CARLOS MANZANO
 

Reseñas

 

HERALDO DE ARAGÓN

Suplemento Artes & Letras

martes, 16 de junio de 2020


NARRATIVA ARAGONESA CARLOS MANZANO DESVELA EN 21 CUENTOS LO QUE SOMOS O PODEMOS SER


Así como un gourmet nunca apostaría por un establecimiento de comida rápida, un lector consistente tampoco suele hacerlo con aquellos libros que la publicidad asegura que ‘se leen de un tirón’. Las narraciones de Carlos Manzano (Zaragoza, 1965. Coordinador de la revista electrónica 'Narrativas') necesitan calma, pausa, detenimiento en su lenguaje, en el estilo, en el argumento, en su trasfondo filosófico, en el marco social.

Esa condición que se impone al abrir sus textos, afecta tanto a sus novelas como a sus libros de relatos. La ya nutrida trayectoria de este autor, una de las voces más personales de la narrativa en castellano, tiene ese denominador común: la conveniencia del sosiego para poder degustar su escritura.

Ocurre con su último libro de relatos, publicado por La Fragua del Trovador, con el título 'Hubo un tiempo en que lo fui todo'. Los 21 episodios reunidos tienen una particularidad que los configura como conjunto: circulan más por las vías internas que por las externas. Es algo que da unidad al libro a pesar de su variedad temática.

Carlos Manzano sabe muy bien que un libro de relatos no consiste en un acarreo de temas dispersos sin un vínculo interno que justifique su sentido. Deteniéndose unos minutos tras cada uno de los relatos, incluso para revisar algunas expresiones y profundizar en el poso filosófico que casi todos poseen, se consigue descubrir la ilación que configura este libro como un consistente paso al frente en la deriva del escritor.

No concluyen todos los relatos de esa forma sorprendente que imponen ciertos cánones, sino que bastantes de ellos dan la sensación de sugerir al lector su intervención para redondear el contenido argumental, y sobre todo el simbólico, y redactar, siquiera sea mentalmente, una conclusión propia.

Carlos Manzano combina en este libro la amenidad narrativa con la profundidad de la expresión, siempre exacta, precisa, sin florituras ni oropeles que oculten la intensidad del trasfondo ideológico, una filosofía de la existencia en la que se cuestionan los orígenes de nuestros actos y el desarrollo de nuestro pensamiento, unas veces dependiente de la racionalidad, otras de la emotividad y en muchas ocasiones del azar.

Hay un leit-motiv fácilmente reconocible en las obras de Manzano que, como buen melómano, ha transferido de las notas musicales a las intelectuales. Hay a lo largo de los relatos una reiterada alusión a la levedad del ser, la imprevisibilidad de las situaciones, la inconsistencia de lo preestablecido y la ignorancia profunda de nuestra propia condición interior.

'Hubo un tiempo en que lo fui todo' construye una filigrana existencial y un abanico argumental de muchos quilates. En el libro hay drama (‘La madre de Hernández’, ‘Pan comido’, ‘La mujer y la risa’, ‘Fabricado a mano’), bilocación narrativa (‘En un café de Malta’), morbo (‘Colección privada’, ‘Las tetas de Gloria’), picaresca (‘El dulce sabor de la venganza’), sociología (‘Cosas que pasan’, ‘La confesión’), todo un repertorio de situaciones que desfilan ante los sorprendidos ojos del lector por su precisión narrativa y su fuerza argumental.

Francisco Javier Aguirre

Artes & Letras

 

RICARDO DÍEZ PELLEJERO


Carlos Manzano, para quien no lo conozca a estas alturas, se cuenta entre nuestros narradores más experimentados. Tras haber vistos publicadas siete de sus novelas y tres recopilaciones de relatos, al leer este cuarto volumen recopilatorio de sus narraciones breves, salta a la vista que conoce bien las jarcias y arboladura necesarias para gobernar la nave del relato, aprovechando con mano firme el viento de la palabra.

