionados en mitad del carril en una carretera de doble sentido o incluso en una rasante sin apenas visibilidad. Por suerte, fuera de la capital, Jeju City, el tráfico es escaso y las distancias bastante pequeñas, por lo que tampoco hay que permanecer aferrado al volante muchas horas. Para individuos nerviosos como yo, es algo que se agradece.

Terminamos el día cenando en un restaurante que encontramos cerca del hotel. Más allá de los platos que nos sirven, agrada sobre todo la extrema amabilidad de la persona que nos sirve, quien se esfuerza al máximo para que disfrutemos de la comida tal y como debe ser. La amabilidad y la cortesía son características comunes a la inmensa mayoría de los coreanos con los que nos encontraremos a lo largo del viaje —y suponemos, por tanto, que también de la población en general.

 

Miércoles 22 de octubre de 2014 – JEJU

Aunque ayer disfrutamos de un día espléndido, con una temperatura magnífica incluso por la noche, hoy la cosa está algo más chunga, y las nubes se empeñan en descargar una fina pero persistente lluvia ya desde primera hora de la mañana. El hotel en el que estamos alojados, el Four Seasons (sin duda el mejor de todo el viaje, todo hay que decirlo, aunque también el más caro), sirve el desayuno a partir de las 7:00 de la mañana, por lo que a esa hora estamos ya plantados como flechas en el bar-restaurante para dar comienzo cuanto antes al segundo día de visita a la isla.

Nuestro primer destino es el parque de Hallin, un jardín botánico ubicado en la costa oeste de la isla y que aparece referenciado con su número de teléfono en nuestro plano. Hemos madrugado bastante y por ello llegamos justo a la hora en que se abren sus puertas, confiados en que el grueso del turismo no hará presencia hasta una o dos horas más tarde. Sigue lloviendo con cierta insistencia, lo cual desanima bastante, pero justo cuando nos disponemos a abandonar el coche hacen entrada al aparcamiento un nutrido grupo de autobuses, de los cuales segundos después descenderán un montón de adolescentes con las hormonas a flor de piel dispuestos a tomar al asalto el recinto. La lluvia, el frío, el griterío, sumado todo eso a que la época del año en que estamos (otoño) no es la más adecuada para disfrutar de la variedad floral que por lo visto caracteriza el parque, hacen que finalmente tomemos la decisión de desistir de nuestra intención y dar media vuelta. Tal vez sea una decisión precipitada, pero de cualquier manera el tiempo pasa rápido y todavía nos quedan muchas cosas que ver en la isla.

No tenemos muy claro adónde ir a continuación, y en el plano que nos han proporcionado en la compañía de alquiler de automóviles (donde aparece el correspondiente número de teléfono de las atracciones) no figuran todos los lugares que nos gustaría visitar, muchos de ellos porque son espacios naturales y carecen por tanto de línea telefónica.

Casi por casualidad desde la carretera vemos un cartel que indica la proximidad del Parque Geológico de Suwolbong, así que paramos el automóvil y descendemos sin saber realmente qué nos vamos a encontrar. A los pocos metros, para nuestra fortuna, descubrimos un agradable paseo que discurre junto a un acantilado formado a partir de los restos de un viejo volcán, y cuya característica más llamativa son las sugerentes líneas horizontales que la lava ha dejado marcadas en las paredes. En ese momento ya no llueve, y lo mejor de todo es que somos los únicos turistas que deambulan por aquí: podemos disfrutar del espacio en completa soledad. Al lado se encuentra un pequeño puerto pesquero con algunas barquitas amarradas, aunque en ese instante —probablemente a causa del mal tiempo— no presenta actividad alguna.

Seguimos camino hacia el sur y un poco más adelante llegamos a la gruta de la Montaña Sanbangsan, famosa por la figura de Buda que acoge en su interior. Cuando llegamos, hay algunos fieles orando y —lo que más me llama la atención— una mujer que está propinando unos golpes continuos en la espalda de otra, en lo que parece ser un tipo de masaje medio esotérico o así. Tampoco preguntamos; el pudor nos impide meternos en un tema que no nos incumbe y al mismo tiempo estamos convencidos de que no nos vamos a entender. De bajada, nos demoramos un rato visitando el Templo Bomunsa, situado justo a la entrada, junto al aparcamiento de coches.

