LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


  

  

Capítulo VIII

  

        Nada me obligaba a salir inmediatamente de España. Tenía una semana de plazo, lo suficiente para aclarar ideas y diseñar alguna estrategia. Le dije a Celia que de momento posponía mi decisión de marcharme, pero que mantenía el propósito de no pagar ni un duro. Como primera medida, por la tarde iría a la policía para saber hasta dónde habían llegado en sus investigaciones. Celia ya había hablado con ellos cuando le comunicaron la muerte de Jaime, pero les dijo lo mismo que a mí: que no sabía nada. Extrañamente, se conformaron con eso y no indagaron más. Ella tampoco solicitó más información; estaba atenazada por el miedo, sólo quería quitárselos de encima lo antes posible.

        Yo era hermano del fallecido, lo mínimo que podían hacer era darme una explicación. Celia se ofreció a venir conmigo. Yo al principio me negué, pero su insistencia ablandó mi tozudez. Su compañía se me iba haciendo cada vez más grata, y tal vez no me viniera mal un poco de ayuda si las cosas se torcían.

        Comimos en su casa con intención de descansar después un rato. Era el primer bocado que probaba en treinta y seis horas, y además Celia era una buena cocinera. Ya casi había olvidado los guisos nacionales y el intenso sabor del aceite de oliva, tan caro de ver en Alemania, y me agradó enormemente reconocerlo. Hertha no tenía entre sus virtudes el amor por la cocina, y ni que decir tiene que en mis años de hurañía los productos enlatados y los ultracongelados habían constituido mi dieta básica.

        Después me tumbé en el tresillo, aunque no llegué a dormirme. Celia se empeñó en que me echara en la cama, donde sin duda descansaría mucho mejor. Preferí el sofá; aquel espacio no me pertenecía, y respetar ciertos límites simbólicos me ayudaba a sentirme más seguro.

        Cuando me levanté, lo primero que hice fue llamar a Hertha. Todavía estaba en casa. Le dije que había encontrado a mi madre mucho más afectada de lo que imaginaba y que iba a quedarme un par de días más. Mentirle de aquella forma me hizo sentirme mal, pero no podía decirle la verdad, la hubiera alarmado innecesariamente. Ella me dijo que lo comprendía, que me quería y que me echaba de menos. Le expliqué que ya no estaba en el hotel, que ahora me alojaba en casa de mi hermano. No le dije que allí vivía también Celia, porque pensé que aquel detalle sólo iba a servir para que se enredara en especulaciones ridículas. Una vez metido en aquella espiral de ocultaciones y falsedades, ese pequeño olvido sólo podía juzgarse como un descuido insignificante. Me pidió el número de teléfono pero antes le hice prometer que no me llamaría a no ser que fuera imprescindible. Nos despedimos con el compromiso de que mañana la telefonearía otra vez.

        Salimos una hora después en dirección a la Jefatura Superior de Policía. Celia parecía intranquila.

        –Si nos siguen, creerán que vamos a contárselo todo, y ya podemos darnos por muertos.

        Tenía razón. Había mirado repetidamente a mi alrededor y no parecía que nos siguiera nadie, pero tenía que asegurarme. No se me ocurrió nada mejor que entrar en unos grandes almacenes, ir de planta en planta sin perder mucho tiempo en cada una y salir por otra puerta en dirección opuesta a nuestro destino.

        –Espero que sirva con esto –dije–, no tengo ni idea de qué es lo que se debe hacer en estos casos.

        De vez en cuando giraba la vista atrás, pero seguía sin ver a nadie sospechoso. Finalmente, cuando llegamos frente al imponente edificio de la policía, tuve la sensación de que me estaba jugando el pellejo estúpidamente: una vez que obtuviera la información oportuna ¿qué se supone que debía hacer con ella? No era cuestión de jugar a investigadores. Lo más que podíamos averiguar era a quién nos enfrentábamos realmente, igual se trataba tan sólo una pandilla de estafadores incapaces de hacer daño a nadie. Tenía que entrar en ese edificio, debía asegurarme de que la extraña pesadilla en que estábamos inmersos era de la envergadura que imaginábamos.

        Nada más entrar me identifiqué como el hermano de Jaime Torralba, la persona a quien habían asesinado el sábado pasado, y le dije al policía de la puerta que deseaba hablar con el inspector que llevaba la investigación. El policía me miró sin aparentar interés alguno y me pidió el DNI. Celia se identificó como esposa del fallecido y le entregó el carné sin esperar a que se lo solicitara.

        –Esperen un momento.

        Después entró en un despacho. No era aquél un ambiente especialmente acogedor. Los policías que iban y venían, algunos de paisano, no dudaban en echarnos descaradamente el ojo encima: no me dio la impresión de que generáramos excesiva confianza. Un minuto después el policía vino de nuevo a buscarnos.

        –Hagan el favor de acompañarme. El inspector Galisteo les atenderá de inmediato.

        Pasamos a otro pequeño despacho aparentemente desocupado. Nos sentamos en las dos sillas que había frente a la mesa y esperamos. Miré a Celia y le sonreí levemente; ella me devolvió el gesto.