A la pregunta de qué podemos esperar de Hubo un tiempo en que lo fui todo, lo más sensato es remitirles a las citas con las que el propio autor abre la colección de textos que, de forma sutil, apuntan y anticipan su intención al pergeñar estos cuentos. Así la de Andrés Ibáñez nos advierte: “Generalmente no comprendemos nada de la vida, sino tan solo sus imágenes, que convertimos en símbolos”, mientras que la de Max Weber nos marca el confín buscado: “Una acción con sentido efectivamente tal, es decir, clara y con absoluta conciencia es, en la realidad, un caso límite”. Por tanto, Manzano busca los confines dentro de los que articulamos nuestras relaciones, los de nuestras capacidades y nos procura imágenes para que, simbolizadas, podamos cuestionar nuestras fronteras interpersonales. Son cuentos que parecen desarrollar una instantánea, un momento de incertidumbre o desequilibrio que precisa resolverse y que, por el propio empuje narrativo, nos deja asomarnos al otro lado de la línea franca.

Así el autor nos expone cuál es el contexto de la narración, que no es otro que la actitud, aquello que se hace en el ejercicio del libre albedrío, pues “nuestros actos y nuestras decisiones, incluso nuestra voluntad puede llegar a jugar en ocasiones un papel determinante. Lo que decimos y lo que no decimos, lo que nos callamos. Lo que damos por sabido” y lo pone en perspectiva al colgar como telón de fondo nuestras dudas (“el miedo a las consecuencias es un feroz cercenador de vida, un castrador de ambiciones”). Y es que, si la vida es lo que hacemos con ella, Manzano advierte de que esta afirmación oculta una contradicción a considerar pues “en una vida las renuncias son casi más trascendentales que los logros”, matiza.

De mi lectura de Hubo un tiempo en que lo fui todo resaltaría la naturalidad con la que nos lleva a través de la voz de sus personajes por los laberintos de la voluntad y del ser, por el filo de las decisiones y por la llanura de quienes somos, al sol se nuestra experiencia vital.

Los relatos nos traen un cuestionamiento de alguna idea o razón preconcebida, una cierta moraleja, que emana del texto golpeando nuestra conciencia, así os leo:

“PIRA FUNERARIA
Este es el último, ya no quedan más lienzos en la camioneta. Estoy sudando como un tocino, a mis años tanto esfuerzo se paga caro, pero ha merecido la pena: todos descargados. De los bocetos y los dibujos ya me deshice en casa; la bañera puede servir de estupendo brasero donde hacer una hoguera sin correr riesgos. Y aquí, en medio del campo, con toda la parafina que he traído y la leña que compré ayer, estoy convencido de que la pira arderá igual de bien. Que no quede ni rastro de las pinturas. Estoy deseando sentir las primeras llamas, ver cómo las telas se van consumiendo en el fuego purificador, cómo se derriten los aceites, cómo se entremezclan los colores en una descomunal orgía visual. Se acabó todo: no legaré ninguna obra a la posteridad. Si esos hijos de puta me han ninguneado durante todos estos años, si no les he merecido la más mínima atención, si no he sido para ellos más que uno más, uno cualquiera de esos cientos de incautos que pintarrajean sus lienzos con la jactancia de los palurdos y el desatino de los bisoños, tampoco se merecen el gozo de descubrir al enésimo creador incomprendido, no cuando ya no me sea posible delectarme con el vigoroso sabor de la fama ni recibir las miradas de admiración de los aduladores. Cuando yo ya no exista, cuando ya no sea, nada tendrá valor. Así que al fuego con todo. No quiero darles la posibilidad de enmendar su falta ni remediar su olvido, ni, sobre todo, disfrutar de la genuina iconoclasia de mi trabajo, de su inclasificable brillantez. Que sufran lo mismo que yo he sufrido por su culpa. Esa será mi venganza: negarles a ellos y a sus descendientes el acceso a mi obra para siempre.”