El plato fuerte del día es sin duda las cataratas Cheonjeyeon, tres saltos de agua de extraordinaria belleza ubicados uno a continuación de otro, y eso que el primero de ellos, a pesar de la lluvia, estaba seco. No son saltos de agua excesivamente elevados, pero si muy bellos y enclavados en un paraje casi paradisiaco. El problema es que justo a nuestra llegada la lluvia vuelve a arreciar con fuerza. Ante esa tesitura nos decantamos por ir a comer primero, con la esperanza de que pasado un rato el tiempo mejore un poco.

La más impresionante de las tres cascadas es sin duda la segunda, rodeada por una vegetación exuberante que me recuerda a los paisajes impresionantes que suelen aparecer en las películas de aventuras. Gracias al mal tiempo, tampoco hay excesivos visitantes, aunque sí bastante ruidosos (es habitual que los coreanos vayan en grupos, lo que incrementa notablemente el ruido y el volumen de las voces y las risas), pero en un momento dado, casi como por arte de magia, desaparecen todos a la vez y Rosana y yo nos quedamos completamente solos al menos durante unos cuantos minutos. Sigue lloviendo, pero da igual: la sensación de extrañamiento es enorme, y podemos de disfrutar del lugar a nuestras anchas, como si no hubiera nadie más en el planeta. Este momento concreto será sin duda uno de los instantes más mágicos del viaje.

Seguimos recorrido por el sureste de la isla mientras vamos haciendo parada en algunos otros lugares, como por ejemplo la roca Oedolgae (muy concurrida por desarrollarse allí parte de una famosa serie de televisión local). Ya con la tarde algo avanzada, llegamos a otra de las grandes cataratas de Jeju, la catarata Gheonjiyeon, también muy frecuentada por la población local y a la cual se llega tras un agradable paseo rodeado de camelias y una variedad local de árboles denominada Sanyuja. Y un poco después, casi de rebote, damos con otro salto que apenas aparece en las guías pero que nos sorprende muy gratamente, Sojeongbang, una cascada pequeña pero muy atractiva que descarga directamente al mar y que ofrece una estampa realmente hermosa. Por primera vez en todo el día, además, luce un suave sol que incrementa su encanto. Un buen final, sin duda, para un día que quedará entre los más placenteros de todo el viaje.

 

Jueves 23 de octubre de 2014 – JEJU

Como ya he dicho antes, Jeju es una isla de origen volcánico, lo cual ha dado lugar a que se hayan formando en el subsuelo de la isla una amplia red de túneles de lava que está considerada entre las más bellas del mundo. El tunel más largo de todos lo constituye la cueva Manjanggul, de más de 13 kilómetros de longitud, aunque solo está abierto al público el primer kilómetro. Nosotros llegamos justo a las 9 de la mañana, su hora de apertura, lo que nos permite hacer el recorrido casi en completa soledad (algo importantísimo debido al eco que se crea dentro). El paisaje de la cueva es sencillamente espectacular, impresionante. Las paredes del túnel ofrecen texturas diversas, formando en algún tramo estrías, ampollas y tramas muy semejantes al coral. La entrada y la salida se encuentra en el mismo sitio, por lo que se tiene la oportunidad de contemplar el túnel en ambos sentidos.

Nuestro segundo punto de visita es el pico Seongsan Ilchulbong, ubicado en la parte más oriental de la isla. El aspecto más impresionante del cráter se obtiene desde el cielo, el único lugar desde donde se puede disfrutar en su integridad de sus 600 metros de diámetro y los afilados picos que lo rodean. Nosotros, como es lógico, solo podemos acceder a él desde tierra. La afluencia de visitantes es enorme, de manera que la cola que se forma para ascender hasta la cima se asemeja más a una procesión religiosa que a una excursión turística. La subida es breve pero dura. En cualquier caso, merece la pena. Justo en la cumbre hay montadas unas gradas en uno de sus laterales para que los visitantes puedan tomar fotografías con tranquilidad y observar el panorama. El problema es que no puedes quedarte allí parado mucho tiempo porque se acabaría formando un cuello de botella. No me parece, en cualquier caso, una mala solución para evitar que el enorme número de gente que lo visita termine por degradar el lugar. Además, como he dicho, desde el interior de cráter buena parte de su encanto disminuye.