        Aquella situación me hacía sentirme unido a esa mujer. A pesar del miedo que tampoco trataba de disimular, Celia sabía mantener la dignidad con enorme discreción. No había necesitado de súplicas degradantes ni de ruegos lastimeros para que le permitiera acompañarme, su más sólido argumento había residido precisamente en la gravedad de su semblante. No compartíamos gran cosa, únicamente a Jaime, que ya no existía, y este feo asunto de tan compleja resolución. Pero, como diría algún estúpido al uso, había química entre nosotros.

        En ese momento, entró el anunciado inspector Galisteo.

        –Buenas tardes. Siéntense –nos dijo cuando nos incorporamos ante su llegada. Como uno no sabe muy de qué manera comportarse en momentos así, la tendencia a repetir hábitos adquiridos en la escuela resulta casi inevitable.

        Tenía aspecto de tipo vulgar, vendedor de periódicos o portero de una finca. Yo hubiera preferido a alguien más joven, más dinámico; no daba la impresión de que un individuo así se tomara las cosas con la debida responsabilidad. No esperó a que le preguntásemos. Enseguida nos contó lo que sabía.

        –Su hermano, o su esposo, como prefieran –esto último lo dijo mirando a Celia–, andaba metido en asuntos poco claros. Su asesinato responde a un ajuste de cuentas, de eso no cabe duda. Lo debieron matar el sábado por la mañana en el mismo sitio donde lo encontramos. Le descerrajaron dos tiros en la sien, y luego sin razón alguna le dispararon otros tres cuando ya estaba muerto en el suelo. Eso nos dice que lo ejecutaron con saña.

        El hombre nos hablaba como si no tuviéramos nada que ver con el muerto, no ponía el menor énfasis en dulcificar el relato.

        –¿Se sabe quién fue? –intervine yo.

        –Sin duda fue una venganza –repitió–, y eso nos sitúa frente a alguna banda organizada.

        Eso era evidente. Pero tenían que saber algo más.

        –¿Qué banda? –insistí. Lo que realmente me había llevado hasta allí era saber a qué tipo de criminales nos enfrentábamos.

        –Los primeros indicios nos hablan de tráfico de animales salvajes a gran escala. Normalmente, esta actividad no causa excesivo revuelo, suelen hacer las cosas evitando toda notoriedad, pero no hay que descartar que las cosas estén cambiando últimamente.

        ¿Una banda de traficantes de animales había matado a mi hermano? Aquello parecía un chiste.

        –¿No podría tratarse de traficantes de droga? –le pregunté. Me parecía necesario tirarle de la lengua.

        –Todo es posible. Pero creo que su hermano no estaba metido en asuntos de esa índole. Desde luego, en nuestros archivos no consta que nunca se le investigase por eso.

        Me debió ver cara de incredulidad, porque apoyó los codos sobre la mesa y cruzó las manos con la parsimonia de un padre.

        –Mire, señor Torralba, a veces nos hacemos idea de las cosas sólo a través de lo que dicen los medios de comunicación. Lo llamativo son las muertes, la suciedad, la bajeza que anida en cada uno de nosotros. Nada hay más espectacular ni más cinematográfico que la aprehensión de un alijo o la detención de un peligroso capo, pero hay otros negocios que mueven tanto o más dinero que la droga.

        Hizo una pequeña pausa. Celia y yo esperábamos más.

        –La gente piensa que los grandes negocios ilegales giran entorno al tráfico de estupefacientes, el comercio de armas, la trata de blancas o la pederastia, y se sienten realmente preocupados por estos temas. Que alguien se traiga para acá unos simpáticos monitos o un hermoso papagayo les importa más bien poco. Y eso lo saben bien ciertos desaprensivos, que prefieren dedicarse a actividades de este tipo, menos llamativas y, por ende, más seguras ¿Pero saben ustedes cuánto dinero se puede ganar con el tráfico de especies protegidas? Puede que sea un poco exagerado, pero el último informe de la Interpol habla de diecisiete mil millones de dólares al año. Si no se hacen una idea de lo que significa esta cantidad, piensen que no se aleja mucho de lo que genera a nivel mundial el comercio ilegal de armas. Como ven, mucho dinero, demasiado para que algunos se resignen a perder suculentos negocios.

        Aquel hombre tenía vocación de educador, se portaba con nosotros como el maestro con los niños: paciente, sosegado, didáctico y explícito.

        –Sabemos que hace unos meses Jaime Torralba estuvo en Tanzania, suponemos que para acordar con algún dirigente local la importación de ciertas especies exóticas. Y creemos que algo debió de pasar allí, porque todo parece indicar que dicho acuerdo no llegó a firmarse, al menos en los términos previstos. Y tal vez lo mataron por eso.

        De repente, aquel nombre, Tanzania, sonó en mis oídos como una promesa rota, como un sueño inalcanzado.

        –¿Saben exactamente qué es lo que fue a buscar allí? –pregunté de inmediato.