En ocasiones los relatos se revelan en el último momento, pero en la mayoría de los casos Carlos Manzano nos deja adivinar cómo van a ir girando, nos permite anticipar cada curva para que podamos descender por la pendiente narrativa tan rápidamente como nuestra imaginación nos lleve. Así nos parece que el autor se dedica a la creación rápida de sistemas de referencia cartesianos en los que sus personajes representan su función, se muestra como un gran observador y un agudo tejedor de discursos que nos adentran en la voz interna de los personajes, en su conciencia. Por tanto, y para concluir, nos hallamos ante una colección de relatos en los que la voz masculina prevalece pero que, sin embargo, lejos de ensalzarse, se desnuda para mostrar toda su mediocridad y sus miserias, mientras que, por otra parte, la presencia femenina marca el fiel de la balanza , dentro del juego tradicional de equilibrio de los opuestos.

Es este un libro entretenido, con historias muy bien escritas, y sobre todo lleno de momentos que sacuden la conciencia del lector, y que le obligan a salir de la pereza del automatismo, para incomodarlo y auspiciar un posicionamiento frente a la vileza o grandeza de sus personajes. Os invito a recorrer sus páginas, disfrutar de su buena factura y a contemplar las tribulaciones de sus protagonistas desde lejos o, si lo prefieren, a criticarlos a juzgarlos a analizarlos para descubrir cuánto de ellos llevamos cada uno de nosotros dentro.

Ricardo Díez Pellejero

https://ricardodiezpellejero.wordpress.com/

 


Hubo un tiempo en que lo fui todo

sábado, 1 de agosto de 2020


Escribir con el tema de los hechos cotidianos sobre la mesa siempre he pensado que tiene ciertos tintes de heroicidad. Porque lo que vemos o tenemos a diario ante nosotros nunca es valorado y si alguna vez lo hacemos es para restarle importancia. Una reflexión que siempre me ha parecido difícil; de ahí que, cuando alguien tiene el valor de dejarla en un libro, como mínimo, felicitarle. Si, además, lo hace con brillantez, miel sobre hojuelas. Esto es Hubo un tiempo en que lo fui todo, una colección de relatos con el día a día como materia prima y unas reflexiones sobre el mismo para darnos su visión de las cosas. Aunque algunas veces juegue a las simulaciones y pretenda –como en el titulado "La confesión"– darnos a entender que es un tipo que apenas reflexiona sobre lo que hace o deja de hacer ni sobre los porqués de sus decisiones. Este personaje no es él, está claro, y para comprobarlo no hay más que leer otro de sus relatos, "Las tetas de Gloria", donde sus opiniones sobre la cultura demuestran una gran capacidad de análisis.

Leo Hubo un tiempo en que lo fui todo y me vienen a la memoria aquellas palabras de Flaubert, “el talento es una prolongada paciencia para ver lo que los demás no vemos” que vale perfectamente como resumen del libro. Carlos se pone frente al espejo de la vida que pasa cada día por delante de él y de nosotros y nos desgrana su particular visión. Una simple pelea entre adolescentes con resultados trágicos le permite reflexiones profundas sobre el comportamiento humano y los caminos del azar. O el peso de las renuncias que dejamos atrás, el miedo a uno mismo. O la violencia paterna, una violación. O ese constante desafío a los límites, los viajes interiores, el poder, por pequeño que sea, que nos hace sentir superiores…

21 relatos. Carlos suele escribir en primera persona, como si ese recurso narrativo le otorgara más fuerza al contenido del escrito, lo diera un cariz de mayor intensidad o se acercara al tópico de basado en hechos reales. O, simplemente, es la manera en que él expresa mejor sus ideas, sus pensamientos, sus comentarios a la vida.