De aquí nos dirigimos a Seopjikoji, un promontorio que se adentra unos kilómetros en el mar y que ofrece unos atractivos paisajes marinos —aunque no especialmente espectaculares— y que está surcado por diversos caminos. Hay muchos autocares aparcados a la entrada, aunque en la medida en que vas adentrándote en el interior la presencia de visitantes disminuye considerablemente. Un buen lugar para disfrutar de tranquilidad y calma, sobre todo tras haber soportado la marea humana de Ilchulbong.

Para comer, decidimos regresar al pueblo que hay justo al lado de la catarata de Cheonjilyeon, donde ayer nos pareció descubrir unos cuantos atractivos restaurantes. Ya que estamos en la Isla de Jeju, nos parece una buena opción probar su pescado. No sabemos muy bien lo que escogemos (nos guiamos por las fotografías algo descoloridas que nos ofrece la cocinera, que como viene siendo habitual derrocha amabilidad y simpatía pero no habla una palabra de inglés), aunque uno de los platos que escogemos probablemente se trata de caballa. En cualquier caso, disfrutamos de una magnífica y abundante comida que, una vez más, pone de manifiesto la calidad del pescado que se come en esta parte del planeta.

Todavía nos faltaba por visitar una de las tres grandes cataratas de Jeju: Jeongbang. La peculiaridad de esta cascada reside en que vierte el agua directamente al mar, aunque ayer mismo visitamos otra que compartía la misma característica, Sojeongbang, y aunque bastante más pequeña, en mi opinión incluso poseía —tal vez por eso mismo— más encanto. No sé si debido a la hora, el caso es que no hay demasiada gente, lo que con toda la sinceridad se agradece. Junto a la cascada, unas mujeres están preparando sashimi bajo una pequeña carpa levantada en la orilla. La gente, como siempre, se dedica a tomarse fotografías unos a otros. Nosotros, tras disfrutar un buen rato del ambiente que se ofrece, decidimos regresar al hotel antes de que se nos haga de noche.

 

Viernes 24 de octubre de 2014 – JEJU

Último día en la isla. Algo ingenuamente, antes de iniciar el viaje habíamos pensado dedicar este día a visitar el cráter más importante de Jeju, el que está situado en la cumbre del monte Hallasan. Pero una vez en la isla, comprobamos que el ascenso hasta allí exige un buen número de horas y, sobre todo, un esfuerzo que sobrepasa nuestra capacidad física. Hay varias rutas desde las que acceder a lo más alto, y la más corta supera los 10 kilómetros. En fin, que una vez contrastada la información que traíamos de España y considerados nuestra situación y el tiempo de que disponemos, decidimos que subir al cráter supera con mucho nuestras aptitudes físicas y que además nos llevaría el día completo. A cambio, nos tomaremos un día tranquilo, así que optamos por sustituir la durísima subida al monte Hallasan por algún paseo tranquilo por alguna de las muchas zonas boscosas que rodean el Parque Nacional.

De momento, comenzamos con una visita al bosque Bijarim, un hermosísimo ecosistema boscoso cuyo mayor atractivo son los árboles de nuez moscada, algunos de los cuales cuentan con más de 500 años de antigüedad. El bosque, en cualquier caso, rezuma encanto y sosiego por cada uno de sus vértices, una invitación en toda la regla a pasear sosegadamente por él y a disfrutar de los olores intensos y sus sonidos de espacio inmaculado. Bueno, eso es así durante los primeros minutos de paseo, porque poco a poco van llegando grupos de visitantes que, como ya es costumbre, atraviesan el bosque a toda velocidad mientras vociferan como si estuvieran discutiendo entre ellos o ríen a carcajada limpia. El encanto del lugar, a partir de ese momento, se desvanece casi por completo.