Galisteo me miró como si yo no hubiera estado atento a su explicación. Parecía un hombre dispuesto a ofrecer las aclaraciones necesarias pero poco dado a repetir las cosas más de una vez. No obstante, su amabilidad no decayó un ápice.

        –No lo sabemos a ciencia cierta, pero es probable que fuera a por crías de cocodrilo. Cada vez están más requeridas, la gente ya no sabe qué hacer para distinguirse del vecino. En Marbella se están llegando a pagar ciento ochenta euros por pieza, ya saben, las mafias que se han instalado allí tienen gustos cada vez más extravagantes.

        Por fin la palabra clave había surgido. Aquella visita no iba a resultar en vano.

        –¿Significa eso que la mafia está detrás de la muerte de mi hermano?

        –No he dicho eso exactamente, aunque toda organización ilegal mantiene una estructura mafiosa. Pero es probable que las mafias rusas de la Costa del Sol estén tratando de introducirse en el negocio.

        Visto mi interés en conocer quién estaba detrás de todo eso, el inspector Galisteo decidió que era momento de hablarme con toda franqueza.

        –Mire usted, señor Torralba, probablemente crean que la capacidad de la policía es ilimitada, que está en todos los sitios y que lo controla todo, pero no se dejen engañar por ridículas fantasías de película. Disponemos de medios limitados, el número de agentes es cada vez menor, a la gente lo que realmente le alarma son los delitos menores, su seguridad personal, así que tenemos que establecer prioridades en nuestros objetivos. Le he de confesar que sabemos muy poco sobre este asunto, hasta ahora apenas nadie le daba importancia. ¿Ha visto usted alguna vez en primera página que la policía haya desarticulado alguna banda internacional de traficantes de animales? Pues sepa que más de una ha caído, pero nadie se hace eco. No interesa. A nosotros se nos valora por los golpes de efecto, no por nuestra eficacia real. Cuando la sociedad se preocupe por las serpientes y por los monitos que nos traemos de África, entonces será el momento de destinar más medios. De momento, y salvo la muerte de su hermano, no nos han dado motivo para ello. Lamento parecer tan brusco, pero me parece que lo que usted busca es sinceridad, no falso consuelo.

        Aquel discurso descorazonador y directo había servido para poner las cosas totalmente en claro para mí. Mafias rusas, tráfico ilegal de especies, negocios millonarios… Ése era el mundo al que nos enfrentábamos. Tal vez quedaba aclarar qué papel jugaba mi hermano en todo esto, pero ésa era tarea de la policía, no nuestra.

        Salimos con más recelo del que traíamos al venir. Celia, que había permanecido todo el rato en silencio, me miró esperando una reacción por mi parte. Se había confiado plenamente a mí, pero yo no tenía la menor idea de qué hacer. Uno no se enfrenta a las mafias cada dos por tres. Lo único que habíamos sacado en claro es que el asunto no era baladí: si la mafia rusa estaba por en medio, era mejor olvidarse de denunciarlos a la policía, seguro que más tarde o más temprano se tomarían venganza.

        –Ahora ya sabes de dónde sacó Jaime la cría de cocodrilo que llevó a casa –dije para disimular un poco la inquietud que se había instalado en nosotros.

        –Tienen que ser muy crueles –dijo ella–, lo mataron por no conseguir un simple acuerdo. Son capaces de todo.

        Estaba muy asustada. Yo tenía que hacer algo para combatir aquel miedo que fuera de control únicamente iba a traernos complicaciones.

        –En realidad no sabemos por qué lo mataron. No olvides que lo que el inspector nos ha contado son sólo conjeturas, suponiendo que nos haya dicho todo lo que sabe, lo cual es mucho suponer.

        Me acordé de aquel libro sobre las fuentes del Nilo que leí en mi primera adolescencia y de que en realidad pertenecía a mi hermano. Jaime era un año mayor que yo, lo cual significa que a mí me tocaba heredar la mayor parte de sus cosas. ¿Causaría en él aquel viejo libro la misma atracción por el Nilo que originó en mí? No había vuelto a pensar en eso desde hace años, pero su sola mención había desatado idéntica fragorosa fascinación que cuando niño. Sin embargo, yo nunca había estado allí, y mi hermano sí, o al menos había tenido oportunidad de hacerlo. La diferencia es que él había ido únicamente para traerse unos cuantos cocodrilos que vender después a tipos sin escrúpulos. ¿Aprovecharía quizá para llegar hasta el Lago Victoria y alcanzar aquellas cataratas que antaño pasaron por ser las fuentes del río? La voz de Celia me sacó de aquellas abstracciones inútiles.

        –Quizá no es que les fallara, tal vez en el último momento se arrepintió de lo que iba a hacer y abandonó el plan. Eso sí que tendría algo más de lógica.

        –No creo que sea bueno darle más vueltas a eso. Él está bien muerto ahora; hiciera que hiciese, le sirvió de poco. Lo que tenemos que pensar nosotros es qué decisión tomamos: si decidimos pagar, habrá que pensar de dónde coño sacamos el dinero.