La estructura de cada relato es similar: unas líneas genéricas como toma de posición, una exposición del tema de la mano de un hecho ordinario y un final que siempre sorprende. No porque la idea fuerte de cada relato se base en el final sorpresa, sino por todo lo contrario. Quiero decir, en cada relato que leemos no puede haber un final sorpresa, un final tradicional porque los acontecimientos son tan habituales que es imposible que guarden una salida diferente. Carlos, sin embargo, da esa sorpresa. Unas veces de forma insólita, extraña, en ocasiones inexplicable. Pero todas con una base común: dan que pensar. Lo mínimo que se le ocurre a uno es decir que eso yo no lo haría. No obstante, hay que detenerse un minuto más, porque aunque, en principio, nosotros no marcáramos esa salida, quizás no sea tan disparatado como pueda parecer a primer golpe de vista. A lo mejor te está pidiendo que no te quedes en mero lector, que participes también del relato. La vida, por muy común que nos parezca, no lo es en el mismo grado para todos y las situaciones se tornan imprevisibles porque el azar existe y muchas veces, estamos en sus manos.

Como es habitual en sus trabajos, a Carlos le gusta la expresión exacta, sin falta ni sobra de elementos, sin más adornos que los imprescindibles. Un perfecto equilibrio entre el fondo y la forma, entre lo que se cuenta y la manera de contarlo.

Abran los ojos y disfruten de lo que tienen delante.

Antonio Tejedor García
https://lagartosquebrada.blogspot.com/

 

DE LIBROS Y LECTURAS


HUBO UN TIEMPO EN QUE LO FUI TODO - Carlos Manzano

Lunes, 24 de agosto de 2020


Este nuevo libro de Carlos Manzano contiene 21 relatos. Algunos de ellos, por su extensión, podrían ser considerados microrrelatos.

Carlos Manzano es un narrador experto y sabe cómo manejar sus textos. En la mayoría te va introduciendo en la historia dando un pequeño rodeo hasta llegar el meollo de ella. Los personajes son hombres en su mayoría. Las mujeres forman parte de ese mundo secundario pero necesario para redondear la historia. Hay un nexo entre todos ellos, un viaje al interior de cada uno de los protagonistas. Hay historias que incomodan porque Carlos ahonda en la conciencia de los personajes. Cualquiera de ellos podríamos ser uno de nosotros. Ahonda en esa parte oculta que permanece siempre en la sombra hasta que un acontecimiento hace saltar ese resorte.

“En un instante la vida entera se nos puede caer de entre las manos”.

Entonces, cuando eso sucede, nos encontramos con personajes rencorosos, mediocres, miedosos o vengativos, cuyo subconsciente los traiciona en algún momento.

El lenguaje de Carlos Manzano es siempre cuidado, sobrio. No hay florituras innecesarias que te hagan perder el hilo de la historia.

«GOL EN BALAÍDOS

Encontré el viejo transistor del abuelo en uno de los cajones de la librería. Aunque en aquel entonces yo todavía era muy pequeño, me acuerdo perfectamente de cómo aquel hombre, sentado en su vieja mecedora de enea, pasaba las tardes de los domingos con el aparato pegado a la oreja atento a las incidencias de la jornada de fútbol. «Ya está el abuelo enganchado a Gol en Balaídos», decía mi hermano, socarrón, subrayando la vertiente cómica que para nosotros tenía aquella situación. A mí, sin embargo, me daba algo de pena: sentía que, en el ocaso de su vida, su existencia había quedado reducida a eso, a los alaridos extravagantes de un locutor más forofo que profesional y al rito machacón y fastidios del minuto y resultado, donde se daba cuenta de los goles registrados hasta ese momento.