No entraré a criticar un comportamiento que en España es si cabe más estruendoso y desagradable aún, pero sí tengo que decir que, a mi entender, este tipo de actitudes —las conversaciones a voz en grito en lugares públicos, el alboroto insistente y repetido, el ruido continuo— pone de manifiesto una cualidad que personalmente me molesta bastante: la falta de respeto hacia los demás. Es importante ser conscientes de que toda conversación pertenece en exclusiva a las personas que participan en ella; invadir con nuestras voces el entorno vital de otras personas es en mi opinión violentar su derecho a la intimidad, incluso en lugares donde no es preciso mantener un obligado silencio. Pero si además estamos hablando de un espacio natural cuyo valor es precisamente ese, su armonía visual y sonora, su atmósfera genuina, el daño que se causa a los demás es doble. Todo el mundo tiene derecho a divertirse y a conversar y a contarse chistes, faltaría más, pero eso no debería nunca suponer la invasión de espacios privados ajenos, o lo que es lo mismo, de inmiscuirse en la vida del prójimo. Ya sé que es difícil hacer compatibles ambos derechos, y que solo somos conscientes de ello cuando sufrimos el daño y no cuando lo causamos, pero por lo general el derecho que siempre acaba imponiéndose es el de los ruidosos, aunque solo con conversar en un tono normal, calmo, sin estridencias innecesarias, sería suficiente. Nunca ha habido problemas en las comunidades de vecinos por culpa de los inquilinos silenciosos. El conflicto siempre lo generan los que actúan sin mostrar la menor consideración por los demás.

Hecha esta reflexión —admito que un tanto gratuita, pero me lo podía el cuerpo—, del bosque Bijarim nos dirigimos a una de las entradas al parque forestal de Saryeoni. Aunque nos cruzamos con bastante gente en los metros iniciales, poco a poco la tranquilidad se va imponiendo. Es un sendero realmente atractivo, rodeado por una ingente masa boscosa que ofrece los primeros rasgos otoñales, y también bastante plano, lo que agradecemos de todo corazón —ya no estamos para muchos esfuerzos físicos—. El camino, un sendero que cruza de una carretera a otra, conduce también a un cráter (uno de los muchos que hay en la isla). Todavía no tenemos muy claro hasta dónde queremos llegar, aunque la idea de subir hasta allí nos tienta. Justo en la desviación que conduce al cráter, hay un grupo de jóvenes que por lo visto ha hecho una parada para comer y su algarabía nos despista. No vemos el cartel indicador del cráter. Seguimos, por tanto, adelante, pendientes de las indicaciones pertinentes, hasta que somos conscientes de que las señales que indican la proximidad del cráter han desaparecido. Llevamos recorridos cinco kilómetros y medio y todavía debemos regresar al aparcamiento donde hemos estacionado el coche. Así que, convencidos de que ya hemos caminado bastante, optamos por volver sobre nuestros pasos.

Justo en ese momento una pareja a la que estamos rebasando nos pregunta por nuestra nacionalidad. Por lo visto, nos han escuchado hablar en español. Se trata de una pareja de coreanos, cuyos rasgos físicos hacen difícil imaginar otra característica nacional. Sin embargo, resulta que el marido, aunque coreano de nacimiento, ha vivido cerca de veinte años en Argentina y habla un español perfecto, lo que da pie a que iniciemos una agradable conversación durante todo el camino de vuelta. Ahora ambos viven en los Estados Unidos (donde por lo visto se conocieron), y su visita a Corea tiene más de recorrido turístico que de regreso a los orígenes. O eso nos cuentan.

A mediodía dejamos el coche en el hotel y tomamos un autobús con idea de pasar las últimas horas de la tarde en Jeju City. El tráfico hasta la ciudad, a diferencia de lo que sucede en el resto de la isla, es delirante: recorrer unos pocos kilómetros le cuesta al conductor un hora y diez minutos. Después de haber estado circulando tres días por la isla, llego a la conclusión de que hace falta algo más que paciencia para desenvolverse en sus carreteras sin perder los nervios. Quizá haya que ser coreano para sobrellevarlo sin cortarse las venas. Hay cosas que o se nace entre ellas o no se llegan a aceptar nunca.

No hay mucho que decir de la ciudad en sí misma. Como casi todas las poblaciones de Corea, Jeju City es una ciudad fea, sin apenas atractivos arquitectónicos, un gran urbe de edificios modernos pero carentes del menor rasgo distintivo que se elevan incesantemente hacia el cielo. A pesar de ello, posee un agradable paseo marítimo y un animado mercado, suficientes para permitirnos disfrutar de una relajada tarde en la isla y llevarnos de vuelta un buen sabor de boca.