Después de tantos años, imaginaba que el viejo aparato no tendría pilas y ni siquiera funcionaría. Pero, para mi sorpresa, fue mover la ruleta hacia la posición marcada como on y surgir de inmediato por su pequeño altavoz el grito desaforado del locutor celebrando entusiasmado un gol del Athletic de Bilbao, el preferido de mi abuelo. Aunque lo realmente inaudito del caso fue que estamos a lunes, que eran las 13:15 del mediodía y que el autor del gol había sido Zuluaga, un jugador que se retiró en 1982 y que ni siquiera había acabado sus días en el Athletic, sino en el Recreativo de Huelva»

Siempre, en todos los libros de relatos, hay unos que nos llegan más que otros o que preferimos por el motivo que sea. De todos ellos, yo quiero destacar: “En un instante”, “La madre de Hernández”, “Fabricado a mano”, “Las tetas de Gloria”, “El dulce sabor de la venganza” o “La confesión”, aunque lo cierto es que todos ellos resultan sugestivos, dignos de ser leídos con la tranquilidad que merece una escritura cuidada y precisa como la de Carlos Manzano.

Elena Casero
https://librosylecturasdeelena.blogspot.com

 

CIERTA DISTANCIA

Lunes, 21 de septiembre de 2020


Los libros de Carlos Manzano nunca dejan indiferente, especialmente sus colecciones de cuentos. Sus personajes son seres perdidos, insatisfechos, que no llegan a alcanzar lo que desean, que se quedan observando cómo la vida pasa junto a ellos sin atreverse a tomar parte. En todos los relatos reunidos en el libro encontramos una escena turbadora, que nos hace dar un respingo, que nos sorprende, que nos obliga a arrugar el ceño, algo que no esperábamos del personaje y que no terminamos de entender, algo a veces tan fuera de lugar que no hace falta decir más para expresar el vacío que le invade, su insatisfacción, y nos deja claro que es alguien que lleva una carga sobre sus hombros, bien la de no haber tomado las decisiones correctas en su momento o bien la de la desgracia que se ha cebado sobre su destino.

La grandeza de un buen relato está en no contarlo todo, centrarse en un momento muy concreto que, sin embargo, nos deja intuir que hay algo mucho más importante detrás de él. Describir el instante que nos desarma, que nos vuelve vulnerables. Ese segundo en que uno se mira al espejo y, sin poder evitarlo, hace una mueca que le deforma el rostro, rompiendo por un breve lapso de tiempo la fachada tras la que se oculta cuando está con los demás.

Dice uno de sus personajes: "Siempre he sido partidario de escoger la opción más cómoda y desechar las complicaciones que no resulten imprescindibles". Y esto puede aplicarse a todos los protagonistas de los relatos: gente que ha decidido dejarse llevar por las circunstancias y a la que, en un momento dado, dicha sumisión le pasa factura, a veces en forma de pequeña rebeldía.

El protagonista de "La confesión" dice: "Siempre he sido de esa clase de tipos que apenas reflexionan sobre lo que hacen o dejan de hacer ni sobre los porqués de sus decisiones". Sin embargo, pese a esta apatía de sus personajes, Carlos Manzano nos lleva a preguntarnos si dicho desinterés no será una consecuencia de su pasado. Un pasado que a veces vuelve para rendir cuentas, demostrando que nunca llegó a olvidarse, que siempre se mantuvo al acecho.

Encontramos en "Hubo un tiempo en que lo fui todo" a un hombre que va a visitar a su hermano al hospital, pese a que hace años que no se dirigen la palabra; dos parejas que se distancian después de casarse; una mujer que cuida a su padre, con un compañero de habitación un tanto desagradable; un hombre que se enfrenta a la madre del niño de cuya muerte fue testigo; alguien que se niega a aceptar lo que siente por un compañero; un padre que golpeaba a sus hijos con un cinturón de cuero; la mujer que, a raíz de la muerte de su hermano, se siente atraída por los deportes extremos; el hombre cuyo hijo ha sido atropellado; o aquel cuya hija ha sido violada; o el que de repente siente una irresistible atracción por la amiga de su novia; un asesino a sueldo que se enamora de la risa de una mujer, pero… Personas que protagonizan estas historias que nos desvelan secretos ocultos, remordimientos, insatisfacciones que les llevan a actuar de un modo que nos sorprende.

También cabe destacar los microrrelatos que aparecen en el libro, como, por señalar alguno, "Tomaban el sol desnudos" o "Los violentos".