Ya de regreso al hotel, entramos a cenar —por enésima vez— en un típico restaurante tipo Korean Grill, aunque lo que en esta ocasión nos induce a comer allí es la posibilidad de probar el denominado cerdo negro de Jeju (heuk-doe-ji), una raza porcina autóctona de la zona y con bastante fama en toda Corea. No estoy capacitado para valorar la calidad de la carne en comparación con otra clase de cerdos, pero sí tengo que decir que los trozos que nos sirvieron (y que, previendo nuestra falta de costumbre, los propios camareros nos cocinaron allí mismo, en el grill de la mesa) estaban realmente sabrosos. Una magnífica comida para despedirnos como se merece de lo que sin duda alguna es la maravilla natural de Corea, la Isla de Jeju.

 

Sábado 25 de octubre de 2014 – SEÚL

Nuestros días en Corea del Sur van llegando a su fin. La sorpresa y el asombro —aunque relativo— de los primeros días ha dejado paso a la costumbre e incluso a la inercia. A partir de la segunda semana, hay cierto dejo de rutina en lo que hacemos, en lo que comemos y hasta en lo que pensamos. Ya solo nos queda día y medio en Seúl, y aunque pueda parece que ya lo hemos visto y probado todo, todavía nos quedan algunas esencias por degustar.

Salimos del aeropuerto de Jeju sin problemas y aterrizamos en el segundo aeropuerto de Seúl, Gimpo, poco tiempo después. A diferencia de Incheon, Gimpo está conectado por metro con la capital. Una de las líneas que pasan por Gimpo, la cinco concretamente, conecta directamente con la parada más próxima a nuestro hotel, Jongno 3(sam)-ga, lo que nos permite un traslado rápido y cómodo. Tampoco perdemos mucho tiempo con el equipaje, de hecho lo dejamos en la habitación sin deshacer; lo que deseamos es volver a tomar el pulso al ordenado y abigarrado caos de Seúl, pisar sus calles cuanto antes.

Todavía nos quedan algunas cosas por ver. Por ejemplo, el famoso mercado de Gwangjang, aunque nuestra intención sobre todo es buscar algún puesto de comida que nos llame la atención y almorzar allí.

La fama del mercado hace que se den cita allí más extranjeros que en ningún otro sitio. Varios de los pasillos del mercado están dedicados exclusivamente a puestos de comida, que es sin duda lo que más clientela atrae. Cada puesto está rodeado de unas mesas donde cada comensal se sienta ocupando los huecos que quedan libres. Hay de todo, aunque predominan los puestos de sopas, pasta, vísceras y pescados. Nosotros tomamos unas sopas de pasta y pastel de arroz con dumplings (en este caso, rellenos de tripas y partes no demasiado nobles del animal, aunque su sabor no es para nada desagradable). Después, nos entretenemos dando una vuelta por el resto de secciones del mercado.

La tarde la dedicaremos a pasear con calma por el centro de la ciudad. Tomamos el arroyo Cheonggyecheon a la altura de Gwangjang (el mercado donde hemos comido) y andamos un rato por sus orillas en dirección a la cascada que le da inicio. Es un paseo muy agradable, perfectamente acondicionado para transitar por él, lleno de gente que va y viene y de parejas que se solazan al cobijo de los puentes o se acomodan en las orillas (en algunas de las zonas más oscuras, al amparo de la sombra de los puentes, vemos a algunas parejas magrearse con timidez). Podría decirse que Cheonggyecheon es el lugar más apacible de la capital coreana, algo así como la calle Mayor de muchos de nuestros pueblos o su Central Park. Su gran longitud permite además la presencia de un buen número de viandantes sin que se incomoden unos a otros.