Carlos Manzano, no me cansaré de recomendarlo, es un excelente escritor fiel a sus propios intereses, ajeno a modas o generaciones. Su obra recorre un camino coherente y muy personal que supone toda una experiencia para quien se atreva a transitarlo..

Miguel Sanfeliu

Cierta distancia

 

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO

Jueves, 12 de noviembre de 2020


Enfrentarse a un libro de Carlos Manzano (Zaragoza 1965), autor de las novelas Vivir para nada, Sombras de lo cotidiano, Lo que fue de nosotros, Paisajes en la memoria y La azarosa y enigmática vida de Idaiara Badiero, y de los libros de relatos Estrategias de supervivencia y Lánguidos sueños, es ir sobre seguro, invertir bien el tiempo. El lector que se adentre en su narrativa precisa y rigurosa, profundamente literaria, gozará de unos textos perfectamente armados, además de bien escritos, que tienen la virtud de sacudirlo por la osadía de su temática y por la originalidad de su exposición. La pasión por la literatura del escritor aragonés quedó de manifiesto por los muchos años que estuvo tras la revista electrónica Narrativas, una de las más completas que se editaron en este país.

Los relatos de este último libro de Carlos Manzano Hubo un tiempo en que lo fui todo (La Fragua del Trovador, 2020), un total de 21, están repletos de giros sorprendentes que dejan descolocados al lector. La elección de textos, algunos largos, otros breves pero igualmente intensos, no podía ser más acertada.

Hay narraciones que tienen que ver con el sexo, como esa Colección privada, en donde el fetichista protagonista hace un recorrido por todos los lugares en donde se ha masturbado, traza un recorrido onanista por una serie de escenarios diversos— Fue pensar que aquel baño era el lugar donde esa mujer hacía sus necesidades a diario y donde desnudaba su cuerpo para que el agua lo liberase de sudor e impurezas y acto seguido excitarme como un pervertido.

En Noches de hospital el retrato que hace de la decadencia de la carne lo acerca a un cuadro de Lucien Freud—Sin embargo, aún hacen el amor, muy de cuando en cuando, eso sí, y más por insistencia de él que por deseo de ella. Sus cuerpos han envejecido mucho, ambos están gordos y, aunque nunca pudieron presumir de poseer un tipo envidiable, las veces que se encuentran desnudos Nuria prefiere no mirar, no mirarse a sí misma, no mirar a Ramiro, no descubrirse reflejados en el amplio espejo del armario. Ya no le excita el cuerpo desnudo de su marido. Ya no le excitan los cuerpos.

La decadencia física es una de los temas recurrentes que aparecen en este libro espléndido—Es un pene de viejo, flácido, leve, inútil, aunque muy probablemente en otra época se tratara de un órgano vigoroso y potente, enérgico y dominador. Pero todo muere, todo.

En Cuatro momentos con Gabriel ahonda en ese desasosiego físico fruto de la edad, el cansancio y la rutina de sus personajes—Ya no quedaba en mí ni pizca de atractivo. Yo era un cuarentón vulgar y fofo, acomodado a una vida burguesa que apenas me exigía pero que tampoco me daba. Incluso el sexo con mi mujer se había convertido en una actividad esporádica, casi residual.

La violencia pivota en otros de sus relatos, como en el de ese hijo que recuerda los constantes maltratos que sufrió por parte de su padre en Fabricado a mano—  No conservaba ningún recuerdo de mi padre, ningún objeto personal que lo identificara o que tuviera alguna significación especial para mí, así que me lo quedé. Solo me había azotado con él una vez, pero era el cinturón de los castigos, con el que imponía su voluntad sobre Mario. Su cinturón de toda la vida.