Justo cuando llegamos a Cheonggye, la plaza donde nace el arroyo, observamos con cierta sorpresa que varias unidades de policía empiezan a tomar posiciones alrededor de ella. No sabemos de qué va el asunto, pero resulta gracioso verles desplazarse de un punto a otro todos en fila y siguiendo un ridículo trote militar. La verdad es que nadie a nuestro alrededor parece inquietarse, así que nosotros tampoco nos preocupamos: tampoco se ven signos de violencia en los alrededores. Minutos después vemos aproximarse una manifestación de trabajadores (los cuales, por cierto, visten todos un chaleco del mismo color, verde si no recuerdo mal). Mientras bajábamos por Cheonggyecheon habíamos visto una especie de fiesta musical que se celebraba a uno de los lados del arroyo; por lo visto, se trataba de una reivindicación laboral, y son los asistentes a ese acto los que ahora desfilan en dirección a nosotros. Más adelante comprobaremos que se ha montado un escenario en la propia plaza Cheonggye donde en unos minutos tendrá lugar un mitin político. Sin duda, estamos ante un acto reivindicativo de carácter laboral; lo que ignoro es el sentido de ese acto, si se corresponde con alguna empresa o sector industrial concreto o es más bien una protesta de carácter general. Tampoco hacemos nada por informarnos. Eso sí, el civismo y la cordialidad de los participantes es ejemplar.

Cuando anochece, nos dedicamos a caminar por el centro de Seúl a la luz de sus farolas y de sus enormes carteles publicitarios. El Seúl nocturno no se caracteriza por una iluminación espectacular; varios edificios muestran una decoración luminosa atractiva pero escueta, aunque la verdad es que la ciudad tampoco lo necesita. Con los grandes carteles publicitarios que cuelgan de algunas fachadas y que emiten una luz intensa es más que suficiente. Hay bastantes jóvenes por las calles, no en vano es sábado, pero tampoco se aprecia un ambiente especial; hay poca marcha, que diría un tonto al uso. Sin embargo, no me siento en absoluto seducido por lo que veo, así que optamos por regresar a cenar a las inmediaciones del hotel, en la encantadora red de calluelas que configura Inkseon-Dong, y donde cada noche se crea a nuestro entender un ambiente mucho más atractivo que este.

Elegimos un puesto por el que hemos pasado ya varias veces y cuyos platos nos han parecido sugerentes, al menos a la vista. Por lo que sabemos —y como una chica que está cenando en una de las mesas nos confirma—, sirven calamares y gambas rebozadas, y eso es lo que nosotros nos disponemos a probar. Al mismo tiempo, subsanaremos una de las faltas que hemos tenido hasta ahora: probaremos soju, una bebida alcohólica de unos 20 grados destilada a partir de arroz y de sabor muy parecido a nuestro anís. Nosotros habíamos visto botellas de soju en las mesas de los restaurantes desde el primer día —y más de una por comensal, por cierto—, pero debido al color del vidrio (un verde muy parecido al de la bebida carbónica seven-up, por ejemplo), nos había inducido a confundirlas con esta clase de bebidas. En cualquier caso, soju aparte, el rebozado de los calamares y las gambas que nos pedimos resulta exquisito, mucho más parecido a la tempura japonesa que a nuestro típico rebozado de harina. Un plato sin duda recomendable para un paladar occidental.

 

Domingo 26 de octubre de 2014 – SEÚL

Último día de viaje. Y como tal, nos apetece disfrutarlo sin prisas y sin la aguijoneante presión de querer ver cosas nuevas, sino de disfrutar de lo ya descubierto. Sin embargo, un poco para contradecirnos, elegimos como primer destino el Monte Namsan, en la actualidad situado en el centro de la ciudad (no es que la montaña haya sido desplazada de su posición original, sino que la urbe ha ido creciendo y superando los límites naturales del pasado) y desde donde se puede disfrutar entre otras cosas de unas extraordinarias vistas de Seúl. Allí se encuentra también la Torre N de Seúl, un lugar bastante frecuentado por los visitantes, así como una serie de instalaciones de ocio que, en principio, no despiertan nuestro interés. Se puede subir andando por unas empinadas escaleras que amenazan con agotar al más valiente, o usando un cómodo funicular. Nosotros, a estas alturas de viaje y después de los kilómetros que llevamos a nuestras espaldas, nos decantamos sin la menor duda por esta última opción.