En Los violentos, casi un micro de una página escasa, su protagonista detesta la violencia — De entre todo el amplio muestrario de tipos infectos que puebla nuestro planeta, a los que menos soporto es a los violentos. No puedo con esa gente, de verdad os lo digo. Es superior a mis fuerzas: si algo no cuadra con su esclerotizada manera de ver las cosas, ¡zas! , puñetazo que te va y hostia que te viene, como si más allá de ellos y de sus supuestos derechos inalienables nadie mereciese la más mínima consideración —pero, paradójicamente, la aplicaría sobre ellos —Si alguien se encargara de liquidarlos, uno a uno, sin piedad, el mundo sería un lugar mucho más bello y apacible en donde vivir. 

Un grupo de relatos entran directamente en los parámetros del género negro, como Pan comidoCuando las sombras silentes de dieron alcance, lo primero que notó fue el intenso dolor causado por la navaja al entrar en el abdomen  y en La mujer y la risa, el protagonista es un asesino a sueldo— Al fin y al cabo, su trabajo consistía en descerrajarle un par de tiros en la cabeza. No había necesidad de entablar diálogo alguno.  —que actúa con enorme frialdad —El disparo atravesó la frente del hombre con total limpieza: el silenciador evitó que el ruido de la descarga traspasara las paredes de la habitación, o al menos que no se percibiera más que como sonido opaco, mate, difícil de identificar — y apenas se altera cuando tiene que asesinar a una mujer, testigo del crimen, aunque sea a su pesar— Abandonó el hotel todavía conmocionado por la belleza inaprensible de la mujer, con su risa cristalina sonando en sus oídos, con aquellos dos hermosos ojos aterrorizados mirándolo como en un último gesto de suplica.

Sobre su pasión por los viajes, porque Carlos Manzano es un infatigable y apasionado viajero,  queda constancia en Viajes interiores Hay viajes físicos y viajes mentales, viajes a mundos lejanos y viajes interiores. Viajes que se viven en la piel y viajes que se viven en los intestinos, viajes que te llevan y viajes a donde tú vas. Viajes materiales y viaje inmateriales.

El humor, y la ironía, que es una constante que encontramos en todos sus textos en mayor o menor medida, está muy presente en el desternillante relato titulado Las tetas de Gloria, en el que el autor de La azarosa vida de Idaiara Badiero, tras una reflexión ácida sobre las amistades que imponen las parejas —Es algo que pocas veces se tiene en cuenta, pero cuando inicias una nueva relación amorosa, además de ensanchar tus vínculos familiares integrándote, aunque sea de manera superficial, en un clan que no es el tuyo, también te toca asumir como propias las antiguas amistades de tu pareja nos habla de la obsesión del protagonista por los senos de la susodicha Gloria, que le impresionan en comparación con el pequeño tamaño de los de su pareja —El caso es que, debido a la impresión o a la comparación o a lo que fuera, y por mucho que tratara de no darles más importancia de la que tenían, las tetas de Gloria se me quedaron firmemente grabadas en la cabeza. De verdad que no era mi intención, al fin y al cabo no se trata más que de dos glándulas de grasa diseñadas para amamantar bebés humanos, nada más que eso. Sin embargo, para mi estupefacción, esa misma noche soñé con sus senos.

Una de las virtudes de Carlos Manzano es que en sus relatos puede tratar temas escabrosos, como es el caso de esa violación que, pasados muchos años, le pasa factura a un padre cuya hija es violada en La confesión, otro de sus notables relatos, y lo hace sin aspavientos, con una naturalidad pasmosa que tiene el efecto de descolocar y provocar al lector,  una de sus señas de identidad literaria de este narrador notable que lo sacude. Lo que hace este autor aragonés, tan brillante como osado, en cada uno de sus libros, sean novelas o colecciones de relatos como éste, es literatura con mayúsculas, algo que cada vez es más difícil de encontrar en lo que se publica, y lo hace con una prosa medida y exquisita que depara un enorme placer al que la lee. Hubo un tiempo en que lo fui todo es un menú degustación que no tiene desperdicio.

José Luis Muñoz
La soledad del corredor de fondo

 

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