En ese momento, en una plataforma habilitada al efecto, están teniendo lugar los ensayos de un programa de televisión que se emitirá presumiblemente por la tarde: unas bailarinas danzan al son de una música oriental que suena por los altavoces. Un poco más apartadas, unas mujeres preparan kimchi, que presumiblemente ofrecerán más tarde como degustación a los visitantes. Aparte de eso, no hay excesiva gente a esas horas. Como he dicho otras veces, no parece que a los coreanos les atraiga demasiado madrugar. El mejor momento para acudir a cualquier atracción turística o espacio natural, si se quiere evitar la masificación y el bullicio, es siempre a primera hora. Hoy tenemos una prueba más de ello: cuando decidimos abandonar Namsan es cuando la gente empieza a venir realmente. No en vano, hoy es domingo, por lo que suponemos que la presencia de visitantes a lo largo del día será abrumadora.

Volvemos a comer al mercado de Gwangjang, aunque al ser domingo solo están abiertos los puestos de comidas. Casi mejor; nosotros vamos a eso precisamente. En esta ocasión somos algo más osados y nos sentamos en un puesto donde ofrecen algo así como un guiso de pescado coronado por una masa blanca enrollada que a primera vista identificamos como tripas o algo por el estilo. En cualquier caso, nos animamos a probarlo, entre otras razones porque hay sitios libres. Y he decir que, independientemente de lo que ese producto pudiera ser en realidad, el plato estaba verdaderamente bueno. Supongo que no debe ser normal ver a occidentales animarse a probar esta clase de comida, porque de pronto un individuo que pasa por allí se aproxima a nosotros (tontos los hay en todos los lados), se queda mirándonos y empieza a darme golpecitos en la espalda como muestra de admiración ante nuestro “atrevimiento”. Menos mal que la indiferencia con que lo recibimos hace que se canse pronto y se largue con viento fresco. No suelo ser tan grosero, pero pocas cosas me molestan más que me impidan disfrutar de la comida con tranquilidad.

Los domingos, la calle Insadong digamos que la arteria comercial por excelencia de Seúl, o la más popular al menos se cierra al tráfico y miles de personas la toman al asalto no sé si con intención de comprar o sencillamente para dejarse ver, para compartir espacios comunes con sus vecinos. Más que las tiendas y los puestos como tales, a mí me fascina la multitud —como ya ha debido quedar claro, soy bastante reacio a perderme entre las multitudes, salvo en los espacios cuya característica definitoria es precisamente esa, la afluencia desordenada de gente, la asistencia masiva de individuos—. Aunque vemos algún que otro extranjero, predomina con absoluta rotundidad la población local. Es de esos momentos propicios que disfruto como un niño entregándome con descaro al retrato. Y eso que en Corea nadie se siente molesto cuando es enfocado por un objetivo.

Como curiosidad, dos grupos de muchachos nos detienen en plena calle con la excusa de hacernos un test. Intuyo que se trata de un trabajo para la escuela, una práctica de inglés encargada por sus profesores. Aunque ya no son unos niños (su nivel educativo se correspondería con el de alumnos de secundaria españoles), compruebo que su dominio del idioma anglosajón es muy limitado. De cualquier manera, me presto encantado a los juegos que me proponen: por una parte, tengo que elegir a mi superhéroe favorito; por otra, señalar mi comida coreana preferida. Al final nos hacen unas fotografías y nos regalan unos textos escritos a mano donde proponen diversas recomendaciones a la hora de visitar el país. Un poco tarde teniendo en cuenta que nos vamos mañana, pero lo agradecemos igualmente.

El juego propuesto por los escolares me confirma algo que ya he comprobado más veces: los coreanos se muestran orgullosos de su gastronomía. Para ellos se trata de uno de los alicientes más notables del país, y agradecen que elijas platos específicamente locales a la hora de comer. Si tengo que dar mi sincera opinión de inexperto, debería decir que el mayor defecto que le puedo encontrar a la comida coreana es el picante: excesivo, por no decir abrumador, en bastantes ocasiones. Las salsas tienen también una textura algo basta y un sabor tal vez demasiado potente, nada sutil. Creo que les gusta la comida condimentada en exceso, lo que hace que muchos platos carecen de la sutileza de, por ejemplo, la gastronomía japonesa. El archipresente kimchi, en realidad col china fermentada, si bien es perfectamente comestible para un occidental, con el tiempo acaba provocando saturación, aunque no creo que comiéramos dos kimchis con idéntico sabor. A pesar de todo, la experiencia culinaria ha sido en líneas generales satisfactoria. Y en cualquier caso siempre he pensado que marcharse de un país sin haber hecho una completa degustación de sus platos más distintivos es como llegar un lugar y negarse a ver algunos de sus monumentos más peculiares o de sus edificaciones típicas; dicho de otro modo: sería como renunciar a disfrutar de una parte básica de su cultura, algo que forma parte de la esencia y la idiosincrasia del país.

Hay dos bebidas alcohólicas bastante populares en Corea de Sur: una es el soju, que ya probamos ayer; otra, el makgeolli, un licor de aspecto lechoso aunque de no excesiva graduación y a cuyo sabor no le encontré parecido con ninguna de las bebidas que tomamos en España. De todos modos, tras probar la segunda, no nos quedaron demasiadas ganas de repetir, la verdad.

De camino al hotel, y casi por casualidad, pasamos junto al Palacio Unhyeongung (que anteriormente habíamos visto cerrado), y que a pesar de no figurar entre lo más destacado de Seúl nos depara una más que grata sorpresa y nos sirve además de magnífico cierre para nuestra experiencia coreana. Desconozco el tipo de celebración que ha tenido lugar hoy mismo, pero por lo visto es tradicional vestirse con el típico traje coreano y hacerse fotografías allí. Todavía quedan en el recinto algunas personas engalanadas con el  traje, y muy amablemente se prestan a que les hagamos fotografías. La amabilidad de la gente será sin lugar a dudas uno de los recuerdos más entrañables que nos traigamos de Corea.

Lamentablemente, la última cena en Seúl será la más decepcionante de todo el viaje. Para no perder demasiado tiempo, entramos —por enésima vez— en un restaurante del tipo Korean Grill, pero a pesar de lo que pone en la carta, las únicas carnes que se pueden pedir son panceta y salchichas, y ninguno de los dos productos es de buena calidad. Una pena.

Una vez satisfechas nuestras necesidades alimenticias, solo nos queda dar una vuelta por las callejuelas (encantadoras, fascinantes) de Inkseon-Dong, donde se encuentra nuestro hotel, y terminar de preparar las maletas. Mañana tenemos por delante una larga jornada de aeropuertos, tránsitos y vuelos.

Resulta complicado hacer un resumen de todo lo que ha llegado a deparar este viaje. Podría empezar, como primera conclusión, diciendo que Corea es un país de naturaleza abrupta y espectacular, lleno de contrastes y de sorpresas inesperadas. Es un país sin duda bello. Alberga también un nada desdeñable número de lugares históricos, en estado de conservación más que aceptable. Por el contrario, los núcleos urbanos comparten, salvo pequeñas excepciones, la fea sobriedad de las ciudades-colmena, antiestéticos edificios de gran altura y nula ornamentación exterior donde la gente simplemente vive. El tráfico, bastante numeroso y algo caótico, puede ser sorteado con facilidad gracias al magnífico entramado de transporte público que caracteriza el país, barato y eficaz. La población —o al menos el 99% de la población con la que tuvimos contacto de una u otra forma, por muy superficial que fuese ese contacto— siempre mostró con nosotros una exquisita amabilidad. Ninguna queja en ese aspecto, ni siquiera podría citar un solo incidente reseñable (excepción hecha del tema de la conducción en la isla de Jeju, de la que ya hablé en su momento). Hay que saber, eso sí, lo que uno no va a encontrar en Corea: exotismo, arquitecturas sobresalientes (exceptuando sus palacios y sus templos), aventura, riesgo, grupos étnicos tradicionales. Corea del Sur es, pues, un lugar adecuado para los que disfrutamos viendo, sintiendo, experimentando, percibiendo a través de los sentidos: no es tanto un espacio para la acción como para la contemplación. Quizá un lugar adecuado para individuos que, como es mi caso, se aproximan peligrosamente al medio siglo de existencia. Esa es la impresión que he podido sacar a lo largo de los diecisiete días de visita que, en compañía de Rosana, mi pareja, pasé en la oficialmente denominada República de Corea, y que he intentado dejar plasmada, con mejor voluntad que éxito, en las líneas que anteceden.

Texto: © 2014 Carlos Manzano

Fotografías: @ 2014 Carlos Manzano / Rosana Medina

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